Tribuna

'Andalucía: una cultura en la encrucijada', por Juan José Téllez

Andalucía tiene una lengua vernácula que es el flamenco y una añeja identidad de índalo, un árbol genealógico con raíces en Tartessos y un alma literaria con la que Platón hablaba de la Atlántida al borde del Estrecho. Lo demás es historia, pero permitan que prefiera a la leyenda.

28.02.2016 | 05:00

Celebremos el pasado, sin duda. Y un ayer próximo rico en coplas, en versos, en farándulas o en teatro independiente. Entre ambas lindes, con el clásico motivo del 28 de febrero, podemos tirar de nuestro linaje y citar a Séneca, a Averroes, a las puellae gaitanae o a Almutamid, a Elio Antonio de Nebrija y a Luis de Góngora, al Cervantes cuatro veces centenario de pedigrí cordobés y presidio malagueño o sevillano, al Inca Garcilaso, a Velazquez, a Vandelvira y a Picasso, a Gustavo Adolfo Bécquer, a Manuel de Falla, a los Machado y a Federico, por no hablar de Val del Omar, María Zambrano, Smash, La Cuadra, La Niña de los Peines, Camarón y Paco, Guillermo Pérez Villalta o Chema Cobo, Pablo García Baena, Antonio Muñoz Molina, María Victoria Atencia, Danza Invisible, Carlos Cano, Rocío Molina, Israel Galván, Pepa Flores, Pablo Alborán, Pasión Vega, Alfredo Viñas o Alberto Rodriguez. Pongan, si gustan, otro sinfín de nombres sobre los puntos suspensivos de nuestra memoria colectiva.

Sin embargo, ¿qué hacer con la realidad de una cultura que acepta de grado las letras mayúsculas del pasado pero que se enfrenta a notables paradojas en su pan nuestro de cada día? Cierto es que la cultura supone hoy un segmento industrial y económico equiparable en alcance, empleo y rendimientos, con la actividad agropecuaria, por ejemplo. No obstante, ese halagüeño panorama no es invulnerable, máxime cuando corren tiempos de vacas flacas y sueños endebles. La crisis y el dogma europeo de la austeridad ha despoblado los presupuestos públicos que con anterioridad apoyaban con mayor generosidad y razón a la industria cultural y a los creadores solitarios, sin lograr plenamente que pudieran encontrar respuesta y porvenir en el libre mercado.

Ese análisis cabe formularlo a escala europea, estatal y andaluza: asistimos a un cambio de paradigma cuya expresión más certera pero desafortunada ha sido la nueva ley que rige la vida municipal y en cuyo contenido la inversion en cultura se retrotrae a una situación anterior a la de las primeras elecciones locales que con un recobrado carácter democrático se celebraron en 1979. Esto es, bajo su nuevo paraguas legal, la cultura vuelve a ser un gasto voluntario por parte de los ayuntamientos, lejos de las prioridades de la gestión de las haciendas locales. Se trata de todo un aviso a navegantes: a poco que la cultura baje la guardia, quedará al rebufo de los patrocinios privados y lejos de lo que fuera su gestión pública en este y en otros países, en los viejos tiempos de bonanza.

En Andalucía, ese telón de fondo comunitario contrasta con un excelente pulso creativo que no solo permite que su principal valor folklórico, el flamenco, haya podido penetrar a mansalva en circuitos internacionales o que nuestro cine constituya un claro icono de la industria cultural del sur. En ambas facetas, el apoyo público ha sido sustancial, pero ha logrado darle alas a dichos sectores, al amparo de un talento excepcional y de un reconocimiento unánime por parte de la crítica y, a menudo, por parte del público. Treinta y cinco años después del primer estatuto de autonomía y lejos de la autocomplacencia al uso, los andaluces de hoy deberemos asumir los logros de las últimas décadas sin considerar que, como nuestro refranero popular nos recalca, nada es eterno. Que se lo pregunten, por ejemplo, a los creadores plásticos y a los galeristas, que se vieron tan perjudicados como el que más por el estallido de la burbuja inmobiliaria.

En el caso de la literatura, hasta el final de la dictadura, partíamos de una escasa industria y de una emigración masiva, que situaba a buena parte de nuestros escritores en la diáspora, fundamentalmente en Madrid y editorialmente en Barcelona. Publicaciones como Litoral –que este año anda de feliz aniversario–, las publicaciones de la imprenta de El Guadalhorce con Ángel Caffarena o las de Paco Peralto, vinieron a sumarse a una resurrección editorial que alumbró el tardofranquismo y la primera transición, con sellos como Demófilo o Calle del Aire, a escala andaluza. Hoy en día, el número de editoriales es mucho mayor pero ha conocido mejores tiempos, quizá por el apoyo oficial que tuvo en su día el sector con abundancia de títulos institucionales que no lograron encontrar hueco en el mercado: resulta desconsolador comprobar como todavía hoy resulta poco probable romper el aislamiento de las ediciones provinciales, ni en cuanto a libros de editoriales privadas ni los que siguen imprimiendo nuestras universidades. Esto es, como en otros aspectos –el de la prensa– no hemos logrado que nuestras imprentas vertebren Andalucía con productos que sean fácilmente asequibles en cada una de nuestras circunscripciones. Y ese puede ser el menor de los problemas de un sector zarandeado por la crisis económica y por la retracción de lectores, quizá por la irrupción del libro electrónico o por un menor poder adquisitivo que ha llevado al cierre de numerosas librerías.

¿Y los escritores andaluces? En cuanto al talento, el sur goza de una salud envidiable que no sólo concierne a la poesía que, tradicionalmente, ha supuesto la piedra angular de la del resto del país, sino que se extiende al ensayo –fruto a menudo de la labor investigadora de las universidades– y, muy especialmente, a la narrativa. Nunca hubo tantos buenos narradores conviviendo al mismo tiempo en Andalucía. Sin embargo, salvo casos excepcionales, también siguen emigrando intelectualmente, a la diáspora editorial de Barcelona y de Madrid. ¿No hemos cambiado tanto, entonces, desde el punto de partida de nuestra democracia? Quizá, si. La masiva presencia de estos autores en los escaparates del libro quizá no sólo obedezca a su innegable talento, sino a otras circunstancias, como la erradicación del analfabetismo, el creciente acceso a la enseñanza superior de los habitantes de esta tierra y una infraestrutura institucional o privada que ha permitido que muchos de ellos, más allá de los empleos alimenticios, puedan dedicar más tiempo a su mejor oficio. Sin embargo, como en otras cuestiones relacionadas con lo que veníamos llamando estado del bienestar, quizá también todo ello esté en peligro. Los andaluces y las andaluzas, hoy más que nunca y también en este aspecto, no sólo queremos volver a ser lo que fuimos, sino mejores que nunca. Ojalá que, en semejante encrucijada, la nueva recreación del Estado no nos deje, también en ese ámbito, recluidos en el vagón de segunda.

*Juan José Téllez es periodista, escritor y director del Centro Andaluz de las Letras (CAL)

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