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HEMEROTECA » |
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José Gallardo
Después de media hora deambulando por la Fnac, Abelardo concluyó que su vacío no era tal. Más bien algo así como empacho. Hartura.
Hubo una época en la que rondar por sus pasillos enmoquetados era como caminar por el cielo. Un placer absoluto. Ahora, su cerebro estaba tan relleno como sus discos duros. Una oleada de nostalgia le arrastró a recordar cómo sus dedos recorrían los títulos de los cedés, el clac clac de los estuches. El orden alfabético.
Salió a la calle con un mordisco en las tripas. En Armengual de la Mota, un par de tipos se movían de manera irregular, tambaleándose, apoyados el uno en el otro. No le dio importancia; dos borrachos algo originales.
Anduvo dándole vueltas al asunto de camino a casa. Apenas prestó atención al telediario en la pizzería. En pantalla, letras blancas sobre fondo rojo mencionaban inexplicables ataques a ciudadanos indefensos. Llegó a casa decidido a volver a emocionarse escuchando una canción. No tanto por el descubrimiento de algo nuevo, sino deseando que esa búsqueda le llevase a reencontrarse con lo que una vez fue.
Encendió el ordenador, y accedió a internet con la idea de encontrar nuevas bandas. Las encontró. Un océano entero.
A través de Facebook, sus contactos recomendaban grupos; amigos de amigos, por regla general. Abelardo escuchó y escuchó. Música, voz... a veces en castellano, otras en inglés... Se preguntó por qué debería emplear su tiempo en un determinado artista y no en otro similar.
Última hora en la edición digital del periódico: Rebaños de atacantes empezaban a vagar por las ciudades.
Todas las bandas le parecían iguales. Entró en The Pirate Bay, buscando referencias. Le sirvió de poco; la gente se descargaba las novedades de las discográficas. El último disco de Beyoncé estaba en el puesto uno. Se lo bajó. Ya lo escucharía algún día.
Oyó un grito en la calle.
Se apuntó a un grupo de Facebook para artistas. Todo el mundo podía mostrar ahí su trabajo, pero nadie escuchaba el trabajo de nadie. Los artistas sólo interactuaban para matarse vivos entre ellos. Entró en Myspace. Buf. Aquello estaba muerto. Lanzó un tuit que no obtuvo respuesta...
Se sirvió la cena, absorto, mientras en la tele, alguien discutía sobre algún virus. Que si se propagaba por el aire, que si por la sangre, la saliva....
Ideó un experimento. Abrió una cuenta en soundcloud y colgó canciones de varios grupos desconocidos. Contactó con discográficas independientes y les sugirió la escucha. Se sentó a esperar. Cada cierto tiempo, revisaba el contador de visitas. Cero. «No te molestes», le dijeron, «Sólo firmamos lo que pontifica cierto locutor de la radio pública. Y sin escucharlo». Descubrió que nadie tenía criterio. Cómo saber no ya si un artista tenía talento, sino si te debía gustar, era una tarea imposible.
Había mucho jaleo en la calle, ambulancias, policía... La televisión, una guerrita de hormigas. Se colocó los auriculares.
Entró en Pitchfork.com y se entretuvo en leer una crítica de cierto disco con una puntuación de 8.1. El decimal lo consiguieron por un solo de saxofón. Inmediatamente, Jenesaispop.com colgó un post sobre la banda. Abelardo sintió que el equilibrio se restablecía. Entró de nuevo en the pirate bay y se descargó el disco, colgado minutos antes. No estaba seguro de si se había rendido o si había comprobado la eficacia del sistema, la necesidad de un filtro tan siniestro...
Y entonces, el estruendo inundó su edificio. Se quitó los auriculares y escuchó llantos, gritos, súplicas. El estruendo de un disparo le tiró del asiento. Alguien empezó a aporrear su puerta. Primero, a dos manos. Después, cuatro. Seis. Un efecto percusivo salvaje y aterrador. La derribaron con el peso de sus ajados cuerpos. Acorralado, pudo comprobar que aquella horda apocalíptica manejaba los mismos andares que los dos tipos de pocas horas antes.
Se acercaron aquellos rostros inexpresivos. Lo olisquearon. Con ojos vacíos, miraron a otro lado y cambiaron de rumbo. Abelardo comprobó con horror que un impulso le obligaba a seguirlos. En la radio, alguien afirmaba haber dado con la clave de la epidemia. No se trataba de un virus, ni de un arma bacteriológica. No era un contagio en realidad, sino algo mucho más simple: una moda. O más bien, precisó, una tendencia.
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