Teatro

La racionalidad de lo irracional

Crítica de la obra 'Noches de acero', de la compañía Mesina Troupe y dirigida por Eduardo Velasco

24.02.2013 | 02:45

Noches de acero

Compañía: Mesina Troupe Director: Eduardo Velasco Autor: Saúl F. Blaco Reparto: Juan López-Tagle, Laura Río

Noches de acero, de Mesina Troupe, se presentó en el Teatro Echegaray como una más de las representaciones en la programación del Teatro; una lástima que no se le diera más relevancia porque realmente mereció la pena. Un joven yace sobre su cama, parece dormido e intuimos que algo se debe a una buena resaca, a su lado una cajita musical deja sonar incansablemente una melodía. La habitación-casa luce desordenada, revuelta, escasa de mobiliario, pequeña. Suena el timbre en la puerta una y otra vez, hasta despertarlo. A través de la puerta una joven bien vestida le informa de la posibilidad de lograr una cantidad de dinero sin apenas más que unos papeles a firmar, lo que le solucionaría los evidentes problemas económicos. Pero, ¿quién es esta mujer? ¿Por qué insiste de manera tan apabullante? ¿Cómo es que conoce tanto del joven? Preguntas sin respuesta que no la tendrán hasta que hayamos pasado por una evolución embustera.
La irracionalidad de la historia, lo increíble, la sorpresa, consiste en una tentadora oferta profesional que le aportará cuantiosas ganancias si accede a formar parte de un juego macabro en el que el azar pone en riesgo su vida como sujeto participante en una lotería por la que se apuestan importantes sumas de dinero. ¿La dignidad está en venta? Hay algo más que una única exposición de línea argumental tras este juego. Ninguno de los dos personajes es tan simple, ni tiene una visión monográfica de sus sentimientos, y eso se ve en el juego interpretativo. Esa irracionalidad, esa situación surrealista, sólo puede ser representada del modo más racional. Ahí la dirección de Eduardo Velasco logra que, sin perderse la poética teatral, los personajes se manifiesten con absoluta veracidad en sus movimientos, en sus diálogos, en la interpretación. La máquina poética no es ajena a la comprensión realista de las acciones.
Como seres coreografiados los actores enganchan una situación con otra para que todo pertenezca, todo se componga y lo haga funcionar, pero el espíritu del intérprete es imposible de manipular si no entra en ese estilo teatral. Ahí, en un juego duro que confronta la irracionalidad de los acontecimientos y la asimilación y exposición de estos con absoluta coherencia, es donde esta obra luce sus encantos. Un argumento que no se debe desvelar y un cierre que deja la puerta abierta al debate: ¿Yo hubiera hecho lo mismo? No sé en esa situación; tomar decisiones arriesgadas lo hacemos a diario, y tal vez por eso el reflejo es tan cercano.

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