De Henriette Théodora Markovich a Dora Maar

Con Picasso y sin Picasso, vida y muerte de Dora Maar

Una biografía muy documentada y bien narrada de la fotógrafa que fue amante del pintor malagueño es la que ofrece Alicia Dujovne Ortiz

11.01.2014 | 18:08
Dora Maar y Pablo Picasso: una relación tormentosa.
Dora Maar y Pablo Picasso: una relación tormentosa.

Las mujeres de Picasso constituyen casi un género literario entre el vodevil, el melodrama y la tragedia griega. «Picasso tenía energía de sobra y tiempo para todo», escribe Alicia Dujovne Ortiz en Prisionera de la mirada. «Para crear sobre pintura o sobre piedra, pero también sobre carne tibia. Sus mujeres eran obras. Se comportaba con ellas como un director de teatro. O como Dios, cuya adicción a los efectos teatrales es pública y notoria».

Menos de diez años de su larga vida (1907-1997) estuvo ligada Henriette Théodora Markovitch, que cambió su nombre por el de Dora Maar, a Pablo Ruiz Picasso, pero toda su vida anterior parece solo una preparación para ese encuentro, y las cuatro décadas posteriores, un dilatado epílogo que puede compendiarse en pocas líneas.

Dora Maar había nacido en Francia, hija de un arquitecto croata, pero pasó su infancia en la Argentina de las primeras décadas del siglo XX, cuando era «el país del futuro». En Buenos Aires dejó su padre algunos monumentales edificios, de fantasioso historicismo, que aún hoy contribuyen al peculiar perfil de la ciudad. Volvió a Francia en los años veinte. Antes de conocer a Picasso se relacionó con la inquieta vanguardia del momento, posó para los más destacados fotógrafos, como Man Ray, y ella misma se convirtió en una destacada fotógrafa. Tenía una belleza hierática y exótica, que fascinó a muchos, entre ellos a Georges Bataille, el autor de la Historia del ojo, que por entonces había formado una sociedad secreta de carácter erótico que planeaba incluso hacer sacrificios humanos. Un aura de escándalo rodeaba a la joven Dora Maar cuando en 1935 conoció a Picasso, ya entonces una especie dios que trocaba en oro todo lo que tocaba.

Alicia Dujovne Ortiz, argentina que ha residido largos años en Francia, compara el primer encuentro de Dora con Picasso con el de Eva y Perón. Ambos fueron previamente decididos y minuciosamente planificados por las dos mujeres. Para seducir a Picasso recurrió Dora a un ritual peligroso aprendido de los surrealistas: con un pequeño cuchillo fue silueteando su mano sobre una de las mesas del café de Flore. No pestañeó, aunque alguna vez se hizo sangre. Picasso le pidió como regalo uno de sus guantes manchado de sangre.

Si Dora anticipó el comportamiento de Evita, el depredador Picasso preludiaba a Perón y a tantos dictadores latinoamericanos. En 1945, liberado París, se había convertido en un héroe al que todo el mundo quería conocer (y eso a pesar de que su comportamiento durante la ocupación estuvo más cerca del colaboracionismo que de la resistencia). Se había afiliado al Partido Comunista y entre sus visitantes habituales había «jovencitas del partido o jovencitas burguesas» que iban a su casa en busca de un autógrafo «y salían con el regusto dulce o amargo de una iniciación sexual». Sus amigos no tenían inconveniente en hacer labores de celestinaje, como ocurrió con Geneviève Laporte: «Tenía diecisiete años y era la presidenta del Frente Nacional de Estudiantes del Lycée Fénelon. La trajo un Éluard siempre atento a los deseos del maestro». La única diferencia con Perón consistiría «en que las chicas de la Unión de Estudiantes Secundarios de la Argentina eran traídas a su presencia por un par de ministros rastreros y no por un poeta».

De la enigmática Dora Maar ya contamos con una biografía minuciosa, la de Victoria Combalía, publicada en 2002, pero Alicia Dujovne añade multitud de pequeños detalles y nos cuenta lo que ya sabíamos de otra manera en esta obra que apareció inicialmente en versión francesa (Grasset, 2003). De vez en cuando hace acto de presencia para referirnos las peripecias de su investigación, pero no se convierte, como ocurre a menudo, en una protagonista más. Es, sin embargo, consciente de que «no hay biógrafo que no se busque a sí mismo en su personaje».

No sale muy favorecido Picasso de esta biografía, en la que ocupa buena parte de sus páginas aunque tan poco tiempo ocupara en la vida de Dora. ¿Hablaríamos hoy de ella si no hubiera sido por esa relación? Probablemente no, aunque eso resultara injusto. Antes de conocer a Picasso, Dora Maar ya era alguien en el campo de la fotografía; después ya no fue nadie, solo una mujer despechada que había sido una de las musas del genio.

En los primeros años cuarenta, el carácter de Dora Maar se fue haciendo más complicado. Picasso se había cansado de su juguete y ella lo sabía. Comenzó a delirar, a perder el sentido de la realidad. Recibió tratamientos de electroshock en la clínica que tenía como médico residente a Jacques Lacan, amigo suyo y de Picasso. No sale muy bien parado el famoso psicoanalista de las páginas de esta biografía. El más famoso enfermo tratado con esa técnica por aquellas fechas fue Antonin Artaud. Alicia Dujovne no duda en comparar esas brutales prácticas, que anulaban al enfermo, con los procedimientos de los regímenes totalitarios: «El horror del nazismo acaso haya consistido también en sembrar su semilla allí donde menos podría imaginarse, entre artistas liberados «de toda ley moral», como decía Souvarine, y entre científicos fascinados por sus experimentos. Sin duda, añade, Lacan no era Mengele (aunque solo fuera capaz de ver en los enfermos «lo que confirmaba sus hipótesis»), pero las cartas de Artaud «podrían llevar la firma de una víctima de Auschwitz».

Dora Maar, sin Picasso, trató un tiempo de subsistir como artista; se dedicó a la pintura, a la escultura, pero era solo un pálido reflejo del maestro. No tardó en declararse vencida. Se retiró a su apartamento, se negó a ver a nadie, se fue haciendo cada vez más conservadora, religiosa, antisemita, huraña y tacaña. Vivió miserablemente los últimos años de su vida, recurriendo a los servicios sociales, aunque era dueña de una gran fortuna. La subasta de sus bienes, en 1999, adquirió notoriedad mundial. Y no está muy claro que quienes subastaron los picassos y los recuerdos de Picasso que Dora Maar guardaba tuvieran el derecho de hacerlo (se habla de un testamento desaparecido). Pero esa es otra novela, que merecería otro libro tan bien documentado y tan bien narrado como este.

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