Arte

El artista o la sociedad diletante (petulante)

Los conceptos de arte y artista están muy desgastados por utilizarse de forma genérica, pero los verdaderos artistas son muy pocos, aquellos que resultan verdadera y absolutamente fundamentales en la historia

24.10.2015 | 05:00
Detalle de La Piedad de Rondanini, realizado por Miguel Ángel en los últimos años de su vida.

El concepto «es la unidad más básica de toda forma de conocimiento humano (€), construcción o autoproyección mental, por medio del cual comprendemos las experiencias que emergen de la interacción con nuestro entorno»(Wikipedia). Es decir, la formación de un concepto está ligada a la experiencia de la propia realidad individual, colectiva, social, cultural. Mediante el lenguaje el concepto adquiere una expresión comunicable, una dimensión pública, sociológica y cultural. Por lo que las relaciones entre esta expresión, ya sea la palabra o la imagen, y el concepto son complejas y variables. Las mismas palabras no tienen siempre la misma referencia, esto depende del sujeto que las usa, de sus experiencias. Y un mismo concepto puede expresarse de formas muy diferentes, abriendo el campo de su significación, de su representación.

El concepto de artista y el de arte están muy desgastados, por el hecho de que se utilizan para denominar a cualquiera que haga algo medianamente bien, o para definir actuaciones fuera de lo convencional. Pero sin embargo cuando hablamos del verdadero arte, de los verdaderos artistas, en cualquiera de los campos de la expresión y comunicación de conocimiento, nos encontramos con que son muy pocos los nombres que realmente consideramos fundamentales en la historia de la humanidad. Estos hombres y mujeres son nominados como grandes artistas cuando sus obras tienen un reconocimiento universal en su entorno, y en los circuitos internacionales de la cultura, si se da esa intercomunicación entre mentes cultas. Pero quiénes son estos artistas, pues, normalmente, aquellos que han dedicado toda su vida con una exclusividad absoluta a la consecución y elaboración de su arte, con el compromiso de ir enriqueciendo su obra con el paso del tiempo, con la adquisición de nuevos conocimientos.

El artista es el que llega a concretar sus propias conclusiones, es decir, a inventar un lenguaje o una nueva forma de ver, e incluso a establecer un nuevo discurso sobre el arte y la sociedad. De ellos se habla hasta nuestros días, se les estudia, para llegar a entender su proceso de trabajo y los avances que han servido para que otros artistas, percibido ese conocimiento, hayan podido realizar su obra.

Auguste Rodin (París, 1840- Moudon, 1917) se basa en la última obra de Miguel Ángel (Caprese, 1475- Roma, 1564), para introducirnos en lo que llamamos modernidad, en los finales del XIX y principios del XX. Como Bill Viola (Nueva York, 1951) se basa en los primitivos italianos para crear instalaciones de video arte que han revolucionado el género. Como el mismo Miguel Ángel, en la Piedad de Rondanini, ya en los últimos años de su vida, reinterpreta su primera Piedad, la de la Basílica de San Pedro, de 1496, la única obra que firmó, pues era consciente de que tal virtuosismo en el movimiento de los ropajes, y el nuevo tratamiento de una imagen no sufriente de esta escena, podría ser copiados con facilidad y debía dejar constancia de que él fue el primero. Sin embargo, su legado es la última Piedad, la de Rondanini, un conocimiento que no se puede copiar sino interpretar, en el cuestionamiento del porqué de las formas y su aportación a la historia del arte en la destrucción consciente de esta realidad a la que había llegado la escultura. En ella, en su síntesis, ya no juega con las formas tradicionales que lo encumbraron, sino con un acoplamiento de los cuerpos totalmente distinto, algo que captó Rodin más de doscientos años después.

La transgresión que conlleva el conocimiento de una época es realmente pertinente con respecto a ese pasado que nos impone su definición del mundo. El artista universal es el que es capaz de sintetizar desde el conocimiento de su época, para desde esa información poder construir otro mundo de formas, de volúmenes, de dibujo, de música, de palabras, con el que interpretar su momento histórico. En la obra de arte debe haber, así ha sido a lo largo de la historia, un entendimiento de la filosofía, la literatura, la música€, de su tiempo, y su análisis nos lleva a comprender en un proceso de globalización lo que han generado todas esas sinergias.

En la actualidad, hay una confrontación, más o menos explícita, entre los artistas que investigan la expresión de las formas y los lenguajes de la abstracción o la figuración, en cualquiera de sus formatos o técnicas: pintura, escultura, vídeo€, y los artistas que necesitan del concepto previo a la creación de la obra, del discurso social, político, a partir del cual buscan el material, el formato, la dimensión. En realidad ambos trabajan con los conceptos y los lenguajes de la estética, pero desde posiciones distintas. Y por otra parte hay una emergencia cada vez más numerosa de personas que se dedican al arte, entendiéndolo como mero disfrute, o como la adquisición de un estatus social, acogiéndose cómodamente a tendencias más o menos desarrolladas en las que solo deben realizar un ejercicio de continuismo, en el mejor de los casos. Pero sin el cuestionamiento real de qué significado tienen las formas y la estética en el arte. Aunque exigiendo la misma consideración y espacio que estos otros artistas comprometidos con una mayor profesionalización.

En España, en la décadas veinte y treinta, hasta la guerra civil, verdaderos artistas e impulsores de la cultura establecieron las bases para una nueva generación de creadores, pero la dictadura fracturó brutalmente esta posibilidad, dejando las escuelas y centros de formación en manos, en la mayoría de los casos, de gente muy tradicionalista, imitadora ciega de los modelos más clásicos, sin buscar interpretarlos desde un conocimiento consciente para reciclar esta información. En la actualidad, la sociedad, en general, se ha convertido en una sociedad acrítica, no busca el análisis sino el inmediato halago o reconocimiento. Por lo que no se consolida la experiencia para profundizar en la información de la contemporaneidad que recibimos por múltiples medios, tanto de los aspectos formales como de los conceptuales del arte. Y la figura del diletante es la que domina, seguramente por esta falta de formación integral en las humanidades que capacite para crear unas estructuras en las que teóricos, críticos y centros de creación puedan valorar y promocionar un trabajo con la profesionalidad suficiente.

Así el diletante, el que no se involucra realmente, piensa que su obra es tan rica como la del artista más comprometido, porque solo percibe lo superficial. Es tal la postura de este diletante que llega a comportarse como un petulante, al no querer percibir la diferencia entre el arte de creación que rompe barreras y crea expectativas nuevas de ideas y técnicas y el continuista de un discurso asumido, en la moda.

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