Woody Allen: cielo sobre Manhattan

11.07.2015 | 12:53

­Adosado a su celebérrimo clarinete y cuidadoso siempre de la sinergia entre los acordes que escoge para sus fotogramas en sepia, de pronto lanza un desentonante do de pecho como este abarrunto incontestable: «Cada vez que escucho a Wagner, me entran unas ganas irresistibles de invadir Polonia». Poco siglo XX va quedando ya, de no ser Fidel (y, en menor medida, Raúl) Castro, la cirrosis hepática por coñac Soberano, el salto del tigre, la carcasa de un Simca-1000 con condones petrificados de un coleccionista y, sobre todo –porque se renueva cada temporada– la filmografía en peso de este genio enclenque de inconfundible nariz judaica. Su viraje hacia Europa en su última saga de películas intensifica aún más su peculiar universo de obsesiones urbanas como patrimonio de nuestra medida de supervivientes de la cultura del milenio anterior.

Rostro de perro bruno –doblemente apesadumbrado por la perplejidad de no poder emplear la convincente dialéctica con que cuenta– y con dioptrías que parecen lágrimas en su rostro de hombre enjuto y deprimido, el neoyorquino Woody Allen –que el próximo 1 de diciembre cumplirá 80 años– resulta mucho más lacerante y de cualquier tiempo en este otro aldabonazo: «La realidad es una mierda, pero es el único lugar donde se puede encontrar un buen filete».

Los únicos filetes que parecen interesarle, para no morir, por si acaso, de inanición creativa, son los cinematográficos de su propia cosecha, regados con la botella medio vacía de su clarinete. De ahí su prolífica producción, a más de una película por año desde sus inicios, a comienzos de los años 70. Y si se le pregunta qué necesidad tiene, cuando ya ha tocado con genialidad todos los palos posibles de la neurosis colectiva pequeño-burguesa (¡vaya concepto en extinción!), responde con franqueza: «Hago muchas películas, y en los ratos libres toco música, porque la inactividad me deprime, me hace pensar en la muerte». EÉsta es, en efecto, una de las dos patas obsesivas de su caballo de batalla cojitranco: el acabóse, el cartel del the end de la existencia, que, a su manera, para que el evento le coja confesado, trata de combatir rodando y rodando. Por ahí tiene un arsenal de piedras cultivadas, en clave de neurosis urbana: «No hay ninguna duda de que existe el más allá; sin embargo hay que preguntarse a qué distancia se encuentra del centro de la ciudad y hasta qué hora está abierto»; y que extiende a su filosofía, que es como un cruce de Kierkegaard con ta cho), pasado por un misticismo pragmático: «Me suspendieron en el examen de metafísica por copiarme del alma de mi compañero de pupitre»...

Es casi un ritual que, en sus comparecencias por cada nuevo estreno, se le exija algún chascarrillo en ese sentido, y lo ha cumplimentado, en una de sus ya recurrentes comparecencias junto la alfombra roja de Cannes, «Si Dios existe y puede hacer una señal, me sería de gran ayuda». En realidad, Dios es él mismo («¡Claro, en algún modelo anterior tengo que basarme para existir!», comenta cáustico uno de sus personajes cuando otro le reprocha si acaso se cree Dios...). Se trata del Dios de la religión woodysta, cuyos altares paganos –bancos recoletos en parques urbanos, camas, sobremesas de cenas íntimas o exíntimas...– están consagrados al otro gran flanco de sus obsesiones: las fisuras entre el amor y el sexo.

«Algunos matrimonios acaban bien; otros duran toda la vida», ha dicho como escéptico broche de su visión de la vida conyugal, que, en ocasiones, asocia al flanco anterior: «Prefiero que me incineren a que me sepulten, y ambas cosas a tener que pasar un fin de semana con mi mujer...».

En el entreacto, para este eterno inquilino del diván, priman los frustrados sueños de seducción, el sentimiento de culpa de la infidelidad, la imposibilidad de simultanear amores diversos, la fragilidad del amor interclasista o intergeneracional, la guerra entre los sexos... todo ese mundo, en fin, vudialenesc, en cuyo fondo late una misoginia que es, cada vez más, una ginofilia encubierta, de idolatría al aplomo de la mujer frente a la torpe levitación masculina.

Sin embargo, en su vida real, ha sido, está siendo, mucho más monógamo de lo que pudiera parecer, sin otras fijaciones al margen que su amor por la cámara y el onanismo de su clarinete. Tras una mítica relación con Diane Keaton, que daba a la potente saga de películas protagonizada por ambos un clima de elocuente veracidad, como si rodaran sus propias cenas y en su propia alcoba, vendría, a principios de los años 80, su relación con Mía Farrow, que acabó, como es sabido, como el rosario de la aurora, una década más tarde.

Cuando, en 1997, tras años de secretas relaciones (descubiertas, por cierto, de un modo in fraganti, por la propia Farrow), aquel sexagenario con fama de calenturiento contrajo matrimonio con la veinteañera Soon-Yi, la hija adoptiva de su ex mujer, nadie hubiese apostado por la prosperidad de la relación. Farrow lo acusó de pederasta con otra de sus hijas y se paseó por medio mundo de la mano de Seamus, el único hijo biológico de ambos, despotricando del cineasta depravado. Con aquella continúa casi dos decenios después, y le sirvió de musa para la inspiración y el rodaje de Medianoche en París (2011), la ciudad donde, a finales del milenio anterior, habían pasado su luna de miel. Aviador incansable del cielo sobre Manhattan –a donde ha retornado con su último filme, Irrational man, al epicentro, inclusive, de su Brooklyn natal–, Allen traspasó esas nubes para aterrizar en el corazón de Europa, donde cuenta con una nutrida feligresía que, seguramente, disfrute más y mejor del doble sentido de sus gags. Londres, Barcelona, Roma, París€ le han servido de escenario y fuente de inspiración; e incluso, indirectamente, Oviedo, la ciudad en la que cuenta con un monumento de tamaño natural, y que le hizo decir, en la ceremonia de recepción del premio Príncipe de Asturias, en 2002, «es tan bella que parece de ficción; el escenario de un cuento de hadas tan perfecto que hasta tiene Príncipes€».

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