Especial 28-F

Andalucía debe mejorar

Andalucía lleva años viviendo una paradoja: Vivir en Andalucía es una realidad muy preciada pese a que los andaluces suspenden la situación económica y política

02.03.2017 | 17:41

Recordaba el articulista Teodoro León Gross hace pocos días, a cuento de un foro de debate entre las (no) alianzas entre Málaga y Sevilla, un brillante artículo escrito en diciembre de 2002 por el desaparecido Félix Bayón titulado Paradoja de la satisfacción. Cuenta que había estado leyendo esos días un texto que le había ayudado a entender mucho mejor lo que ocurre en Andalucía. Se trata de lo que el sociólogo Manuel Pérez Yruela definió como la «paradoja de la satisfacción» en su estudio titulado Nueva teoría de Andalucía, que nada tiene que ver, afortunadamente, con aquella Teoría de Andalucía que escribió Ortega y Gasset.

En su estudio el sociólogo, que acabo siendo portavoz del Gobierno andaluz, reflexiona, entre otros asuntos, sobre el peligro de que la satisfacción de la sociedad andaluza con los cambios que le han conducido del subdesarrollo hacia la sociedad del bienestar bloqueen una reflexión crítica sobre los problemas pendientes de resolver. Una reflexión que quince años después sigue vigente.

Fueron tan brillantes los argumentos del sociólogo, que han sido numerosos los escritores, periodistas y articulistas que bajo este paraguas han tratado de explicar por qué en Andalucía se dice que se vive tan bien cuando en numerosos parámetros como en educación, renta media, ahorro familiar, convergencia con Europa, paro, productividad..., siempre figura la comunidad en los últimos lugares de cualquier ranking nacional e internacional.

Hoy, 28-F, Día de Andalucía, es un buen momento para hacer una parada y fonda sobre qué es Andalucía, sobre sus problemas y sobre su futuro. Sobre su paradoja.

Hay que recordar que tal día como hoy, hace más de tres décadas, los andaluces escribieron una página decisiva para su historia. Se cinceló a fuego lento, con demasiadas dificultades y con la incertidumbre propia de aquellos tiempos, pero las ansias de libertad, de autonomía y de posicionamiento en España y en Europa hicieron que dos millones y medio de personas votaran a favor de la ratificación de la iniciativa autonómica en el referéndum del 28 de febrero de 1980. Costó sudor y lágrimas realizar aquella consulta popular debido a las tensiones con Madrid, a la complicada situación política y social de España y a la oleada de atentados que ETA estaba realizando en el país. Pero las ganas y el empeño de la sociedad andaluza por escribir su propia historia permitió la celebración del referéndum.

Desde aquel 28 de febrero al 28 de febrero de hoy Andalucía ha cambiado, se ha transformado y modernizado, siguiendo el argumento del expresidente Manuel Chaves cuando lanzó el eslogan de la Segunda Modernización de Andalucía. Una modernización que en numerosos parámetros se quedó en simple eslogan de campaña.

¿Modernización?

Cierto es que Andalucía ha cambiado a mejor, como no podía ser de otra manera, pero sigue padeciendo males endémicos en su tejido económico y social que dificultan su plena competitividad con el resto de España, con una tasa de paro superior al 30% y unos desequilibrios de la economía fruto de un crecimiento intensivo en mano de obra en la primera década del siglo XXI mientras que la productividad laboral descendía algo que no ocurrió en el conjunto de la UE.

De hecho, Andalucía, pese al progreso, se aleja cada vez más de Europa. Andalucía llevaba siete años consecutivos perdiendo convergencia con Europa. En 2014, según los datos de la oficina de estadística Europea Eurostat, la región volvió a retroceder y su Producto Interior Bruto (PIB) per cápita, es decir, la riqueza generada por habitante, se situó en el 67% de la media de la Unión Europea (UE), frente al 68% de 2013. Durante la crisis, Andalucía ha perdido once puntos porcentuales, ya que en 2007 estaba en el 79% tras varios años de ascensos. Eso le llevó, incluso, a dejar de ser considerada región objetivo 1, aquellas zonas con más acceso a los fondos estructurales por su mayor retraso. A partir de entonces todos los años ha habido caídas, más pronunciadas en los primeros ejercicios de la crisis.

En números absolutos, el PIB per cápita andaluz se sitúa en 18.500 euros al año, 400 más que en 2013. Se trata del primer avance desde 2007, el cual, sin embargo no es suficiente para reducir o simplemente mantener el terreno con la media europea. Sólo Extremadura está por detrás en convergencia con Europa, con un 63%.

A este desequilibrio se le une otro, especialmente visible en Málaga, como fue el sobredimensionamiento del sector de la construcción, aunque los expertos aseguran que este sector seguirá jugando en el futuro un papel importante en la estructura económica andaluza, una vez el stock de vivienda nueva sin vender en Andalucía se haya absorbido en gran medida. Por ahora, sólo la inversión extranjera es la que ha acudido al rescate de este sector debido a que del grifo del crédito sólo gotean hipotecas.

