J.Z.
«A ver cuándo llegan ya los roqueros». La frase, escuchada en una parada de taxis de Torremolinos, dice mucho de lo importante que es para los negocios de la localidad costasoleña el desembarco de los chicos de las chaquetas de cuero y las chicas con falda de vuelo que acuden anualmente al Rockin’ Race Jamboree. La especialidad de la cita –ajena al vaivén de las modas– es una de las claves de su éxito, pero no por ello es exclusiva. «Nadie te va a mirar mal si no vienes con tupé. Es un festival de música», confiesa Guillermo Jiménez Pou, responsable del certamen.
Nada amigo de las etiquetas y los estereotipos cerrados, Jiménez Pou se esmera en colmar con contenidos el festival para que éste no se convierta «en el circo que llega a la ciudad». «Está bien que los admiradores del rock and roll vengan y se paseen por Torremolinos con sus tupés y sus chaquetas, pero no hay que quedarse sólo ahí», matiza, a la vez que sostiene que la mayor presencia de bandas de garaje está detrás de esa apertura del Rockin’ Race al público menos ferviente del old rockabilly.
Además de disfrutar de cerca de una veintena de conciertos, los asistentes al festival pueden comprar música –tanto en vinilo como en cedé–, ropa y complementos de estética roquera en los distintos stands. Entre las novedades de las últimas ediciones está fotografiarse al más puro estilo vintage, como si se tratase de una sesión de fotos para Sun Records.