Cómic

Federico García Lorca, la búsqueda infinita

El granadino Enrique Bonet refleja cómo fue el trabajo de Agustín Penón en pleno franquismo para esclarecer el asesinato y encontrar los restos del poeta. El resultado, 'La araña del olvido', es uno de los cómics de la temporada

09.11.2015 | 10:12
Ilustración de portada de ´La araña del olvido´, de Enrique Bonet

Agustín Penón fue la primera figura que se interesó por investigar seriamente los sucesos que rodearon la muerte de Federico García Lorca y averiguar donde se encontraban enterrados sus restos. De origen español, pero establecido en Nueva York, este acaudalado autor de guiones de radio en EEUU, gran admirador de la obra del autor de Poeta en Nueva York, se dejó toda su fortuna entre los años 1955 y 56 en la ciudad andaluza para lograr destapar uno de los episodios más oscuros de la historia de España que, en pleno franquismo, nadie quería o nadie se atrevía a abordar. De los resultados de su trabajo han partido otros estudiosos sobre la vida y muerte del genial andaluz como Ian Gibson. Sin embargo, pocos conocen la figura de Penón, un hombre obstinado que llegó con la intención de quedarse una semana en la ciudad del poeta y permaneció dos años al comprobar el gran número de informaciones contradictorias o poco fiables que iba recabando. Un hombre de principios que, por numerosas circunstancias que resultan difíciles de sintetizar, no pudo ver en vida publicados los resultados de su trabajo y al que ahora, el dibujante y guionista granadino Enrique Bonet, le hace un homenaje plasmando su odisea en el cómic La araña del olvido (Astiberri).

La obra, curiosamente, llega en el mejor momento posible, ya que ha coincidido con la noticia de que se ha aprobado un tercer intento por encontrar la fosa del escritor por parte de un equipo formado por historiadores, arqueólogos, geólogos y forenses procedentes de varias universidades de España, Argentina y Reino Unido. Sin embargo, el cómic no es muy optimista en cuanto al desenlace de estas iniciativas ya que, como bien indica su título, en La telaraña del olvido, el protagonista se encuentra con una red de verdades, mentiras, falsos testimonios, miedos e intereses personales que al final hacen muy complicado descubrir la verdad. Ya en el prólogo, Juan Mata describe el infructuoso proceso de Penón para publicar sus informes y cómo sería Marta Osorio, que conoció al investigador personalmente, la que los transcribió, ordenó, sistematizó, y dio forma al libro que, más o menos, Penón no pudo llegar a ver. «Ésa es la fuente en la que yo me baso para esta obra», asegura Enrique Bonet. «No había escuchado hablar de Penón hasta que leí el libro. Lo primero que sentí fue una sorpresa al encontrar que un personaje de ese calado había estado en Granada investigando sobre Lorca». El cómic comienza con una pequeña broma más bien caricaturesca. «Es una manera de desdramatizar», asegura el autor, «porque tenía claro que, aunque está tratado con mucha seriedad, quería que hubiera distintos tonos. Y uno de los que más me interesa es el de costumbrismo o de comedia, porque también hay un retrato de personajes y costumbres», añade.

La segunda licencia es que, tras esta introducción, todo comienza con la muerte del investigador. Agustín Penón falleció repentinamente en San José de Costa Rica el 1 de febrero de 1976. Casi como una premonición, su amigo, el director teatral William Layton, que en aquellos días se encontraba en Barcelona dirigiendo un curso para actores, recibía una semana antes un paquete de parte de aquel que contenía el auto de la partida de defunción de Federico García Lorca, que falleció el 18 de agosto de 1936 en el camino de Víznar a Alfacar, y los manuscritos inéditos del poeta que Penón había descubierto en Granada, con una nota en la que decía «si me pasa algo quiero que queden en tus manos». Penón hizo una investigación sistemática y muy rigurosa, ya que siempre contrastó todas las informaciones, y nunca se conformaba con lo que le decían. «Vino a Granada con la intención de hacer un placentero viaje por Europa, y decidió permanecer aquí hasta acabar su trabajo de investigación que le costó la salud». En 1980, William Layton decidió cederle a Ian Gibson todo el material para que este se encargara de escribir su libro.

Sea como fuera, La araña del olvido es una obra que ha sido realizada de forma tan respetuosa como cautelosa, y avanza sutilmente por los diferentes personajes que, en la Granada de los años cincuenta, participaron o presenciaron el final del poeta. «A Penón le aparecen diferentes ubicaciones de la tumba de Lorca», afirma Bonet. «Pero hay una fuente a la que considera la más verídica, y es la que le confiesa Manuel Castilla, conocido como el comunista, y que fue el mismo que diez años después llevó al propio Gibson a la fosa situada junto al famoso olivo», añade.

Penón fue también el primero que consigue hablar con Ramón Luis Alonso, la persona que elaboró la denuncia contra Lorca y lo saca de la casa de los Rosales movido por un fuerte resentimiento personal contra ellos. El investigador logra recabar bastantes datos desconocidos del que todo el mundo señala como el principal culpable del asesinato. «Era inimaginable que lo fueran a buscar a la casa de los fundadores de la falange», opina Bonet. «Pero con lo que no contaban era con el odio de este hombre, que era de otra facción, de la CEDA, y que quería ganar méritos dentro de las fuerzas rebeldes, y perjudicarlos que tuvieran a un comunista refugiado», asegura Bonet.