En casi todos los debates recientes sobre la sociedad andaluza se viene apuntando que Andalucía necesita de un nuevo impulso modernizador en términos sobre todo socioculturales, esto es, ciertos valores, actitudes y formas de actuar. Además, este impulso se vincula de manera muy estrecha a la necesidad imperiosa de ser capaces de crear más empleo y riqueza, emprendiendo e innovando en las actividades productivas y de toda índole, y mejorando en general su calidad, eficacia y productividad.

Pero durante todos estos años Andalucía ha cambiado. En aquel ya lejano 1980 había, en lo social una alta tasa de natalidad, un porcentaje desmesurado de analfabetización y una esperanza de vida que nada tiene que ver con la actual. Las infraestructuras brillaban por su ausencia, con carencias importantes en carreteras y, sobre todo, en transporte público. En lo referente a los ámbitos productivos y económicos, había una fuerte dependencia de la agricultura, un escaso peso del sector terciario y muchas potencialidades industriales y turísticas sin explotar. El acceso a la cultura o a la educación era una asignatura pendiente para la mayoría.

El desarrollo económico, social y cultural de la comunidad despertó gracias al Estatuto de Autonomía y al empeño de todos los partidos por mejorar la región. El texto favoreció la convivencia armónica, el progreso y la recuperación de la autoestima de un pueblo que consiguió voz propia. Si durante los 38 último años se han producido transformaciones intensas en el mundo, estos cambios fueron particularmente acentuados en Andalucía, donde los ciudadanos pasaron del deficiente desarrollo económico, social y cultural a un panorama similar al de las comunidades más avanzadas, pero también con carencias.


Los cambios

Andalucía cuenta, actualmente, con excelentes vías de comunicación y las grandes ciudades están conectadas entre sí por autopistas o autovías y cuenta con cinco grandes puertos marítimos. Desde la aprobación del Estatuto de Autonomía, tras el refrendo del pueblo andaluz el 28 de febrero de 1980, y su posterior ratificación y entrada en vigor en 1981, los andaluces pueden presumir de progreso, avances y evolución en todos los campos. El turismo se alza como la bandera de Europa; la agricultura se ha modernizado y diversificado abriendo cada día nuevos canales de comercialización en el exterior; la industria aeronáutica cobra vuelo y el sector tecnológico se abre paso en los parques tecnológicos repartidos por Andalucía.

Hemos pasado de la Andalucía rural que comenzaba a disfrutar de una bienhallada y deseada democracia a una nueva Andalucía de oportunidades pero que debe corregir de forma urgente la elevada tasa de paro para que todos los andaluces tengan de verdad una oportunidad.

En treinta y ocho años esta comunidad ha pasado de ganarse su merecida autonomía a convertirse en punto de encuentro de culturas e idiomas, colocándose en la vanguardia de una nueva era que viene marcada por las nuevas tecnologías y las conquistas sociales.

Como explica el profesor Pérez Yruela, los andaluces hemos dejado de ser una excepción y nos hemos convertido en una comunidad política con problemas y rasgos más o menos similares a los de otras comunidades de nuestro entorno español y europeo de referencia. Y recuerda Iruela que esto no hubiera sido posible sin la solidaridad de España y la Unión Europea y alerta también de que el nuevo relato identitario de Andalucía tiene que basarse, por un lado, en esa idea de normalización y en recortar de forma urgente las diferencias que aún mantenemos en cuanto a renta, empleo, productividad, resultados educativos, innovación tecnológica...

Aún así en estos treinta y ocho hemos vivido grandes cambios en todos los ámbitos. La región ya no es la misma y sólo hay que «pasearse» por las cifras oficiales para comprobarlo.

En este tiempo han ido descendido los nacimientos, la mujer se ha incorporado al mercado laboral y las familias distan ya de ser numerosas. La media, entre uno y dos hijos. Nacen unos 100.000 niños al año, las bodas han bajado a la mitad (de 84.000 a 40.000) y ya no son sólo religiosas, un buen porcentaje se lo llevan los matrimonios civiles (desde hace unos años también entre cónyuges del mismo sexo) y muchas parejas lo son de hecho, sin tener que pasar por ningún estamento oficial.

Los cambios no sólo se han producido en el ámbito familiar. El progreso social y económico ha traído consigo, afortunadamente, más oportunidades educativas. Hay más universidades y también se ha mejorado la ratio de estudios básicos, la población analfabeta sólo supone el cuatro por ciento del total.

