Crítica

La flauta mágica de El Ejido

"Olivero supo equilibrar el conjunto instrumental, donde cuerdas y maderas ejecutaron un trabajo correctísimo"

27.04.2015 | 05:00

Orquesta y Coro del Conservatorio Superior de Música de Málaga

Directora musical: Silvia Olivero.
Director de coro: Juan Jesús López Sandoval. Solistas: Irene Garrido, Francisco Arbós, Fernando Luigi Márquez, Genoveva García Cotta, Luis López Navarro, Laura Rojo, entre otros.

Mozart deambuló durante buena parte de su vida profesional con cierta estrechez económica, especialmente agravada en sus últimos años de vida. Este obstáculo económico, lejos de trivializar su talento compositivo, movió, en parte, páginas incontestables, entre las que se encuentra su enigmática La flauta mágica, estrenada en Viena a finales de septiembre de 1791, meses antes del fallecimiento del músico, lo que no le impidió legarnos además, el Concierto para clarinete, La Clemenza di Tito o los primeros bocetos de su Misa de Difuntos.

Al margen de la cuestionada Temporada Lírica que se desarrolla en el Cervantes, la agenda clásica convocaba a los aficionados a la Sala Falla del Conservatorio Superior de Música para una sorprendente Die Zauberflöte, en versión concierto preparada y protagonizada por alumnos y profesores del centro. No todo lo profesional y vinculado a los circuitos escénicos garantiza talento y técnica, como ha quedado de manifiesto y calificado por sí mismo en el Coliseo malagueño, ni los resultados del esfuerzo académico quedan circunscritos a un mero ejercicio pedagógico dada su escasa repercusión. Obviedades a arte, ocupar una butaca en El Ejido no sólo toma el pulso de la actividad de los futuros intérpretes, sino que también se convierte en toda una terapia para el espectador. La sencillez y la naturalidad se mezclan con el nivel artístico al que se suma un nada despreciable talento que aleccionaría a algún que otro profesional.

Estructurada en dos actos, La flauta se inicia con la monumental obertura, que anuncia la dualidad de planos presentes en la ópera: inocente fábula y simbolismo masón. En la batuta de Silvia Olivero, la orquesta del Conservatorio manifestó, por un lado, el continuo interés por el empaste traducido en una articulación irreprochable, y, por otro, la solvencia dinámica capaz de contextualizar los numerosos cambios anímicos que exige la trama narrada por Schikaneder. Olivero supo equilibrar el conjunto instrumental, donde cuerdas y maderas ejecutaron un trabajo correctísimo.

Hasta catorce personajes contó Mozart para el desarrollo argumental de su Die Zauberflöte. En la versión leída este fin de semana, tan sólo extrañamos un carácter semirrepresentado que hubiera destacado, más aún si cabe, el trabajo presentado por profesores y alumnos. Tan sólo las figuras Papageno, en la voz del profesor Fernando Luigi y Javier Jiménez, en el rol de Monóstratos, dieron mayor credibilidad a sus personajes extrayendo para la ocasión el componente cómico que los caracterizan. Ejemplo de empaste y colocación vocal fueron los dos tríos de damas y muchachos, en los que Laura Rojo hizo doblete con el papel de Papagena. Francisco Arbós resultó un Tamino que basculaba entre la dificultad que encierra el personaje, falto de lustre, con la intención de resolverlo; ciertas apreciaciones de colocación vocal no ensombrecerían el resultado final. Por su parte, Genoveva García Cotta, nos hizo sencillamente soñar con el aria Der Hölle Rache del segundo acto. Delicada, resuelta, en momentos cristalina y, sobre todo, creíble fue la Pamina defendida por Irene Garrido. En el mismo plano, y con un instrumento vocal sobradamente solvente, Luis López Navarro fue, sin duda alguna, el gran descubrimiento de esta ópera en concierto. El bajo-barítono malagueño está llamado a colocarse en un punto destacado del canto habida cuenta del altísimo nivel que muestra en las tablas. Una revelación que bien merecería una apuesta por su estilo vocal que compensa sobradamente ciertos matices en el plano puramente escénico.

En definitiva, un proyecto que trascendió lo puramente académico cuestionando incluso buena parte de lo escuchado en el Cervantes, sin subvención del INAEM, ni entradas a cincuenta euritos, lo que demuestra que la genialidad no siempre está entre las butacas azul mar.

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