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HEMEROTECA » |
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José Gallardo l anuncio de que el Jeque vendía el Málaga sorprendió a los dos catetos en mitad de uno de sus muchos consejos de administración. El cateto alto alzó su acuosa mirada en dirección al cateto chico. Sin necesidad de hablar, coincidieron; la adquisición del Málaga sería la joya de la corona de un largo frenesí de fusiones y adquisiciones empresariales iniciado dos décadas atrás.
El cateto alto tenía sus dudas; era el inteligente de los dos; el cateto chico, un matón que no sabía contar más allá de 144, compró el equipo de su pueblo e hizo lo que se esperaba de él: el cateto. Fichó jugadores caros, descendió a preferente y provocó la desaparición del club. Salió del pueblo a pedradas y aún hoy no se atreve a aparecer por allí. Sabía que el único objetivo del cateto chico era gritar en la sala de prensa de La Rosaleda que había comprado el Málaga. Él buscaba el prestigio social dada la mala marcha de sus negocios, que hasta tenían en Internet su propio foro de impagados. Al cateto chico no le iba mucho mejor, pero tenía liquidez; mejor seguirle la corriente.
Esa liquidez era calderilla comparada con las cifras que se manejaban en la venta de un club de primera. Además, los catetos jamás tocaban sus activos personales; los destinaban a comprar oro. Habían comprado un chalet en la milla de oro para convertirlo en un búnker, con dos cámaras acorazadas en las que cada uno depositaba sus remesas en carretillas, mirándose de reojo cada vez que introducía un nuevo depósito en sus panaderías doradas.
Necesitaban al menos el anticipo. Un par de millones de euros bastarían. Luego, harían filigranas con el papel pelota e irían tirando a la espera de tiempos mejores.
El hijo del cateto chico, Hipotenusa, les hacía de chófer. Los empleados lo llamaban el Hipotenusa porque era la suma de dos catetos. Su padre lo trataba regular, entre gritos, amenazas de desheredarlo y capones varios. «Que espabile», decía.
Pero Hipotenusa tuvo una idea.
El lunes el Málaga presentaba a su último fichaje, el internacional holandés Matthias Van Hutten. Se le ocurrió que podrían secuestrarlo, y con el rescate, cerrar el acuerdo. El cateto chico, un tipo que parecía estar hecho de una sola pieza, abrió la boca para insultar a su hijo, pero el alto le frenó. A grandes males, grandes remedios.
Hipotenusa contrató un par de sicarios albaneses para que raptaran a Van Hutten y lo llevaran al sótano del Búnker. El problema surgió cuando el holandés se resistió una vez en la casa. Los sicarios lo arrojaron al sótano de malas maneras y al caer se rompió el cuello. Quedó tirado allí, a los pies de la escalinata, todo lo largo que era, los brazos en cruz, más frío que un carámbano.
Al enterarse, los catetos se encogieron de hombros. Vivo o muerto, iban a cobrar igualmente.
Pero entonces el Málaga pasó la previa de la champions sin Van Hutten y por goleada. El jeque se emocionó escuchando los gritos de «Jeque quédate» y cambió de idea; ya no vendía. El míster manifestó en la rueda de prensa que de todas maneras él no había pedido a Van Hutten y además no le gustaba ni pensaba ponerlo.
La familia de Van Hutten y el club ofrecieron un millón de euros, la mitad de lo esperado. Los dos catetos se fueron a dormir rumiando la decepción. La mañana siguiente, el titular de La Opinión rezaba: «Pagado el rescate de Van Hutten».
Cruzaron una mirada afilada por encima del papel. Desenfundaron las pistolas y se apuntaron mutuamente, muy de cerca. Se asomaron al sótano para comprobar que el cuerpo del futbolista seguía ahí. Lo que no estaba era el oro.
Jamás se sabrá quién disparó primero. Cayeron escaleras abajo, yendo a posar sus cabezas en cada uno de los brazos del descompuesto Van Hutten, como querubines en un dulce sueño eterno.
Repantingado en su bungalow de Las Caimán, Hipotenusa comprobó que el millón de euros había sido transferido sin problemas a su cuenta pantalla. Sorbió de su mojito de fresa y completó su inscripción en la liga fantástica Marca. A su padre se le daba bien, y a él también.
Y, bueno, qué demonios. Aquél iba a ser su año.
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