Personaje mítico

Charlot ya es centenario

El pasado domingo se cumplió un siglo de la aparición del mítico personaje de Charles Chaplin en las pantallas

08.02.2014 | 18:52
Chaplin, el hombre orquesta, en plena acción.
Chaplin, el hombre orquesta, en plena acción.

El estreno fue el 2 de febrero de 1914. Quien, muchos años después, llegaría a ser Sir Charles Spencer Chaplin (Londres, 1889-Vevey, Suiza, 1977) –de cuyo nacimiento se cumplirán, por cierto, 125 años el próximo 16 de abril–, debutaba ante una cámara encarnando, curiosamente, a un falso aristócrata inglés. El corto era Making a living (Ganarse la vida), traducida al castellano como Charlot, periodista, conforme a la peripecia del personaje, que, para poder comer, le roba una exclusiva a un reportero arrogándose la autoría. Charlot aparecía ahí con sombrero de copa y un monóculo, como dispuso el rudo empresario que le contrató, Mack Sennett, a quien hubo de convencer con artimañas para estrenarse con su atuendo de vagabundo definitivo en el siguiente corto, Kid autos races at Venice (Carreras de autos para niños), estrenada el 7 de febrero, apenas cinco días más tarde.

Hasta un total de 35 cortos, la mayoría de ellos de un rollo de metraje, y con el rodaje en una única sesión, protagonizó Charlot ese año, mientras duró su abusivo contrato con la Keystone (la compañía especializada en cine cómico que acababa de fundar el avezado y artero Mack Sennet en aquel Hollywood todavía incipiente y precario), con un éxito sorprendente, que crecía en progresión geométrica, hasta su consa-

Lo relevante y asombroso es que, por primera vez en la historia –no sólo del cine–, un hombrecillo de carne y hueso copaba el imaginario social. Y era también una de las últimas en que el rigor artístico y la máxima popularidad hayan formado un tándem incontestable, tan plenamente conjugados

¿Quién diablos era ese Charlot, con su rimmel corrido a través de las clases sociales y las culturas más dispares, de fascinación inmarchitable? Un humor elocuentemente sordomudo, de rabiosa impronta individual, acababa de surgir en una sociedad serializada. Lo hacía en medio de la irrupción de las masas en la escena pública y de la científica explotación de taylorismo en las fábricas, en un ambiente prebélico. Y cuando, en paralelo, el incipiente y poderoso invento del cinematógrafo apuntaba hacia las grandes gestas histórica y literarias y los arquetipos inalcanzables. Del mismo modo que Henry Ford comenzaba a producir automóviles chepudos y grandilocuentes, émulos todavía de los coches de caballo, la incipiente industria cinematográfica emulaba al folletín melodramático del XIX.

Y, ante semejante cadena de montaje, el mundo entero habría de flipar con la aparición de aquel personajillo enjuto y solitario, que medía lo mismo de perfil que de frente, y pobremente aviado, de un negro roído idéntico al de la polvorienta oscuridad de la sala. Desconcertantemente humano, demasiado humano. Pero más desconcertante aún: que, al tiempo, en que convertía a su creador en un prototipo del sueño americano, con un éxito fulminante, el personaje era, agazapado en su pellejo, una bomba-lapa de criticismo social, en un alud sostenido hasta rayar lo antisistema (ya en el cine sonoro) en Tiempos modernos (1936) y El gran dictador (1940).

De pura chiripa, Mack Sennett había visto interpretar a aquel desgarbado y anónimo actor británico en sus mejores pantomimas, en un pequeño cabaret, durante su reciente y larga gira por Estados Unidos con la compañía de cómicos inglesa de Fred Karno. Se había olvidado de él, pero cuando su actor estrella en la Keystone, Ford Sterling, se puso exigente, pidiéndole los aumentos de sueldo que correspondían a sus éxitos, Sennett, puro en ristre y chequera blindada, lo recordó y lo mandó a buscar. Es un viejo cuento: el empresario ahorraba y Chaplin triplicaba su salario de modesto actor teatral –de 50 dólares a la semana–, pero, sobre todo, consumaba su sueño largamente acariciado, por las calles londinenses y en la cubierta del barco, de franquear la puerta de Hollywood...

Así nació Charlot, cuya fama crecería de modo fulminante. Un aldabonazo, sin cambiarse de ropa... Como su creador, el inaudito personaje se conocerá primero como Charlie en el mundo anglosajón y Carlitos en Latinoamérica. Pero, con suma fortuna, el distribuidor francés Jacques Haik lo rebautizó por su cuenta, para Europa, como Charlot (con un exitoso viaje de vuelta, luego, a Hollywood y al mundo), y los distribuidores en España optaron, muchas veces, por incluirlo en el título, junto al mensaje más explícito o la actividad a que aludiese la película. Así, por ejemplo, Charlot, camarero, como versa Caught in a Cabaret, estrenada el 27 de abril, la cinta en la que, luego de una saga de cortos de factura irregular, Chaplin puede, al fin, mostrar los primeros atisbos de su inconfundible impronta genial; pues, hasta entonces, Sennett y su obediente lacayo Henry Lehrman le han tenido –nunca mejor dicho– atado en corto, dirigiéndole los filmes, y ahora, por primera vez, el severo contratista de la Keystone le ha concedido debutar como director. O, mejor dicho, como codirector, junto a la coprotagonista, Mabel Normand, entonces y por muchos años, amante de Sennett...

Del mismo modo, la primera película se llamó Charlot, periodista. El personaje se adueña de la autoría de una noticia, para acabar disputándosela con el verdadero pero no menos abyecto periodista, en una pueril comicidad caótica, junto al quitapiedras de un tranvía.

