El largo camino de la Autonomía (IV)

Dinamitar la autonomía

Es la orden que sale del sector más duro del Gobierno de Adolfo Suárez. No está el horno para bollos y hay ruido de sables en los cuarteles

29.02.2016 | 02:45
Manuel Clavero pronunció su primer mitin en favor de la autonomía, una vez dejado el Gobierno de Suárez, en Casares (Ma), el pueblo donde naciera Blas Infante.

Uno de sus ministros, Manuel Clavero, dimite. Y UCD empezó a desangrarse. Y alguien escribió en pared encalada: "Suárez, Andalucía no es tu cortijo".

Dos tahúres de la sonrisa, dos tahúres de la simpatía se sientan frente a frente. Los dos tienen un comodín en la bocamanga, los dos saben que no valen trampas en la partida que empiezan en el tapete verde de Andalucía. Los jugadores, de templada sonrisa y mirada frontal, son Adolfo Suárez, presidente del Gobierno, y Rafael Escuredo, presidente de la Junta de Andalucía. Asiste a la partida Manuel Clavero Arévalo que, con el tiempo, será el comodín de Rafael Escuredo pero ahora se limita a un machacón silencio y gestos de que es posible conseguir póker. Es el tercer personaje de la partida y conoce el comodín que esconden los dos principales actores de la contienda. Rafael Escuredo ha sido su alumno, como otros dirigentes socialistas que comulgaron en el incipiente socialismo sevillano.

Manuel Clavero ha sido el que ha organizado la partida porque a Rafael Escuredo le han llegado noticias de que Suárez quiere meter la reductora a la vía rápida del 151 de la Constitución que ha aprobado el 97% de los ayuntamientos andaluces en tan sólo dos meses; algo insólito. Esta es la fuerza de Escuredo para intentar ganar la partida y que Suárez diga la fecha del referéndum andaluz. Pero Adolfo Suárez, al que no acomplejan y acojonan los miedos, lo tiene muy difícil. Se habla (o se sabe) de una acuertelada e intuye que se prepara una montonera por mucho que haya puesto firme a más de un general, de pistola al cinto.

¡Qué gol! Rafael Escuredo monta en cólera cuando conoce las intenciones de Adolfo Suárez, pero saca su lámpara de Aladino y ahí ves a dos consumados artistas de la persuasión, del regate en corto, pero Escuredo, delante de Suárez, no se anda con chiquitas ni quiere marear la perdiz. «Presidente, le dice, quiero fecha para el referéndum andaluz».

Momento de dudas, de inseguridad, de tener escasos minutos para calibrar lo que está por venir, pero Escuredo le aprieta y consigue arrancarle el día: será el 1 de marzo de 1980, (luego pasaría al 28 de febrero) y cuando sale de la Moncloa, Escuredo muestra la mejor de sus sonrisas y le dice a José Luis Hernández y a Enrique García Gordillo: «¡Qué gol le he metido! ¡Tenemos fecha para el referéndum!». Cuando Felipe González conoce que Escuredo le ha ganado la partida Adolfo Suárez, sentencia: «Adolfo y la UCD ha cavado su tumba». Y empezó a diseñar lo que luego sería la moción de censura a Suárez.

Manuel Clavero se queda sólo en el Gobierno, en una soledad que no le impide, conocida como es su capacidad de mosca cojonera, de seguir luchando en el Gobierno para hacerle ver que el pueblo andaluz tiene derecho a trazar su propio camino, al mismo nivel que las comunidades históricas; un Clavero que no se permite el desaliento. Quiere «café para todos». Le es muy difícil porque tiene compañeros de Gabinete y en la cúpula de UCD que no lo ven. Algunos de ellos tenían sus raíces, políticas o no, en el franquismo. Se llevan la palma los ministros Rodolfo Martín Villa, José Pedro Pérez Llorca, diputado de las UCD, cunero por Cádiz, y dos políticos que se mueven en el área del poder como son Landelino Lavilla, presidente del Congreso y diputado cunero por Jaén y el todopoderoso secretario general de UCD, Rafael Arias Salgado. Cuando Arias conoce que Suárez ha pactado la fecha del referéndum con Escuredo jura en arameo, se sube por las paredes de su aterciopelado despacho y clama a Baco porque no era lo previsto. Un día en el seno de la ejecutiva de UCD hubo quien se cachondeó de ver a un presidente como Rafael Escuredo echarse a los caminos y recorrer miles de kilómetros para pedir el voto para la autonomía. «Es un iluminado», sentenció Arias. Este iluminado sería un permanente quebradero de cabeza para el partido centrista, Para el Gobierno de Suárez y para quien desde el Palau de la Generalitatr asistía asombrado a la escalada imparable de la autonomía andaluza, un joven Jordi Pujol que hacía de meritorio ante el todopoderoso Tarradellas.

A Andalucía, ni agua. La autonomía, una vez pasada la euforia veraniega, con Ayuntamientos como el de Écija que había votado con 43 grados y a la sombra, entra en la etapa de la negociación, de abrir caminos jurídicos, de buscar y encontrar apoyos dentro y fuera de Andalucía. De Cataluña, nada, ni agua. Taradellas tiene dicho a Suárez, con el que se lleva a partir un piñón, que no más tres autonomías por la vía rápida del artículo 151, la catalana, la vasca y la gallega. El proceso andaluz lo ven como un molesto orsuelo y de forma hostil. En los meses de diciembre de 1979 y enero de 1980 pocos creían que el pueblo andaluz pudiera ganarse la autonomía plena en las urnas, y mucho menos los jerifaltes y caciques que aún dominaban y controlaban el campo andaluz, los políticos enquistados en el nuevo gobierno democrático de los albores de la democracia y que mantienen el escapulario franquista pegado a los huesos y, por supuesto, una parte importante de los mandos de UCD que copaban alcaldías y otras representaciones, parlamentarias o no.

