Autor de cómics

"No hay que ponerle ningún límite al humor: si la gente se ofende, que se aguante"

En 2007, Max se alzó con el primer Premio Nacional de Cómic que se concedía en el país

01.08.2015 | 19:11
Una imagen de archivo de Francesc Capdevila, más conocido como Max.

De pequeño, Francesc Capdevila soñaba con hacer dibujos animados Una compleja y encorsetada industria –la de la animación– y los estudios de Bellas Artes le guiaron hasta el libérrimo universo tebeístico, en el que destacó hasta convertirse en una de las figuras más importantes de la historieta española - Es, sin duda, uno de los grandes del arte secuencial en nuestro país

¿Qué sentimiento le movió a dibujar?
Empecé a dibujar para sentirme aceptado.

¡Max tiene ego!
¿Ego? Como todo el mundo. Digo sentirme aceptado, que es una cosa muy modesta, y no sentirme admirado. Es la típica cosa de la infancia: tú estás en clase, eres un canijo y los matones de clase se meten contigo. Entonces descubrí que dibujando me respetaban.

Y de mayor, ¿cuál es su motor?
Hacer algo útil con tu vida. Aunque no sé si dibujar es útil o no [risas]. Desgraciadamente, no hay más remedio que trabajar para vivir y al menos puedo hacer un trabajo que me resulta agradable y provechoso.

¿Un dibujo puede cambiar el mundo?
¡Qué va! Puede hacer las cosas más llevaderas en determinados momentos y para según qué personas. Y no digo que no pueda provocar pequeños clics mentales en los lectores. Pero grandes cambios, no. Los grandes cambios pueden suceder cuando hay movimientos artísticos muy bestias. Pero son cambios que no se efectúan inmediatamente, sino que tardan unas cuantas décadas en notarse los efectos. Pienso, por ejemplo, en el surrealismo o en la contracultura de los 60, desde la beat generation hasta el rock.

¿Estamos en un momento ideal para que la cultura provoque un cambio?
Sí. La cultura debería contribuir a ese cambio. Pero estamos en un momento problemático porque la cultura está muy atomizada, disgregada y carente de referentes universales. Cada uno va a su bola y hay muchos discursos individuales alrededor de los cuales hay un mundillo que vive de ellos: marchantes, comisarios, galeristas, etc. Y tampoco se da el tipo de movimiento global que va en una dirección. En estos momentos, estamos en un pozo y nadie ve cómo salir de él. Yo no tengo recetas. Estoy tan despistado como cualquiera.

¿Encuentra mucha mentira o impostura a su alrededor?
En mi entorno diario, no. Es cierto que abres el periódico y hay para tirarse a un pozo [risas].

¿Seis meses después ya nadie es Charlie?
Veo que no demasiado. Pero es que ni siquiera el propio Charlie Hebdo es Charlie ya. Este tipo de sucesos provocan reacciones instantáneas que después se van atemperando porque son cosas que mucha gente no se las cree de verdad. Vienen porque el momento pide algún tipo de respuesta y ésta parecía la más digna. También es verdad que fue una cosa tan bestia... Y tampoco se le puede pedir a la gente que sea Charlie todo el tiempo. Lo entiendo. Se ha de ser de una pasta especial para ser Charlie.

¿Y usted qué es? «Je suis...»
Yo sería Charlie si hubiese de ser algo, pero de momento soy Max (risas). Mira, pienso que no debería ponérsele ningún tipo de restricción al humor. Y si la gente se ofende, que se aguante directamente. Lo de la ofensa es una cosa del siglo XVI. A mí me ofenden todo el día y me aguanto: la ley mordaza me ofende y muchas cosas más.

¿Qué fuerza le gustaría que tuviera el cómic?
Me conformo con que tenga una existencia normalizada. Que se asuma que forma parte del paisaje cultural. La situación está mucho mejor.

Incluso ha entrado en los museos. ¿Le parece bien?
No me parece mal. Tampoco me parece el objetivo. Donde ha de entrar es en las casas de la gente. Pero está bien que los museos nos hagan caso.

¿De qué color pintaría a España?
De negro. Lo digo por la leyenda de la España negra. Que no ha dejado de ser una leyenda y continúa existiendo. Naturalmente coexiste con otra España que es todo lo contrario: festiva, alegre y hedonista. Pero lo otro tira mucho aún, esas raíces carpetovetónicas. Miras los grabados de Goya y son totalmente actuales.

