Golpe de muñeca

Sin poeta en Nueva York

29.10.2013 | 05:00

Ya habrán brotado los funcionarios de la crítica quejándose de esta incontinencia de amplio rango que muchos tenemos ante la muerte de Lou Reed. Bienvenidos a la enésima. Ojalá en las páginas de todos los periódicos jamás se volviese a hablar de otra cosa que no fuese Lou Reed, y si a usted le molesta debería ser maltratado con una mantón de pana húmeda ahora mismo, o mandarle sin billete de vuelta a un sitio muy lejano con el fondo que tiene en su seguro de vida. Escribimos nuestras tonterías y bajezas sobre Reed porque nuestra vida no hubiera sido la misma sin él, aunque a veces él sea lo de menos, y necesitamos contar todo aunque a nadie le importe lo más mínimo si uno llegó aquí a través del Rock and Roll animal que tenía su hermano Manuel, o si sigue sin jubilar sus botas de cuero porque con ellas le ha visto tres veces, entre otras cosas. Porque todos esos directores, chantajistas, poetas, publicistas, camareros o cantantes de mayor o menor talento que lloran su muerte y la vomitan no podrían llorar –sí, vomitar– si Lou Reed no hubiese existido.

El ser humano desarrolla la capacidad de emocionarse a través de la música –muy lejos le siguen la literatura o el cine o el amor, por este orden– y Lou Reed es el atlas de todo esto; el master, como ha dicho Bowie desde su escondite. Estoy seguro que el cuerpo de Cristo está hecho a la semejanza de Lou Reed; Cristobal Colón descubrió América sólo para bailar un ratito con Lou Reed («dos monos diferentes de dos árboles distintos», Pow Wow), y que iba confundido lo mismo fue una invención de Bowie, muy celoso entonces; cuando Rimbaud dijo que había que ser absolutamente modernos estaba pensando ya en Lou Reed; la verdadera transición española fue Lou Reed y Coney Island baby su única constitución, esa a la que los casposos nunca se aferraron; cuando el 11 de septiembre aquellos aviones reventaron las Torres Gemelas los terroristas se aseguraron de que Lou Reed no estuviese dentro ni cerca. Nueva York. Hubo un tiempo que poetas y cantantes iban a Nueva York tras los pasos de Juan Ramón Jiménez o García Lorca, sin saber que éstos sólo estaban preparando el terreno, eran muy listos y se olían algo, algo iba a pasar en aquel sitio inabordable. Supongo que todo esto ya se ha dicho antes, es lo que tiene la monogamia, tendemos a repetirnos. Nueva York. Allí también se inventó, sólo por él, aquel guateque llamado Max Kansas, para que los buenos de Jagger o Mapplethorpe intentaran meterle mano, o robarle su khol, pero a este último Patti Smith no le dejaba, ay, Patti. Hoy Reed suena en la Cañada Real, en el Soho londinense y en los karaokes de Wiesbaden –versión de Nina Hagen– con la misma intensidad; cuando Sawa escribió que «jamás un hombre nacido para el placer, fue al dolor más derecho» estaba pensando en Reed; porque simboliza aún ahora la extraña exquisitez de un mundo verosímil sin caminos trazados, donde nada es como debe ser. Saber que él estaría por ahí ya nos mantenía vivos. Somos así de mediocres por su bendición y por su dictadura, muy lejos del sambenito de la oscuridad que los eruditos del mal le colocaron de por vida. Porque sin él hoy seríamos otra cosa, seguramente otra cosa mejor, qué pena que se echase a perder una cara tan bonita, decía el cabrón.

La última vez que le vi fue en el Teatro Español de Madrid el año pasado, exponiendo sus fotografías y sus textos desnudos, vestido como el predicador que era, nadie se acordó del cuero ni del lado salvaje, eso para los terrícolas. La poesía rara vez aparece pero cuando lo hace es incontestable. De nuevo todos queríamos ser Lou Reed –este Lou Reed–, sé que la persona con la que fui, por lo que logré colarme, está leyendo esto: nunca te perdonaré que nos fuésemos del teatro sin intentar saludarle, sin besarlo. Ella podía, maldita sea, y nos fuimos sin abrazar a Lou Reed, cómo pudimos marcharnos de allí así, Manolo, tú que naciste por su gracia. Ya no hubo tiempo para más, de nuevo vuelta a empezar, podíamos trabajar en una inmobiliaria siendo Lou Reed, podíamos tener un fondo de pensión o de vida o de como se diga y seguir siendo Lou Reed. Pero esto ya lo dijo él y lo habrán repetido otros: «Necesitas un autocar de fe para seguir adelante. Puedes contar con que siempre ocurrirá lo peor». Y, ocurrió. Se cumplió, por fin, su acto vanidoso. No vuelvas por aquí. No vuelvas nunca. Ya conseguiste tu anhelado vanishing act, ja. «Tienes que hacer las cosas grandes, a la gente le gusta así», decía tan pancho. No vuelvas.

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