El corazón de un escritor

Antonio Machado y el amor: poemas a Leonor

La amada vive en unos poemas, ronda de sueños, que son rememoración desde la melancolía y la desesperanza

08.02.2014 | 18:52
Dibujo de Antonio Machado realizado por Leando Oroz.
Dibujo de Antonio Machado realizado por Leando Oroz.

Este mes de febrero se cumplen setenta y cinco años del trágico fallecimiento del escritor sevillano, una de las grandes figuras del siglo XX literario de nuestro país. Recordamos aquí algunos de sus mejores versos dedicados, tras su muerte, a la frágil compañera de su existencia

Como sentido homenaje al poeta sevillano, uno de mis ídolos literarios, quisiera recordar algunos de los poemas dedicados a Leonor, la frágil compañera con quien se casara un día en Soria. Una poesía hecha toda de ausencias y dolorosas evocaciones, de sueños de amor, como entrañada vivencia de su hondo sentir. «Se canta lo que se pierde...», dijo un día el poeta. Y es que, Machado, que no le llegó a escribir a su mujer un solo poema en vida, desde el momento mismo en que Leonor muere, o sea cuando la presencia se convierte en ausencia, nos da como frutos líricos de su melancólica evocación, una serie de bellísimas composiciones que más tarde habrían de integrar la teoría amorosa del poeta.

Del «principio de su ausencia», nos queda un poema –muy breve– en el que sentimos eso que el poeta llamó «el desgarrón en las entrañas», por la separación definitiva: «Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. /Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. /Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. /Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar».

Hay también un romance donde el poeta narra la muerte de la esposa a todas luces conmovedor. Libre de toda gesticulación plañidera, la contenida voz de Machado, reduce ese momento trascendental a la categoría de cotidiano y pequeño suceso, a la ruptura de «algo muy tenue» que se quiebra «con unos dedos muy finos». Las palabras parecen moverse silenciosamente por los versos, al igual que la muerte por la casa, casi de puntillas: «Una noche de verano-/estaba abierto el balcón/y la puerta de mi casa-/la muerte en mi casa entró./ Se fue acercando a su lecho/-ni siquiera me miró-,/con unos dedos muy finos/algo muy tenue rompió. /Silenciosa y sin mirarme, /la muerte otra vez pasó/delante de mí. ¿Qué has hecho?/La muerte no respondió. /Mi niña quedó tranquila, /dolido mi corazón. /¡Ay, lo que la muerte ha roto/era un hilo entre los dos!».

El resto de los poemas dedicados a Leonor son, ronda de sueños, pura rememoración desde la desesperanza y la melancolía. Después de la muerte de su esposa, Machado se traslada de Soria a Baeza para ejercer como profesor de su instituto. Es de una gran belleza el poema en que se despide de la tierra castellana: «En la desesperanza y en la melancolía/de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva. /Tierra del alma, toda, hacia la tierra mía, /por los floridos valles, mi corazón te lleva». Su corazón vive ya solamente de la melancolía de sus recuerdos sorianos y desde la Baeza de su viudez, evoca los montes de Soria: «Allá, en tierras altas, /por donde traza el Duero/su curva de ballesta/en torno a Soria, entre plomizos cerros/y manchas de raídos encinares, /mi corazón está vagando en sueños...».

El viaje a Baeza y la muerte de su esposa –distancia y ausencia– junto a la labor depuradora del olvido, han hecho posible el sueño de la amada y su monumento al amor. Espiritualizadas las presencias del ayer, la voz, las manos, la mujer que tanto quiso y que en vida no se cantaron, irrumpen ahora, soñadas, en un cántico de amor, con tanta fuerza de realidad vivida que al sentirlas tan verdaderas en el sueño el poeta duda si todo se lo habrá tragado la tierra: «Soñé que tú me llevabas/por una blanca vereda, /en medio del campo verde, /hacia el azul de las sierras, /hacia los montes azules, /una mañana serena. //Sentí tu mano en la mía, /tu mano de compañera, /tu voz de niña en mi oído/como una campana nueva, /como una campana virgen/de un alba de primavera. //¡Eran tu voz y tu mano, /en sueños tan verdaderas! .../Vive, esperanza, ¡quién sabe/lo que se traga la tierra!».

Es tan viva, tan real, la aparición de la amada, que se convierte en una presencia verdadera, con la que el poeta puede pasear y dialogar, como ayer, por los campos de Soria: «¿No ves, Leonor, los álamos del río/ con sus ramajes yertos?/Mira el Moncayo azul y blanco; dame/tu mano y paseemos».

La sombra de Leonor sitia por todas partes. Las cosas más insignificantes se convierten en recordatorios de su ausencia como en aquel sueño dialogado: «...Y aquella estrella en el azul, esposa. /Tras el Duero, la loma de Santana/se amorata en la tarde silenciosa». Todos son recuerdos intensamente vividos, caros al corazón del poeta, así, «un viejo saco roto» que llevaba como equipaje en un viaje por tierras jienenses, es motivo para la evocación de «otro viaje/hacia las tierras del Duero», cuando todavía era posible la «alegría/de un viajar en compañía», la compañía de la esposa que le arrancó la muerte.

*María Jesús Pérez Ortiz es filóloga, catedrática y escritora

Cultura


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