¿La izquierda es roja, la derecha azul y Podemos morado? ¿O los colores están mezclados?
Todos nos hacemos un lío. Y ellos, los políticos, aún más. Lo de los colores también es mercadotecnia. Yo siempre digo que los colores existen independientemente y que no han de tener asociaciones unívocas. Ni la izquierda es propietaria del rojo ni la derecha del azul.

En la próximas elecciones, ¿quién es el superhéroe que puede sacarnos de ésta?
Ningún superhéroe nos sacará de nada. De entrada, porque no existen. Y después porque siempre he tenido la sensación de que los superhéroes sirven más para evadirse de las cosas que para solucionarlas. El superhéroe es un invento estadounidense de finales de los 40 que responde mucho al contexto en el que nació. Es realmente dejar tus problemas en manos de alguien que los arreglará. Es precisamente lo contrario de la nueva cultura que se está creando ahora: que es que todos nos tenemos que hacer responsables de que las cosas funcionen. Si las cosas pueden ir mejor, es porque los ciudadanos comunes y corrientes se pondrán las pilas para contribuir. No digo para contribuir a Hacienda [risas], me refiero a contribuir en el buen gobierno del país.

Grande del cómic, ¿qué le hace sentirse pequeño?
La naturaleza. A pesar de que estemos haciendo todo lo posible por destrozarla, todavía es mucho más poderosa que nosotros.

De no haber sido filósofo, ¿qué le habría gustado ser?
Músico. Es mi frustración. Dibujo en directo con músicos para subirme a una escenario y sentirme una rockstar (risas). Pero es curioso porque a mí lo que me gustaría hacer sobre un escenario es ruido y en cambio lo que hago es algo totalmente silencioso.

¿Filosofía occidental u oriental?
Oriental. Y no es que la entienda del todo. Tampoco la occidental. El feeling que me da es más sano, menos de comerse la cabeza y más de disfrutar las cosas como son. Es más de aceptación de lo que hay que de no quererlo cambiar.

¿Hasta qué punto deja que un libro se dibuje a sí mismo?
Voy hacia eso ahora. Antes no lo hacía. Era muy obsesivo con la preparación, tenía que tenerlo todo muy pensado y cerrado antes de ponerme a dibujar. Pero con Vapor sentí que el libro me iba dictando cómo lo tenía que continuar. Es la primera vez que me pasa. Es algo que estoy fomentando ahora. El libro en el que trabajo me está saliendo muy experimental. Estoy dejando espacios al feeling del momento. Y estoy prescindiendo de la estructura clásica de planteamiento, nudo y desenlace.

¿Minimalismo en el dibujo, minimalismo en la vida?
Debería ser así, lo que pasa es que no llego a serlo. Sí llevo una vida sencilla, pero sufro una especie de síndrome de acumulación de cosas: libros, discos, postales... Cada vez me cuesta más moverme por el estudio.

El cómic fue sinónimo de insolencia en el XX. ¿Le preocupa que se domestique?
ómic domesticado ya lo hay y siempre lo ha habido. Hay una especie de equilibrio natural que se va manteniendo a lo largo de los años. Y es que los jóvenes, que son por antonomasia los insolentes, siempre están empezando desde abajo y haciendo fanzines y permitiéndose todas las libertades. Pero ahora no son insolentes sólo ellos, sino también los adultos. La gente que empezó con la contracultura en los 60 ahora son abuelitos: Robert Crumb, Gilbert Shelton... Y aún dan caña por ahí y se han mantenido trabajando con libertad absoluta. Yo, que soy heredero de ellos, también he procurado mantener todo eso. A aquello le siguió el cómic independiente de los 90 y la novela gráfica después, que viene a ser el cómic de autor. Esta actitud de cómic de autor permite también que los adultos hagan cosas insolentes cuando tienen ganas.