Como en una alegoría en vivo de esa denuncia inicial sobre la usurpación y la falta de escrúpulos mediáticas (con la critica añadida, tal vez, de que, en estos oficios, unos carden la lana y otros se lleven la fama), el joven Chaplin habrá de padecer, en un principio, la tiranía de sus jefes. En su primera docena de películas, estará, al principio, a las órdenes del chusco Henry Lehrman (al parecer, un impostor, que se había inventado un inexiste pasado como cineasta en Europa), quien, más papista que el Papa Sannett, basaba su dirección en cortar por donde le venía en gana los más creativos momentos del actor; y luego, bajo las riendas del propio empresario tras la cámara, furioso por que aquel díscolo y desgarbado jovenzuelo inglés se negase a entrar por el aro de sus gags más convencionales, y, al mismo tiempo, perplejo por el éxito ascendente de su Charlot...

Chaplin tiene apenas 24 años de edad y, en aquel ambiente de artistas de Hollywood, no pasaba de ser entonces un limey, como se les llamaba despectivamente, en el argot yanqui, a los inmigrantes ingleses de baja ralea. Para colmo, algo peor que un limey, va a convertirse para siempre en un homeless de la pantalla, con ese típico atuendo inconfundible, que fue una síntesis, al parecer, entre lo que traía en la cabeza y lo primero que encontró en un desván del vestuario de la Keystone. Tan difundida e imitada llegaría a ser esa elemental imagen (como si fuese la osamenta, zarrapastrosa y tierna a la vez, de cualquiera que, desde entonces, se haya mirado en un espejo, dibujada y poetizada hasta la saciedad) que, según la leyenda, el propio Chaplin participó de incógnito, muchos años después, en un monográfico concurso de disfraces de Charlot, y quedó en tercera posición...

Como ha recordado, en emotivas páginas, el escritor Blaise Cendrars, en los ratos libres de las barricadas de los frentes de la Primera Guerra Mundial, a partir del verano de 1914, nunca faltaba algún soldado que emulara los ademanes de aquel excéntrico y terapéutico personaje, tan absurdo y pringadillo como se sentían ellos mismos junto a sus fusiles. El éxito estelar le llegó a Chaplin con la media hora de la película El vagabundo, cuando el actor pudo volver a saborear del todo –y, esta vez, para siempre– la efímera y honda felicidad de sus primero años infantiles.

¿Quién no tiene la imagen grabada en su retina? Con su peculiar andar oscilatorio, pero con paso firme, se le ve marchar hacia el horizonte; su agridulce sonrisa de conejo será, en adelante, de conejo de la suerte, y bajo el hongo y bigotillo ridículo, el compás de su bastón de lino entre las piernas arqueadas, semeja la fiel que acierta el pleno en una ruleta de fortuna.

En enero, rompe, al fin, con Mack Sennett –que si, a lo largo del año, intentó varias veces rescindirle el contrato, ahora lo perseguía billetera en ristre–, y firma con la compañía Essanay, por 5.000 dólares (de la época) al mes; al tiempo que rescata a su hermanastro, Sidney, compinche de los años de miseria conjunta, para que le lleve, en adelante, las finanzas.

Sí; ahora conseguirá estar más cerca de su primerísima felicidad infantil, cuando sus padres –también Charles Spencer Chaplin, de ascendencia franco-judía, y su madre, Lily Harley, de procedencia medio gitana (hay que tenerlo en cuenta para cuando, en el aún lejano El gran dictador, Chaplin denuncie que Hitler es un mal cómico que le ha plagiado el bigotito a su Charlot)–, componían una divertida pareja de actores musicales que se ganaba la vida con cierta holgura en los cabarets londinenses. Duró muy poco. Tras la pronta separación, el padre cayó en un alcoholismo que le condujo a una muerte joven, a los 37 años, mientras le musitaba al oído, al niño Charles, inconexas declamaciones histriónicas. Y, tras un peregrinar por la máxima indigencia, la madre cayó en la locura. Chaplin se convirtió entonces, en cierto modo, en un niño de la calle, cayendo a lo más abajo en la periferia de los barrios pobres de su East End natal.

A duras penas, lograba sobrevivir subiéndose a las mesas de las tabernas a hacer imitaciones, bailar o cantar, a cambio de algún penique; haciéndose cada vez más diestro en el hurto de comida en los mercadillos o, sobre todo, practicando el oficio de su invención que más le excitaba: acercarse con cautela a alguno de los músicos callejeros que tocaban el organillo y, tras unos rápidos pasos de baile, adelantarse en pasar la gorra, como si fuese un número a dúo, y salir huyendo. Es el gag de la orquesta en Charlot, músico ambulante, entre muchos otros reflejos en sus películas de aquella época aciaga, que duró hasta pasada su pubertad, cuando se enrola en algunas compañías siniestras de cómicos itinerantes, y consigue, al fin, una cierta consagración en Inglaterra, con la Karno Pantomime Company, que le llevará, por puro azar, hasta las barbas de un típico empresario de Hollywood... El resto es silencio y cine mudo, por el que se escapa ese Charlot insólito. Como ha escrito Manuel Villegas López en su Charles Chaplin, el genio del cine, «Charlot aparece en el cine de 1914, como don Quijote en la literatura caballeresca del XVI. Del mismo modo que éste hace desparecer los libros de caballería, a partir de 1914 aquella figura estrafalaria, en unas insignificantes películas bufas, realizadas en un rincón que apenas se llamaba Hollywood, va a acabar con el folletín cinematográfico. Allí terminan los héroes y los mártires, y los bandidos y los buenos y los malos... y se asiste a la creación del hombre».

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