Andalucía ya no tiene una gran dependencia del sector de agricultura y pesca, aunque los servicios siguen siendo un pilar fundamental, al que se unió la construcción, ahora en tímida recuperación por la nueva crisis económica global que nos ha tocado vivir y de la que Andalucía no se ha podido librar. Esa excesiva preponderancia del ladrillo ha empeorado aún más la recesión en la región, donde se licitan menos viviendas desde hace unos años y la creación de empresas se ha estancado, si no ha bajado. No obstante, más de 500.000 firmas están activas en la región, aunque la renta familiar sigue sin ser de las más altas, por debajo de los 20.000 euros anuales.

El turismo se ha consolidado en estos años y ha convertido Andalucía en uno de los destinos preferidos de españoles y europeos, muchos de los cuales se han convertido en nuevos residentes, aunque buena parte de ellos ha llegado a estas tierras buscando una oportunidad laboral.

En estos treinta y ocho años de autonomía, Andalucía se ha situado a la vanguardia en otras cuestiones como la sanitaria, ocupando un importante lugar en trasplantes, investigación biomédica y operaciones de cambio de género, entre otros. Pero en este ámbito aún quedan cosas por mejorar, aspectos más cercanos como la presencia de médicos 24 horas, nuevos centros hospitalarios para cubrir la fuerte y creciente demanda y mejorar la gestión del SAS que ha provocado oleadas de manifestaciones en Granada, Málaga y Huelva reclamando más inversiones y hospitales y poniendo en tela de juicio una de las «líneas rojas» que marcó el gobierno andaluz.

La paradoja

Pasada ya casi dos décadas del siglo XXI, Andalucía mira a su pasado más reciente con orgullo pero no tiene todos los deberes hechos. Pero el futuro viene cargado de nuevos retos, de iniciativas que hay que llegar a buen puerto. La región necesita seguir avanzando hacia un modelo más sostenible, demostrando que sigue teniendo el mismo espíritu de superación y de compromiso social que ha enseñado al mundo en estos años.

Si cuando el sociólogo Pérez Yruela escribió su Nueva Teoría de Andalucía a principios de este siglo resaltaba que una de las cosas que más viene llamando la atención de la sociedad andaluza en los últimos años es el alto grado de satisfacción que, en general, expresan los andaluces respecto a diversos aspectos de la situación actual: la evolución del grado de desarrollo de Andalucía respecto al resto de España; la satisfacción con las políticas del Estado de bienestar, o la propia satisfacción personal con diversos aspectos de la vida personal, entre otros aspectos. Afirmaba entonces que la andaluza es una sociedad satisfecha pese a que, como también se sabe, existan no pocos problemas que resolver para que nuestros indicadores sociales o económicos se aproximen más a la media española.

Diecisiete años después, esa satisfacción lejos de bajar crece pese a todos esos problemas, según se desprende de la última Encuesta de la Realidad Social de Andalucía de 2016, que revela que el hecho de vivir en Andalucía es una realidad muy preciada pese a que los andaluces suspenden la situación económica y política en la comunidad

Puestos a valorar su calidad de vida en una escala de 0 a 10, los andaluces presentan un grado de satisfacción de entre 7 y 9 puntos. El solo hecho de vivir en Andalucía es el aspecto mejor valorado, con una media de 8,18 puntos. No ocurre así, no obstante, cuando se les consulta por la situación económica y política o por el funcionamiento de la democracia en la comunidad, pues en ningún caso se llega al aprobado con medias inferiores a 4 puntos. De esta encuesta se desprende que la población andaluza se declara más feliz que optimista respecto a su futuro, aunque con matices según qué colectivos. Las mujeres se muestran más felices y optimistas que los hombres pero, a medida que avanza la edad, la felicidad y el optimismo es menor. A mayor nivel de estudios o en función de si se reside en ciudades medias o principales, se obtienen por el contrario valoraciones más positivas.

La vida familiar y las relaciones sociales son los aspectos de la vida con los que los andaluces y andaluzas se muestran más satisfechos. La vida en su conjunto es el segundo aspecto mejor valorado, con una media de 6,87 puntos, mientras que el trabajo es la dimensión de la vida peor considerada, aunque supera el aprobado con 5,49 puntos de media. Más de la mitad de la población andaluza (55,3%) asegura disfrutar de cierta seguridad económica en la medida que afirma que sus ingresos les alcanzan para vivir, mientras que el 27,8% dice presentar dificultades o muchas dificultades.

El desempleo, la corrupción y la marcha de la economía son los tres problemas principales de Andalucía para la población entrevistada, una visión que comparten en el caso de España y de su municipio de residencia, aunque con matices en función del nivel de gobierno.

Como se decía al principio de este artículo existe el riesgo de que cristalice la idea de aceptar a una Andalucía con todos sus fallos e indicadores y no se avance en la modernización de todos los sectores que permitan a la comunidad tomar un nuevo impulso que le permita de verdad acercarse a los indicadores de otras comunidades de su entorno y reducir esa convergencia con Europa que en vez de menguar ha creció en los últimos años. En Andalucía se vive bien, pero se podría vivir mejor.

*Mellado es director de La Opinión de Málaga

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