El explorador de Tartessos

En la casa de don Miguel Romero Esteo

Entramos en la residencia del escritor, «en la que uno entra zombie y sale como forrado por un escudo contra la mediocridad»

04.10.2015 | 05:00

El dramaturgo y profesor cordobés afincado en Málaga acaba de cumplir 85 años, como siempre, lejos de los parabienes y los homenajes de las autoridades y las instituciones.

Nos espera arrebujado en el sillón orejero en el que ha leído miles de libros. La suya ha sido una vida entregada a la curiosidad. A un lado, una botella de cocacola con azúcar y sin gas, y al otro, el cenicero al que va arrojando esas colillas que consume a grandes caladas. Mecheros, pliegos de periódicos, libros por todos lados y una televisión de pocas pulgadas en la que ve documentales que no sean de pájaros. Lo conocimos hace casi veinte años.

–Yo ya espero la muerte pero como una cosa muy natural, sin tragedia.

Siempre entra uno en su casa medio zombie y sale como forrado por un escudo contra la tontería y la mediocridad. No hace falta sacarle ningún tema de conversación, él sólo va hilvanando historias que oscilan entre los chascarrillos que nos hacen reír a mandíbula batiente y las reflexiones sublimes y teleológicas que te hacen comprender que delante tuya tienes lo que antes se reconocía como un sabio. Sus anécdotas han nutrido el imaginario de varias promociones que pasaron por las aulas de la facultad. No sería una muy mala idea que alguien, algo (un ayuntamiento, una fundación, el patronazgo de un banco, la generosidad de una caja) promocionara un libro que recogiera las experiencias que ha ido dejando en la memoria de tanta y tanta gente. Él se acuerda de casi todos. Ya Fundamentos hizo algo al ir publicando sus obras completas que como siempre pasa con estas cosas quedan incompletas.

– Yo me compré una tabla de las de surf para ir de guaperillas y el primer día una ola me la lanzó por lo alto y me dio con la quilla aquí...

Y señala la zona noble y explica que aquello se le inflamó de una manera alarmante y dejó la tabla arrumbada en su patio y nunca más la volvió a coger. Ha cumplido ochenta y cinco años y se ríe, recibió alguna visita y le trajeron un cartuchito de jamón que pidió no se lo metieran en la nevera. Confiesa que ha sido la última vez que ha gritado presa del terror.

– ¡El jamón a la alacena!, ¡que se seca!

Duerme de un tirón por las noches y escucha desde la cama lo que él cree es el rolar de las olas y no es sino el tubarro lejano de un niñato del Limonar. En su casa hay un piano con algunas teclas cansadas y un tejado centenario que más de un invierno le ha dado un susto de muerte. Echa de menos un buen plato de gazpachuelo y un tomate casero en el que mojar barquitos de pan. Ahora dice que come menos, que la chica que le arregla la casa no tiene mucha idea de sofritos y cocidos y que a él se le han pasado las ganas de tener que irle explicando cómo se prepara una escabeche. Hoy ha recordado las perdices que cazaba su padre en Benagalbón y los pulpos que cogía con las latas que le daban en los ventorrillos y que su madre se negaba a cocinar.

De su casa nos llevamos a las nuestras prestados y sin devolver discos de música atonal y libros de autores raros. Siempre tuvo hacia los demás escritores palabras de generosidad y aliento. A veces le daba por ensalzar a un autor de moda y extrañados le preguntábamos:

–¿Pero usted lo ha leído, don Miguel?

–Quite, quite.

Y se quedaba muy serio que era cuando uno se reía más. Desde el principio nos tratamos de usted y en los años del faculteo nos largábamos a las ventas de los montes o a los chiringuitos de la playa, al arrimo de un algarrobo o a la sombra de una parra, a comernos el taco de lomo en manteca o la ración de boquerones al limón. Íbamos a su casa del Pasaje de Santa Catalina a cualquiera hora del día a que nos pusiera una bebida inverosímil y a que nos aleccionara sobre un asunto tartesio de la protohistoria europea o a que nos escenificara la recepción de un premio literario con el entonces Príncipe que después futuro Rey.

– Si yo fuera un catedrático inglés los mandaría de vuelta a su casa.

Y cogía las gafas que fueran, dejaba la puerta atrancada y nos acercábamos al Paseo Marítimo a soltarle puñados de maíz a las palomas. Tardábamos una hora en avanzar doscientos metros porque se entretenía en mil detalles. Ahora aguanta charlillas de media hora y embute sus pies en unas zapatillas que recuerdan a las de Baroja. En un par de semanas lo volveremos a visitar, esta vez nos ha prometido que saldremos a la calle a tomarnos un café y a cambio le llevaremos cien gramos de Joselito.

*Justo Pérez Valle es profesor de Lengua y Literatura IES Salvador Rueda (Vélez Málaga)

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