Paraíso mutante

Semilla de dragón rojo

El cantante y compositor analiza en esta sección asuntos de actualidad con socarronería y agudeza. Hoy, una ficción en homenaje al reciente Nobel de Literatura, Mo Yan

24.10.2012 | 07:00
Ilustración de Omar Janaan.
Ilustración de Omar Janaan.

Es un sentimiento común entre los seres humanos el miedo a la muerte. Ahora que la he experimentado, les diría que no teman; la muerte es un estado placentero, flotas dentro de tu yo interno, ajeno a todo, a la espera de que tu alma inferior, tu p´o, se disuelva y poder así ascender a un nivel superior.

Y en esas me encontraba yo. Había muerto ahogado en la gran inundación del Huang-Ho, en la ciudad de Zhengzhou, adonde me habían desplazado años antes, en los inicios de la revolución cultural, para trabajar en una siderurgia, dejando atrás a mi hijastra y los viñedos que mi familia había cultivado durante generaciones.

Para poder abandonar este plano de existencia, mi cuerpo debía ser enterrado. Pero mi familia, debido a las restricciones monetarias de la época, no pudo enviar dinero para el traslado. Lo único que pudieron conseguir fue un monje del Tao. El monje carecía de medios para transportarme, así que me revivió. Utilizó su Yang qui para convertirme en un no vivo, un Jiangshi. Un vampiro.

Y así fue como iniciamos el retorno al Monte Luo, al noroeste. Tardaríamos cuatro días en llegar a pie. Mis articulaciones estaban rígidas y apenas podía moverme. Como mucho, daba saltitos. El monje caminaba delante mía, con un collar de jade en el cuello. A su espalda, una mochila en la que portaba la cabeza de un antiguo terrateniente, el bondadoso Ximen Nao, decapitado en un campo Laogai por negarse a entregar sus tierras. Nao era también un Jiangshi. Lo tuve frente a mí todo el camino. No paraba de quejarse y lamentarse.

Viajábamos de noche. Siempre que nos acercábamos a un poblado, el monje hacía sonar una campana, alertando de nuestra presencia. Nos iluminábamos con una linterna roja que el monje había robado, seguramente, de un prostíbulo.

Por las mañanas, el monje se hacía un corte en el antebrazo y dejaba que nos alimentáramos de su sangre. Sólo un poco, lo justo para mantenernos activos hasta el final del trayecto.

Entregamos a Nao a su familia y pronto alcanzamos el Monte Luo. Mi hijastra, Jiu´er, abrazó mi acartonado cuerpo entre lágrimas. Jiu´er era hija de mi difunta esposa y del soldado japonés que la violó durante la guerra. Pero la he criado como si fuera mía. Ella y su marido, Osopanda Jin, han mantenido los viñedos y la bodega en mi ausencia. Al padre de Osopanda lo despellejaron vivo los japoneses cuando se negó a que le requisaran su almacén de trigo. Se afilió al partido comunista, pero desde las hambrunas de ha distanciado de ellos.

Deseaba acceder a mi última morada lo más pronto posible, pero Osopanda insistió en celebrar un banquete en mi honor. Tuve que acceder. No podía comer, pero Jiu´er me ofreció beber de la última cosecha de semilla de Dragón.

Cada ciclo lunar, se vertía el flujo menstrual de Jiu´er en las barricas, lo que proporcionaba al vino una cualidad hipnótica, que hacía que quien lo bebiera adoptara un estado de natural despreocupación. Su alma sanaba y su vida empezaba de nuevo. Jiu'er era una elegida. Una hija del Dragón.

Bebí sin parar de tan dulce néctar durante cuatro días con sus noches. Mis articulaciones volvieron a funcionar y me sentí poseído por una fuerza y vigor insospechados. Mujeres de las villas de Monte Luo acudían a morir bajo mis colmillos. Yo era el Dragón.

Y entonces, Osopanda acudió a mí con malas noticias. La guardia roja local se disponía a requisar los viñedos. Llegaron con el atardecer. Unos treinta hombres. Los despedacé con mis propias manos. Al poco, vino un segundo grupo, setenta hombres que sufrieron el mismo destino. Luego, cien. Más tarde, un ejército entero. Para entonces, mi cuerpo entero estaba poblado de pelo blanco, mis ojos habían adquirido el color del rubí y mi estatura se había duplicado. Nunca más volvieron a molestarnos.

A mediados de los años setenta, la revolución cultural se olvidó y, por fin, pude dejar de defender los viñedos. Iba a ser enterrado a los cuatro días de mi llegada, según la concordancia astral y habían pasado décadas.

Justo antes de mi entierro, los lugareños quisieron hacerme una última ofrenda: un niño de siete años, el peso perfecto, el grupo sanguíneo perfecto. Lo rechacé educadamente. Finalmente, lo vendieron en el mercado negro por unos seis mil yuans.

Cultura


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