La épica de lo minúsculo

Cartas de la ausente

27.09.2015 | 00:51

Compañía: Teatro Nacional Cervantes (Argentina). Autor: Ariel Barchilón. Dirección: Mónica Viñao. Intervienen: Daniel Fanego, Vando Villamil. Lugar y fecha: Teatro Echegaray, 25 de septiembre

El Teatro Nacional Cervantes de Argentina -homónimo de nuestro coliseo malacitano- se ha dejado caer por el escenario del Echegaray para comenzar su gira española. Y lo hace con Cartas de la ausente del autor Ariel Barchilón. Si en más de una ocasión a un servidor se le viene a la cabeza qué le recomendaría a mi mejor amigo para disfrutar por primera vez del teatro y que además le enganchara lo bastante para que se atreviera con un segundo espectáculo –y hablo de teatro teatro, del bueno, del que sólo se puede ofrecer en un escenario en vivo– sin duda éste sería un buen candidato.

Cartas de la ausente es una historia emotiva, la de dos personas que necesitan afecto y no saben cómo pedirlo. Es la historia de un presidiario del penal de Ushuaia en los años treinta que recibe cartas, como muchos otros presos, de mujeres piadosas que se compadecen de su soledad. Una bonita y caritativa iniciativa. Pero tras más de dos décadas en prisión, este hombre, un paleto asesino a sueldo del terrateniente de turno, sale libre y enamorado de la persona con la que se cartea y decidido a caminar cientos de kilómetros hasta una provinciana ciudad para conocerse.

Lo terrible sucede cuando descubre que su amor platónico ha muerto. A cambio es recibido por la madre de la fallecida, una señora anclada en un absurdo pasado, llena de amaneramientos y costumbres de una clase social decadente por inexistente y que de sus hechuras desprende deformaciones del tiempo. Lo interesante de esta simpleza de sinopsis es lo que no se puede contar con palabras, aquello que sólo dos magníficos actores encarnando a sus personajes transmiten en gestos y en miradas, y sobre todo en entonaciones (algo muy del estilo teatral argentino). La narración sorprende o no si te dejas llevar por ella, y seguro que al final cualquiera sucumbe, pero lo que los personajes dejan entrever y no está escrito es lo que logra atrapar al espectador.

Sutilmente, sin grandes aspavientos, más bien recreándose en los silencios, la interpretación de Daniel Fanego (doña Elvirita) y Vando Villamil (Rufino) desgrana, desde una composición física bastante elaborado, las emociones que se van sucediendo en este encuentro entre dispares que sólo se igualan en la necesidad de cariño. Ambos tienen momentos sublimes. Y probablemente se deba a una buena mano directriz que ha sabido crear esos climas cotidianos pero a la vez épicos, tan chiquitos para el universo y tan importantes en nuestras vidas. Una alegría que poder recomendar.

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