La tensión se hizo palpable, casi virulenta en algunas ocasiones como cuando el diputado granadino, el liberal Antonio Jiménez Blanco, con el inestimable apoyo del presidente de la Diputación granadina José Sanchez Faba quisieron dividir Andalucía en dos, la occidental y la oriental o como hiciera el también diputado almeriense Gómez Angulo (UCD) que apostaba, de forma descarada y sin inmutarse, para que Almería se uniera a Murcia y formar un tinglao autonomista propio. Estas son tan solo dos majaderías de las que muchas que se hicieron pero que tuvieron, a juicio de otro centrista José F. Lorca, «la virtud de enseñar claramente al pueblo andaluz quienes luchaban por la razón de su sentimiento y quienes hacían de su sentimiento trampolín de sus ambiciones políticas a través de una demagogia judaizante».

En este zarandeo político que mueve las entrañas de UCD surge porque Manuel Clavero Arévalo no se deja avasallar y se convierte en personaje fundamental para que ganara el «sí» el 28 F. Rafael Escuredo y Manuel Clavero fueron claves y todos los historiadores coinciden en afirmar que los dos se dejaron jirones de su vida personal y política en el camino para llegar al referéndum del 28 F: los dos de probada honradez política a sus principios y de vergüenza torera para lidiar miuras con hechuras y cuernos de quítame esas pajas. Ambos representan al unísono la firmeza de las convicciones y una recia esperanza de futuro para el pueblo andaluz, como había escrito José F. Lorca.

Andaluz antes que ministro. El 3 de diciembre de 1980 Rafael Escuredo declara a la prensa que «si el 28 de febrero no hay referéndum, me voy a casa». Y es que de nuevo hay quien quiere retrasar la fecha. Manuel Clavero ya mastica su soledad en el Gobierno porque el enconado enfrentamiento entre la UCD y Andalucía se acentuaba por días y Clavero en medio, sufriendo tiros en la intemperie porque hasta sus más próximos en Andalucía le daban de lado. El 15 de enero el comité nacional de UCD se reúne y a propuesta de Landelino Lavilla acuerdan convocar el referéndum andaluz y pedir a los ciudadanos la abstención para hacerlo fracasar. El ministro Clavero se quedó solo en la defensa de la autonomía y de vuelta al Ministerio por aquello del azar que a veces se mezcla con la realidad estuvo cuatro horas encerrado en el ascensor. Clavero dimite al día siguiente con gran asombro de Suárez, su protector hasta entonces y se vuelve a su tierra el día 18. En el aeropuerto le esperan unos cientos de fieles y el profesor deja claro que prefiere ser andaluz antes que ministro. «Aquí (en Andalucía) le esperaba el respeto y el cariño de los andaluces y un lugar en la historia de Andalucía», tiene escrito el periodista Pepe Aguilar. Con esta dimisión empieza a ganarse el referéndum. El ministro cesante había mantenido dos reuniones a solas con Suárez y pese a saber que la actitud de UCD y de su gobierno llevaba a la tumba a su partido no dio su brazo a torcer. Es la guerra y han ganado los centralistas de la UCD.

En la prensa andaluza la guerra se coinvierte en titulares. Sol de España, de Málaga, titula que UCD traiciona a Andalucía, ABC habla de chantaje y en un artículo de su director, Nicolás Salas, gran amigo de Clavero afirma que «Andalucía no se vende, pero podría cansarse» y en El Correo de Andalucía, su director José María Javierre, no duda en afirmar la confusión y el desencanto que provoca en Andalucía la decisión de UCD y llama a votar el 28 F «porque es el voto responsable». Y surge una pléyade de periodistas que se convierten en activistas del referéndum y que participaron con calor y fuerza en la campaña del 28 F. (Ver capítulo 5)

UCD, al carajo. Con perdón pero está escrito en la memoria visual de quienes recurrimos Andalucía en plena campaña y que con trazos gordos, en negro, le decían a Suárez que Andalucía no era su cortijo o mandaban a UCD «al carajo». Y como siempre, el pueblo tenía razón y a su pesar el partido centrista se convierte en la mejor arma política para ganar el referéndum porque el pueblo andaluz no se resiste a que le escriban su historia.

Lo cierto es que, como tiene escrito Carlos Rosado, el hombre que conocía las entrañas de UCD de Andalucía como nadie, la desaparición de este partido «está íntimamente ligada a las decisiones que se tomaron en relación con la Autonomía andaluza».

La nómina de UCD en Andalucía estaba básicamente compuesta por algunos centenares de concejales elegidos en abril de 1979, en gran parte sin experiencia política y los parlamentarios y senadores elegidos en las elecciones de enero de 1979. «No era fácil, recuerda Carlos Rosado, pedir convicciones autonomistas sólidas en momentos de tanta inexperiencia democrática. Es más, ni UCD ni PSOE, por mucho que se afirme, pensaban que se iba a entrar en una dinámica tan rápida para la autoafirmación autonómica. De no haber sido por la rapidez de reflejos, intuición política y por el reducido equipo que rodeaba a Escuredo y la vitalidad de Clavero el proceso autonómico podría haber encallado».

En las ondas de las emisoras que emitían cuñas ya sonaba, en voz gangosa, «andaluz, este no es tu referéndum». Pero Andalucía canto libertad, con su líder máximo, Rafael Escuredo en huelga de hambre. Y junto a él un puñado de alcaldes y concejales, con banderas al viento a las puertas del Pabellón Real.

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