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Víctor A. Gómez En esta espontánea serie de artículos sobre el artista contemporáneo, sus actuales roles y actitudes en una ciudad como ésta, la nuestra, Málaga, hoy toca hablar de algunos asuntos levemente apuntados ya en –y derivados de– piezas anteriores. Si hace unas semanas peroré sobre cómo las redes sociales, de, sobre el papel, sano intercambio de ideas entre creadores y espectadores han devenido en clas y ciberpalmeros que aplauden cualquier ocurrencia sin mínimo atisbo crítico, hoy hablaremos de la simpatía cultural y de la proximidad de los autores con los círculos políticos –que no ideológicos–.
Todos sabemos que en Málaga, y me imagino que por extensión otras tierras, muchos contratos se firman en las barras de los bares; porque se habla mucho del nepotismo institucionalizado pero también habrá que convenir que para bautizarse no sólo hay que tener padrino sino también gozar de una amplia y contagiosa sonrisa, de una cierta simpatía y de un notable magnetismo. Dicho de otra forma, puedes ser un creador estupendísimo pero huraño y poco dado a los saraos que si alguien –quien sea: el cliente, las instituciones, las fuerzas vivas, rancia expresión que nos recordó el otro día Gonzalo León– tiene frente a sí a un autor de medio pelo pero dotado de grandes habilidades sociales la apuesta está hecha y sellada. Claro, porque en Málaga las revoluciones nunca han sido televisadas, sino festejadas, siempre festejadas.
En realidad, el del artista malhumorado, obsesivo-compulsivo, más o menos esquizoide y con fobia social es un cliché como cualquier otro. Imaginar al artista como un ser permanentemente torturado con una navaja siempre en la oreja es como creer que yo mismo, periodista, salgo a la calle a reportajear con gabardina y un sombrero con un papel donde se lee Press. Pero lo cierto es que, después de unos cuantos años bregando en estas cosas de la cultura, asistiendo al ir y venir, al nacer y al decaer de múltiples talentos de aquí uno no puede más que preguntarse si actualmente en las escuelas de Bellas Artes imparten una asignatura sobre habilidades sociales. Sí, porque a veces tiene uno la sensación de que bastantes artistas se han convertido en sus propios representantes de prensa, con la locuacidad de un vendedor de coches y la insistencia del más cansino gabinete de prensa.
Me daba la impresión de que antes los artistas se dedicaban a crear, básicamente, pero ahora en el tiempo en que dedican a promocionarse por las redes sociales y a asistir a fiestas e inauguraciones donde hablar de proyectos y asuntos similares les habría dado tiempo a pintar veinte cuadros, componer un doble elepé y escribir una novella. Es inevitable en estos tiempos, y no sólo en lo relacionado con el arte, ni mucho menos: por ejemplo, ¿cuántos periodistas nos hemos convertido hoy en paperboys de sí mismos anunciando en nuestras cuentas de Twitter los artículos, entrevistas y reportajes que hemos publicado ese día en sus medios? Es una nueva labor más dentro de las funciones profesionales. Vender, venderse, hoy más que nunca, es un arte, y quién si no los artistas los que han abrazado la cosa con el ingenio y la pericia necesarias.
Hace un tiempo leí un post del gurú de internet Enrique Dans sobre las posibilidades de autopublicación online de un escritor. Recojo: «Ser sociable y hablar con la gente no es imprescindible. Pero ayuda. A lo que sea. Seas escritor, cineasta, blogger o vendedor ambulante de creme brûlée en San Francisco». Parece que sí, que ése es el signo de los tiempos. El de las redes sociales, ¿o las redes sociables?
Por eso los gestores culturales ya no sólo pasean avezados por los pasillos políticos, como los visitadores médicos que inundan las salas de espera de los ambulatorios; no, ahora también los creadores más simpáticos y echaos palante hacen lo propio. Y parece que tienen cada vez más mano en estas lides: en las instituciones, en muchas ocasiones no hay personal, dinero o ganas suficientes de plantear las iniciativas culturales; por no hablar de que históricamente en nuestra ciudad ha existido una especie de subcontrata cultural, en la que se delega a empresas privadas la programación de actividades con sello institucional.
Ahora, tal estrategia va medrando de forma sobresaliente: llegan los artistas con una propuesta en la que, claro, se hace hincapié en el bajísimo coste de producción –eso es lo que verdaderamente agrada estos días a los políticos– y de ahí volando a la rueda de prensa para presentar algo que parece una idea de la institución de turno pero que todos sabemos que no es así. Pero no hay nada malo en ello supongo, y ha existido desde siempre, desde que los pajaritos limpian los dientes de los cocodrilos, vamos.
Mientras progresan los avezados y festejan sus avances en un bar, los menos sociales y un tanto más huraños –o independientes, esa palabra que suena ya a antigualla– maldicen su suerte en la barra de otro bar. Claro, si ya lo dije antes: en Málaga todo sucede en la barra, todo es on the rocks.
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La artista ha respondido este lunes 2 de julio a los lectores de La Opinión de Málaga. Repasa el chat.
Laopiniondemalaga.es ha entregado esta tarde los premios del concurso fotográfico 'Mi Festival de Málaga'.
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