Artistas frente a frente

Picasso y Dalí: genios irreconciliables

El periodista Víctor Fernández presenta este miércoles en el Museo Picasso Málaga 'Picasso y yo', un volumen que recopila la correspondencia entre ambos artistas y que matiza muchos de los clichés sostenidos hasta ahora sobre la relación de ambos, un vínculo complejo basado en el respeto mutuo

29.09.2015 | 14:57
Collage realizado por Dalí en homenaje a Picasso en 1966

El malagueño y el catalán, separados ideológicamente, siempre se admiraron y siguieron atentamente los progresos de sus carreras

Dos de los más singulares pintores españoles del siglo XX, Pablo Ruiz Picasso y Salvador Dalí, mantuvieron una también simpar relación, que basculó siempre entre la amistad y la rivalidad. El periodista Víctor Fernández ha reunido y analizado las cartas y postales que se remitieron en el libro Picasso y yo (Elba), trazando a partir de lo epistolar un retrato de ambos y sus alrededores que tumba mitos y clichés. El hispanista Ian Gibson y el picassiano de picassianos Rafael Pérez Estrada arroparán la presentación del volumen, este miércoles, a las 19.00 horas en el Museo Picasso Málaga.

Uno de los propósitos de Fernández, actual responsable de la sección de cultura en Cataluña del diario La Razón, era matizar, o directamente, erradicar ese cierto frentismo que existe al hablar de la vinculación entre el malagueño y el catalán, como si fueran epítomes, en el arte, de las dos Españas que emergieron tras la fractura que supuso la Guerra Civil. «Por desgracia, creo que han pesado más los componentes políticos que los artísticos o intelectuales para juzgar la relación entre los dos, e incluso para juzgar sobre todo a Dalí. Evidentemente Picasso es el símbolo del exilio y nunca renunció a su manera de pensar como lo demuestra su adhesión al Partido Comunista. Con Dalí todo es más complejo. Sí, en efecto, se instaló en la España de Franco y apoyó al dictador en algunas ocasiones. Sin embargo, para ser franquista era muy peculiar. La dictadura censuró la publicación de sus memorias Vida secreta, ayudó en el exilio a Tarradellas, ilustró los poemas de Mao Tse Tung, colaboró con Ceaucescu y no ocultó su apoyó a los Kennedy...». En este sentido, Fernández coincide con Fernando Arrabal, quien estrenó hace un año la obra de teatro Dalí versus Picasso y dijo: «Esa rivalidad que se les presupone no existe: ambos son soldados de un mismo bando. Y ambos están en el exilio».

«Sólo hay dos cosas malas que pueden pasarte en la vida, ser Pablo Picasso o no ser Salvador Dalí», reza la conocida cita del ampurdanés. En el epistolario reunido en Picasso y yo también hay provocaciones y comentarios similares, que parecen haber sido escritos más con afán de despertar la atención que iniciar un ataque... Fernández lo argumenta: «Es que ése era el fuerte de Dalí: llamar la atención. A veces el personaje podía más que el hombre. A Picasso trata de llamarle la atención en las postales que escribe tras la guerra donde repite siempre Pel juliol, ni dona, ni cargol (Por julio, ni mujer, ni caracol), una frase que Picasso había escuchado durante su estancia en Cadaqués y que le había divertido. A Picasso le hacían gracia esas postales, como le dijo a Antonio D. Olano, pero no paso de la diversión. Se podría ver como un ataque hacia Picasso la conferencia que dio Dalí a su vuelta a España y que da título a nuestro libro, pero al malagueño aquello le divertía, no le ofendía». Sentido del humor, y mucho, debía de tener don Pablo para soportar contundentes comentarios dalianianos sobre «la devoción de Picasso por la miseria»: «Es un hombre increíblemente harapiento, con restos de ropas que semejan una túnica corta, como si fuera un homenaje a la dignidad de la miseria».

Sobre todo, teniendo en cuenta que el malagueño no se había limitado a admirar la obra del catalán: «Financió el primer viaje de Gala y Salvador Dalí a Nueva York y lo ayudó presentándose galeristas y coleccionistas, como demuestran las cartas y los testimonios de Brassaï o Gertrude Stein. Creo que Picasso veía en Dalí a un discípulo aventajado, alguien a quien merecía la pena ayudar. En el libro recojo el testimonio de Francesc Trabal que le escribe una larga carta a Dalí con las impresiones sobre Picasso. Es un testimonio contemporáneo que demuestra que Picasso apreciaba a Dalí», cuenta el periodista.



Entonces, ¿cuál era la relación exactamente entre Pablo Picasso y Salvador Dalí? «Era una relación de admiración correspondida, lo que pasa es que el alumno quería superar al maestro. Pero es que Dalí siempre quiso superar al padre, ya fuera el carnal o el artístico. Picasso no era tonto y se da cuenta de todo esto. La política, sobre todo tras la Guerra Civil, la veo como una prolongación de esa rivalidad. No hay que olvidar que hasta la llegada de Andy Warhol, ellos son los dos artistas más famosos del siglo XX, los que ocupan las portadas de las revistas de todo el mundo y objeto de deseo de colecionistas». Un choque de egos que, irremediablemente, terminó mal: ambos eran incapaces de alegrarse del éxito ajeno y ni siquiera aceptaron los intentos de amigos comunes como el torero Luis Miguel Dominguín, que quiso organizar un reencuentro.

Picasso y yo está compuesto por un stock de 70 cartas de Dalí a Picasso; del otro sentido epistolar, Picasso a Dalí, sólo hay una postal firmada por el malagueño, inédita hasta ahora. ¿No escribió Picasso a Dalí más o hablamos de documentos que han quedado traspapelados por el paso del tiempo? «No hay que olvidar que nos encontramos ante una gran tragedia como es la dispersión de los papeles de lo que fue el archivo personal de Dalí. Dicho esto, en las cartas enviadas a Picasso se sobreentiende que el malagueño ha contestado alguna vez. Creo que hubo alguna más, pero por desgracia solamente se ha conservado una única postal, en realidad una carta de Paul Éluard a Gala y que Picasso firma», afirma el autor del tomo.

Cuenta Víctor Fernández que cuando Picasso falleció, Dalí sopesó acercarse a Mougins, su castillo-taller. Finalmente decidió no hacerlo para evitar el revuelo de periodistas y curiosos que imaginaba –acertó– habría por allí. Prefirió enviar una fastuosa corona de flores a su maestro no confeso. Cuando la recibió, Jacqueline, la viuda del genio malagueño, la tiró por la ventana.

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