De qué trata la creación

Cuestión de miradas entre tiburones y artistas

De Velázquez a Koons, pasando por Hirst y Warhol: un repaso a la transgresión y la visión personal en el arte

13.07.2015 | 11:13
Un joven contempla el vaso de Wilfredo Prieto.

Apenas acabada la cita del arte que congregó en Madrid a cinco certámenes (ARCO, Art Madrid, MadridDeArte, Flecha y JustMad) la editorial Setella Maris lanzó el libro de Luis Racionero «Los Tiburones del Arte» que pone en entredicho la producción plástica actual

Cuestión de oportunidades, golpe de efecto o ubicuidad de agendas, la ocasión era propicia: en el más importante de estos eventos –ARCO– el artista cubano Wilfredo Prieto propició todo tipo de suspicacias con su «vaso medio lleno» (literalmente un vaso a medio llenar de agua instalado en una breve repisa por la galería nogueras Blanchard y vendido rápidamente por 20 mil euros). Las reacciones suscitadas por este caso que afectó al propio gremio de artistas, al público interesado y al casual, a coleccionistas y expertos y a inversionistas siempre olfativamente interesados en los vaivenes del arte, no obstante nada tienen de nuevo. toda revolución tiene sus detractores y, por ende, su potencial mercado. Lo nuevo quizás es la irrupción de la espectacularidad tecnomediática que confiere valor intrínseco a lo inusitado.
A los pintores de alquimias cromáticas y repertorio instrumental, a los escultores cuyos duermevelas están poblados de materiales que se unen y desunen, este asunto les chirría a más no poder. Pero la importancia del concepto en el arte está en el seno de lo que les motivó al oficio: estaba en la idealización de los clásicos, en la subjetivación de Bosch, Goya, Vermeer y Velázquez y, por supuesto, en las vanguardias históricas; pero como narra la historia, en el frente ruso Napoleón mandaba a sus vanguardias tan adelante que acababan pasándose al enemigo. cuando el arte conceptual se autodefine como «la idea de la idea» ya todo es posible. Y no hay vuelta atrás.

Wilfredo Prieto afirma que su «vaso medio lleno» proviene de su cocina, que «es una posición crítica sobre la nueva significación de los objetos cotidianos», añade que su intención no es provocadora, que se define «del modelo antiguo y académico» y que su controvertida pieza es una invitación a la reflexión del espectador. Racionero es un intelectual a toda prueba: cumple su tarea de pensador crítico, más, lo hace posicionándose con un público que él imagina como la sociedad real, un público que nunca concebirá la práctica artística como una excepción más allá de su funcionalidad práctica, que jamás pensará en ello como una herramienta de educación y progreso. más interesado en la pedagogía del supuesto engaño del arte actual, el filósofo José Antonio Marina ya lo intento en su libro Historia de la Pintura asignándole a lo plástico contemporáneo la condición de «divertido como una gran broma» para acabar de encontrar su sentido.

Racionero, incisivo, tilda a Duchamp de «listillo intelectualoide» en lugar de definirlo como transgresor oportunista y contemporizador, obviando la personalidad y el tiempo del personaje, lo cual es una omisión diacrónica y sincrónica a la vez. ello sin resaltar su estratégico rol en la revolución creativa que se advendría, inherente a alguien que luego se satisfaría personalmente en el damero ajedrecístico. asocia a Picasso y su marchante Kahnweiler el inicio de la operación que llevaría al arte a asociarse con el mundo de la especulación financiera, carga contra las vanguardias, contra Bacon y Pollock y se pregunta hasta qué punto el resultado de la evolución el arte es un «refugio para la incompetencia» avalado por la estrategia publicitaria y las técnicas de relaciones públicas. Última cuestión en la que el intelectual pone el dedo en la llaga tras desmenuzar sus apetencias y filias artísticas, con el antecedente sintomático de que su divorcio con el arte contemporáneo se inició tras ver 6 de la 8 horas del gran plano fijo que constituía la película Empire State, de Andy Warhol.

El autor ve en la historia del inglés Damien Hirst el más contundente ejemplo de la mutua seducción entre el mercado y el arte: tras una extravagante operación de mercado que le incluyó a él, un famoso publicita y un extravagante magnate de usa, Hirst, miembro de los jóvenes artistas de los 90, vendió su obra La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo por 12 millones de dólares en 2005, la obra, un tiburón disecado contenido en una urna de formol llegó en estado de descomposición inicial a manos de su dueño. ¿Quién mejor encarna la banalización en el arte gracias al capital? se pregunta Luis Racionero sobre Hirst a quien apoda Damien 666. Repitiéndose una y otra vez ¿qué es arte y qué no lo es? igual que antes lo hiciera Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo y Yazmina Reza en su pieza teatral Arte –una disquisición colectiva sobre un cuadro en blanco–.

Es evidente que bajo el paraguas del conceptualismo toda barbaridad cabe, especialmente amparada por los efluvios de la fama y del dinero de la cultura del espectáculo y la codicia material; Robert Morris –el inventor de las antiformas– llegó a afirmar que «hoy cualquier cosa es arte» y razón le cabe si pensamos en el poder de la publicidad y los media; Pollock pensaba que Picasso los había jodido a todos con su ávida heterogeneidad y Braque refunfuñaba estoico porque éste le había sustraído sus fórmulas estéticas, mientras, ciertos artesanos rituales africanos lo ignoraban todo en su feliz ignorancia del mercado europeo. Cierto reputado crítico de arte inglés –de cuyo nombre no quiero acordarme– aseveró, hace pocos años que «la crítica de arte llenaba los espacios que había entre las imágenes de las obras de arte, y que éstas llenaban el espacio que había entre la publicidad». Pese a quien le pese, esto es así. En parte.

En parte, puesto que todo acto creativo individual se origina como herencia universal y a su continuidad va destinada. la diferencia entre lo que denominamos inanimado y animado es nuclearmente ninguna, entre lo que distinguimos como reinos –mineral, vegetal, animal, humano– es pequeña, entre lo que discriminamos entre conocimiento e ignorancia existe –puede– correspondencia, entre la pobreza y la miseria surge la solidaridad, entre lo que es de unos y lo que es de otros existe la frontera que puede ser argumento de reunión, entre las razas, las costumbres y las religiones la necesidad del conocimiento común. Pero lo que hace distinto al individuo en sus querencias a la vez personales y comunes es la creatividad. una y personal. existen dos pensamientos y posiciones neurálgicos: la ciencia y el arte; si el quehacer científico depende de la instrumentalización industrial y empresarial, la voluntad creativa –aún– depende de la decisión del artista. Pero ambos mundos están destinados a entenderse y a mezclarse. Así lo entiende el mordaz racionero y el autor del «vaso medio lleno», el primero augurando un futuro del arte en la robótica y la genética, en el híper espacio, la cuántica y la sub atómica: el segundo adjudicándole al espectador el rol primario de depositador conceptual del arte. un mundo extraño se nos avecina, un entorno sin calendarios, agendas, relojes, sin compromisos pactados de antemano, sin amistades ni amores, carentes de ética ni ideología alguna; lo sabrán los que sobrevivan de nuestros descendientes. mientras, que los artistas produzcan arte y que los pensadores piensen sobre el posible que vendrá. de todo lo que la historia nos cuenta sobre los hipotéticos naufragios que nuestra civilización ha sufrido, sólo han quedado vestigios del hacer del arte.

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