¿El cómic ya es un arte maduro?
Lo que está maduro es que se acepte como arte. Pero el cómic era arte desde el principio. De hecho, los inicios del cómic es cuando más arte fue. Porque en los años 10 y 20 del siglo pasado coincidió con el nacimiento de las vanguardias artísticas y, aunque el cómic funcionara en los diarios, hacían cosas increíbles. Es el único caso de la historia del arte en que una cosa vanguardista ha sido enormemente popular en el momento que se estaba haciendo. Me estoy refiriendo por ejemplo a Krazy Kat o a Little Nemo.

La cresta de punki ahora peina canas. O más bien su barba. ¿Es más punki que antes?
Nunca fui punki. Precisamente pude hacer Peter Pank porque yo no lo era. Lo miraba con distancia. Pero sí hay cosas del punk que se me han quedado. El do it yourself, por ejemplo. Que es una actitud muy sana y que recomiendo. Y después el lema del no future.

Sí, pero usted tiene una hija.
Sí, y me preocupa su futuro pero no el mío [risas].

Peter Pank es hijo de la Transición. ¿Prepara un personaje para la segunda Transición?
No me toca a mí, sino a los veinteañeros. Pero está tardando. A lo mejor es que se ha pasado la época de los personajes. Por el funcionamiento de la industria del cómic, los personajes nacieron con Tintín, luego vino Astérix, los Pitufos, los superhéroes... Todo esto se vehiculaba a través de revistas. Y después se publicaban los libros. Pero las revistas desaparecieron. Ahora funcionan los libros, donde el personaje pierde un poco esa función de enlace periódico entre el autor y el lector. Ahora priman las historias. En este sentido, el cómic se ha ido acercando a la literatura. Y me parece bien, lo del personaje era una esclavitud.

Si Tomeu Seguí era el corderito de El Víbora, ¿qué animal era Max?
Ni idea. ¿El demonio de Tasmania [risas]? Entiendo que él se sintiera así. Venir de fuera a El Víbora había de ser un shock. Estábamos muy desmadrados. Y también éramos una pandilla en la que todos nos conocíamos de antes.

La Cúpula es su casa, ¿cuántas veces ha pensado en mudarse?
Es mi segunda casa. En alguna ocasión lo he pensado. Ha habido altibajos en la relación. Pero estoy muy a gusto.

¿Hacer arte experimental es estar comprometido políticamente?
La propia actitud de hacer algo experimental ya es per se una afirmación de que no te pliegas al statu quo. Y que tienes una voluntad de ir por caminos no contemplados. Es una parte de la toma de postura.

No hace cómics realistas. ¿El realismo murió a finales del XIX?
Para mí, el realismo murió antes, incluso. No me ha interesado nunca. Me atraen la ficción y la imaginación. El realismo puro y duro me deja frío.

Este año se ha reeditado Hechos, dichos, ocurrencias y andanzas de Bardín el superrealista. ¿Se va a quedar usted a vivir, como el personaje, en su cabeza?
A estas alturas de la vida, sí. Mi cerebro no es tan raro. El 80% de lo que hay en él es compartido con el de todo el mundo. Hago historias que tienen que ver con cuestiones interiores y que, a primera vista, parecen extrañas pero que hablan de cosas que nos pasan a todos por la cabeza. No deja de ser realismo aunque sea un realismo de lo invisible.

¿Al diálogo entre música y dibujo en el que participa, ahora con el grupo Cap de Turc, le ve un largo recorrido de posibilidades?
Sí. Es una aventura sinestésica. Un fenómeno que me interesa mucho. Hay correspondencias sensoriales y emocionales que se producen cuando tiene lugar la convergencia de sonidos e imágenes. Es un territorio fuera de la narrativa que me interesa explorar como gimnasia.

¿Con qué otra disciplina encaja el cómic?
Con las artes escénicas. Lo comprobé en Malasombra, y lo estoy descubriendo también ahora con el sketch que preparo con el Circ Bover para el Còmic Nostrum. Con esto del teatro, me he dado cuenta de que cada vez más dibujo las cosas desde el punto de vista de un espectador sentado en una butaca porque me he olvidado totalmente de los movimientos de cámara. Yo estoy mucho con la cámara fija y que las cosas vayan pasando delante de mí. Me interesa el desplazamiento horizontal de los personajes. En Vapor lo hice así. Fue en parte por la influencia de un dibujante desconocido de 1910, Herbert Crowley. Me tiene fascinado. Tengo un proyecto sobre él.

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