ISabel bugallal
Es un francotirador del lenguaje, un contador de historias. El académico Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942), creador de las fábulas de Celama y de un territorio mítico en el noroeste peninsular donde se desarrollan sus novelas, dos veces Premio Nacional de Narrativa y otras tantas Premio de la Crítica, habla sobre sus inicios con la página en blanco y los políticos españoles
¿No perdona la siesta?
Tampoco tanto, me da tranquilidad cuando tengo que echar un rollo después.
¿Y el fútbol?
Me gusta, aunque no soy un apasionado. A mí la verdad es que me entretiene cualquier cosa menos los políticos, que los aborrezco a todos.
Pues Rodríguez Zapatero presentó uno de sus libros.
Sí, pero bueno... paisanaje...
¿Lo lamenta?
No. Cuando los políticos son de tu pueblo siempre hay una relación personal. Entonces aún no era presidente del Gobierno. Conocía mucho a su padre.
¿No le quedaron ganas de repetir?
Es que no me gustan los políticos, ninguno. Es una desgracia que la política tenga que estar administrada por los políticos, pero es irremediable, soy un demócrata antes de todo.
¿Acude a votar?
No, pero el día de las elecciones estoy amargado por no tener a quién votar.
¿Ya de niño fue un escritor de éxito?
[Risas] Sí, parece de chiste. Un niño escritor, un niño fascinado por las historias que le contaban y que emborronaba cuadernos intentando contar lo que se le ocurría.
¿Qué contaba?
Cosas muy fantasiosas que tenían que ver con sueños, sucesos de miedo y de terror que mezclaba con cosas reales de mis paisanos, de mis amigos o de asuntos que escuchaba, que oía. Era un niño curiosón, un niño de los que conviene estar advertido contra él, un niño riesgoso. Era un niño tímido, llorón, medroso y que se daba cuenta de todo. Como esos niños que tienen incontaminada la inocencia y que, sin embargo, parece que son los observadores de todos los secretos de la familia y del vecindario; un niño molesto.
¿Por qué se hizo escritor?
Tal vez por la excesiva fascinación que sentía por las historias que escuchaba. Había un mundo de imaginación, de invención o de ensueño en lo que me contaban en las casas de los vecinos de mi valle, donde había una gran tradición oral; allí asistimos a los calechos y a los filandones. La mayoría de los niños se entretenían con otras cosas y yo tenía un oído especial, me interesaba todo lo que le pasaba a los mayores.
¿Escribe usted contra el olvido y la muerte?
[Risas] No, eso lo dicen los poetas, yo escribo para vivir. Los poetas son más pomposos, más radicales y más lúcidos que los narradores. Los contadores de historias escribimos para vivir lo que no podemos vivir. Yo escribo para conocer gente. Como decía Irène Némirovsky, toda gran novela es un callejón de gente desconocida. Conoces a una gente que no vas a conocer en la vida y vives unas experiencias que no vas a vivir si no es en la ficción.
Es un gran cinéfilo. ¿Cuántas películas tiene en su casa?
Ya no las cuento. Soy un cinéfilo exagerado y el DVD me ha dado la posibilidad de regresar a la historia del cine. Tengo unas 3.000.
Compitiendo en espacio con los libros.
Ganándoselo, porque tengo la suerte de que mis hijos se van llevando la biblioteca y dejan sitio a las películas. Se puede tener una biblioteca sustancial con 500 o 1.000 libros.
¿Es un escritor maniático?
No, no tengo manías.
¿Empieza por el título?
Eso no es una manía, es un recurso estético importante que tiene que ver con la semilla de la fábula. Es una agarradera.
¿Ya tiene el próximo?
Algo así como Ciudad de sombra.
Como todas sus ciudades.
Ésta sería el límite, la ciudad de las ciudades.
¿Es un epílogo?
Espero que no.