Paraíso mutante

Lecciones de wachi wochi

El músico José Gallardo analiza asuntos de actualidad con socarronería, ilustrados por Omar Janaan. Esta semana, un cuento inspirado en el veto a la música en inglés en la Feria de Fuengirola

16.10.2013 | 05:00
Lecciones de wachi wochi
Lecciones de wachi wochi

El agente Martínez era un tipo honrado. De pequeño ya soñaba con ser policía. Cuando se cruzaba por la calle junto a un agente, se cuadraba y saludaba mano en frente. Tuvo su primer uniforme de policía a los ocho años, cosido a mano. Jamás se perdía un episodio de Los Hombres de Harrelson. A sus padres, aquella obsesión policíaca les resultó siempre rara, pero le dejaban hacer; total, era un niño estudioso y educado. Respetaba las normas al milímetro.

Por otra parte, la música no le interesaba nada. Pero nada. Ni la de los dibujos animados... como el que oía llover. Sólo una vez, de pequeño, su madre consiguió que Martínez cantara una canción que solía musitar su padre y que procedía de alguna propaganda turística ya olvidada: «Marbellaaa, Torremoliiiinos, Málagaaaa, Costa del Sooool». La estupefacta madre acertó a reaccionar lo suficiente como para activar la grabadora de bolsillo y captar aquél insólito momento, mienttras Martínez jugaba, distraído con su policía Geyperman. Y como bis, a saber por qué, Martínez cantó también "Málaga la bombonera..." , para escarnio de sucesivos amigos y novias, a los que su madre obligaba a escuchar el único bootleg existente de Martínez el crooner.

Martínez no llegó a aprobar las oposiciones a Policía Nacional. Sin embargo, llegó a conseguir plaza, sin enchufes ni nada, en la Policía Local de Fuengirola. Escrupuloso con las normas, nadie quería salir a patrullar con él. Resultó que alguien en la comisaría había leído algún libro de más y de la noche a la mañana Martínez pasó a cargar indefinidamente con el mote de Patrullero Mancuso. Aburrido, su superior le encargó la poco precisa tarea de «vigilar sospechosos» en la estación de cercanías, partidos de fútbol y demás eventos multitudinarios. Martínez era un as del disfraz. Era Santa Claus en navidad y Aquaman en verano. En el fútbol, el hooligan número uno y en los toros el más repeinado de los señoritos, caracolillos en la nuca incluídos. Pero atrapar, lo que se dice atrapar, pocos sospechosos conseguían activar su sentido arácnido.

Y entonces llegó la feria.

–Mancus... digo, er.. Martínez –le gritó su superior –Queda encargado de la supervisión del cumplimiento del bando de la alcaldesa para la feria de este año.

Martínez, que para la ocasión había confeccionado un traje de mozo de cuadrilla granate y oro, leyó el bando con perplejidad y sudores fríos.

–P-pero jefe... yo no sé nada de música ni...

Le despachó con aspavientos y el sempiterno: «No me llames jefe».

Suspiró. A la feria no podía ir de incógnito. Se puso el acartonado uniforme azul y se adentró en la ignota jungla sonora de la feria.

Al pasar junto a una caseta juvenil, llegó a sus oídos, de entre la cacofonía otoñal, una música incomprensible. Accedió al establecimiento y se dirigió al responsable.

–No puede poner esa música –gritó

–¿Qué? –respondió el encargado.

–Está en inglés.

El encargado se cruzó de brazos.

–No; está en wachi wochi.

Martínez se flipó vivo.

–Wachi wochi, ¿Entiende? Es lo que cantan los indies intentando hacerlo pasar por inglés.

–Pero sigue sin ser castellano.

–Español –aclaró, levantando el dedo índice –El bando dice que se permite música en español. Según la Constitución, todas las lenguas del territorio español lo son. El wachi wochi es una lengua oficial.

–Pero no está reconocida como tal.

–En Radio 3 sí.

Martínez deambulaba perplejo. Iba de caseta en caseta haciendo de crítico musical. Discutió con varios DJ las raíces de la música afrocubana, si aquello que salía de la boca de un cantante de death metal estaba en castellano, en inglés o en klingon. Un purista le vino a pedir que multara a la caseta de la tercera edad porque la orquesta llevaba un secuenciador: «¡Es música electrónica!». Otros, le preguntaban si la zarzuela se podía bailar.

Los días de feria fueron los más confusos de la vida de Martínez. La última noche, sacó a su Geyperman del baúl y lo vistió con una traje de gitana de una muñeca que compró a su hija en un puesto de souvenires. Y, para no despertar, cantó por lo bajini:

–Marbellaaa, Torremolinos...

Le amaneció preguntándose por qué no se mencionaba a Fuengirola en la canción. Con lo auténtica que era su feria...

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