Precisamente, una de las últimas líneas de investigación, sostenida por Miguel Caballero, muestra una trama muy bien documentada con todas las rencillas familiares que confluían en su asesinato, además de temas familiares, de lindes, de odio. «Yo creo que también hay razones políticas», afirma el autor. «Gente que le quería dar un escarmiento. Además estaba el tema sexual. Había mucha gente en Granada para la que Lorca era un personaje molesto, por su personalidad, porque no escondiera su homosexualidad, y eso les fastidiaba, y aprovecharon ese momento para vengarse». Pero, según parece, a quien querían perjudicar no era a Lorca, sino a Fernando de los Ríos, un diputado granadino del partido socialista, ministro de educación, que fue el mentor del poeta, y que era muy odiado entre la derecha de Granada. «Es una confluencia de circunstancias, que confluyen en esto. Y quién se iba a imaginar iba a ocurrir», opina el autor.



Otro personaje fundamental en este complicado puzzle es el comandante Valdés, que se autoproclamó Gobernador Civil de Granada tras encabezar el golpe militar en la ciudad. Según Bonet fue, sin duda, un militar implacable, que no dudó en imponer el terror en la ciudad a base de miles de fusilamientos y una represión feroz. Sin embargo, las investigaciones de Penón sobre su papel en la muerte de Lorca no son concluyentes. «Era uno de las dudas que más le obsesionaban al investigador tras su salida de España», recuerda Bonet. «Indagó mucho para intentar aclarar si fue él quien firmó la orden de detención de Lorca y su posterior ejecución. Sin embargo, Ruiz Alonso, el ejecutor material de la detención, no llegó a aclararlo, aunque da a entender que el propio Valdés se alteró muchísimo al enterarse de la ejecución, que lo veía como un error que podía acarrearles más problemas que otra cosa». En definitiva, otro detalle importante de este crimen que sigue sin aclararse y sobre el que sigue habiendo diversa teorías, según el investigador del que se trate. Penón también localizó importantes documentos como el certificado de defunción de García Lorca. «Hasta ese momento no había nada que demostrara que estaba muerto, incluso habían quien afirmaba que en realidad no había fallecido», reflexiona el autor.

Para Enrique Bonet el cómic no pretende arrojar luz sobre el misterio del asesinato, porque sobre eso hay muchísimos estudios. La intención es poner el foco sobre Agustín Penón y contar su tragedia, el drama de un hombre que se obsesiona con un tema que le persigue y que no puede resolver. «Lo que sí se puede ver desde un principio es lo difícil que es encontrar una verdad sobre todo esto. Si es difícil ahora, ya lo era en los años 50, y vemos cómo una realidad se convierte casi en un hecho mítico, donde cada uno cuenta una parte de la verdad, donde hay mucha mentira, muchas invenciones, mucha conveniencia. La conclusión puede ser que no hay una sola verdad, no hay un solo culpable y no hay una sola fosa. Hay muchos sitios en los que puede estar enterrado. Incluso existe la posibilidad de que no esté ya enterrado en esos sitios, como le dicen varios testimonios a Penón, la posibilidad de que la familia lo hubiera rescatado, que el propio régimen, asustado ante la repercusión internacional que había tenido, lo sacara de donde estaba y arrojara a una fosa común, algo que afirman personas muy cercanas al régimen».

La historia conecta, además, con el tema de la memoria histórica ya que, según Bonet, «pone de manifiesto el dolor que causa buscar a algún ser querido y no tener ese derecho porque el gobierno lo impide. Y aunque Lorca sea la cabeza visible, lo que se cuenta también en el cómic son personas que ni siquiera tienen un certificado oficial de que su familiar está muerto. La familia de Lorca lo pudo tener porque era una familia con dinero».

El autor recuerda que Granada fue uno de los lugares en los que se hizo más fuerte la represión y ni siquiera hubo una lista de muertos. «Franco reconoció que fue un error asesinarlo. Y el propio régimen llevó a cabo unas investigaciones para averiguar lo que había pasado. La orden directa provino de Queipo de Llano, que dijo la famosa frase dale café, y que era una clave, pero no la recojo, porque lo dijo Gibson».

Enrique Bonet ha estado investigando todo el material durante los últimos cinco años, pero dibujar toda la historia le ha llevado dos. Se trata de su primera novela gráfica, a la que precede el guión de El juego de la Luna, dibujado por José Luis Munuera. También ha trabajado como humorista gráfico en periódicos de Granada y en varias revistas de humor y libro de textos. «El principal miedo que tenía era que la historia no interesara fuera del ámbito lorquiano, pero está enganchando a cualquier persona». Bonet se considera deudor de la Escuela Granadina de Tebeos que, en los años ochenta, tuvo mucha relevancia a nivel nacional con dibujantes como Rubén Garrido, Juan Luis López Cruces. Eran dibujantes que hacían novela gráfica sin saberlo, preocupados por temas intimistas. «Garrido dibujó mucho en la revista Madriz con una creatividad y potencia tremenda», aclara Bonet. Pero la mejor obra es Sol poniente, de Joaquín López Cruces. «Es una de las grandes novelas gráficas, y habla también la guerra civil, con un dibujo exquisito», afirma.

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