Músicas, letras, mensajes

Canciones para antes de la batalla

La editorial Malpaso publica '33 revoluciones por minuto', un amplio repaso de la canción protesta

21.11.2015 | 15:11
Bob Dylan.

Se trata de un libro canónico pero heterodoxo que repasa, sobre todo, el cancionero anglosajón

Mientras escribo este artículo suena en el aparato de música del salón Masters of War: «Come you masters of war / You that build the big guns / You that build the death planes / You that build all the bombs / You that hide behind walls / You that hide behind desks / I just want you to know / I can see through your masks» [«Vengan señores de la guerra, / ustedes que construyen todas las armas, / ustedes que construyen los aviones de muerte, / ustedes que construyen las grandes bombas, / ustedes que se esconden detrás de paredes, / ustedes que se esconden detrás de escritorios, / sólo quiero que sepan / que puedo ver detrás de sus máscaras»]. ¿Quién no ha cantado alguna vez esta canción de Bob Dylan que nació de la necesidad de parar la carrera armamentística?

Masters of War es una de las 33 canciones que Dorian Lynskey recoge en su grueso volumen 33 revoluciones por minuto (Malpaso) sobre la historia de la canción protesta anglosajona. Intentar resumir un género como éste, que cuenta con más de 70 años de vida e innumerables cantautores, desde Billie Holiday a Dylan, Woody Guthrie, Nina Simone, Gil Scott-Heron, Joan Baez, Víctor Jara o Steve Earle entre muchísimos otros, en tan sólo 33 canciones podría parecer una tarea suicida, cuando no directamente un ejercicio de malabarismo absurdo. Sin embargo, cualquiera que se acerque al libro de Lynskey descubrirá que, para el crítico musical de The Guardian, este título no es más que un punto de partida para ubicarse en el amplio panorama en torno a una música que ha sabido atraer al mismo tiempo al aficionado convencido y al oyente despreocupado.

Pocos géneros musicales han acabado teniendo tanta razón de ser y tanta devoción en las audiencias receptoras como la canción protesta, que alcanzó su mayor difusión y repercusión en los años 60 y 70 del siglo pasado. En 33 revoluciones por minuto, Lynskey explora su turbulenta historia a través de otras tantas obras fundamentales: desde aquella Strange Fruit [Fruta extraña] que Billie Holiday cantó hasta ponerse mala en el Café Society de Nueva York («Cantarla me afecta tanto que me pone mala. Me deja sin fuerzas», escribió la cantante afroamericana en su autobiografía, Lady sings the blues) hasta el American Idiot lanzado por Billie Joe Armstrong, líder del grupo punk Green Day, contra el presidente Bush y las mentiras de la guerra de Irak, apenas unas semanas antes de las elecciones presidenciales de 2004.

33 revoluciones por minuto no es una recopilación de canciones al uso; tampoco un glosario de nombres y títulos; cada una de las canciones incluidas en el libro desvela una intrahistoria que sirve de decorado a la historia más visible. Strange Fruit, escrita por Abel Meeropol en 1939, tiene sólo tres estrofas, sobrecogedoras, que hablan de los linchamientos de negros: «De los árboles del Sur cuelga una fruta extraña. / Sangre en las hojas, y sangre en la raíz. / Cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña. / Extraña fruta cuelga de los álamos. / Escena pastoral del valiente Sur. / Los ojos saltones y la boca retorcida. / Aroma de las magnolias, dulce y fresco. / Y el repentino olor a carne quemada. Aquí está la fruta para que la arranquen los cuervos. / Para que la lluvia la tome, para que el viento la aspire, para que el sol la pudra, para que los árboles lo dejen caer. / Esta es una extraña y amarga cosecha».

Según Lynskey, «antes de Strange Fruit, el único éxito musical que lidiaba abiertamente con la cuestión racial en Norteamérica había sido Black and Blue (1929), compuesta por Andy Razaf y Fats Waller para el musical Hot Chocolates». Después de que Billie Holiday muriera desangrada en la puerta de un hospital para blancos, Nina Simone no sólo incluyó Strange Fruit en su repertorio (apareció por primera vez en su álbum Pastel Blues de 1965), sino que también compuso su propia canción sobre la lucha por los derechos civiles de los negros: Mississippi Goddmam. El germen de la canción surgió de la noticia del asesinato de cuatro niñas en el sótano de una iglesia baptista en Birmingham, Alabama. Todas las verdades que la gran sacerdotisa del soul se había negado a sí misma sobre la segregación racial le estallaron de pronto en la cara: «Lo de Alabama me indignó, / Tennessee me desquició / y todos saben del maldito Mississippi».

Pero si hay que ponerle rostro, brazos, piernas y, en definitiva, voz a la canción protesta, esa imagen no es otra que la de Bob Dylan, a quien Ronnie Gilbert de los Weavers presentó ante cuarenta mil fans reunidos en Freebody Park, Newport, en 1963 con estas palabras: «Dicen que todo periodo, toda época, tiene sus héroes. Toda necesidad tiene una solución y una respuesta. Algunos, la prensa, las revistas, piensan a veces que son los héroes elegidos por los jóvenes quienes abren camino. Yo tiendo a pensar que aparecen porque surgen de una necesidad. Este joven es alguien que surgió de una necesidad. Vino aquí y se convirtió en quien es porque había cosas que se tenían que decir y los jóvenes eran quienes querían decirlas y decirlas a su manera. De algún modo tiene la antena conectada a su generación... No hace falta decirlo, ya lo conocéis, es vuestro: ¡Bob Dylan!».

Sobre esto no hay casi discusión, pero las palabras de Gilbert obraron el efecto contrario en el cantante de Duluth, Minnesota, que a partir de ese momento intentó desembarazarse de la etiqueta de mesías y borrar todo rastro de canción protesta de su discografía: «La huida de Dylan de los agobios de la fama le costó varios años, pero para alejarse de la escena folk y de la izquierda en general le bastaron tres veranos: sus tres apariciones en Newport. En 1963 era un héroe, en 1964 un enigma, en 1965 un traidor. [...] Aquel verano, Dylan representó tanto la modernidad como la victoria del individuo por encima de la comunidad. En el proceso, preservó su cordura y transformó la música rock, pero mató igualmente el renacimiento folk. La música protesta era una cosa antes de la irrupción de Dyaln y, otra muy distinta, después de él».

33 revoluciones por minuto es un libro canónico a la hora de explicar la ruta sonora de la canción protesta mayoritariamente anglosajona e inventariar el peso de autores como Bob Dylan, Woody Guthrie, Nina Simone o el cantante chileno Víctor Jara (la única excepción en lengua española, cuya canción Manifiesto, que da título a su último álbum, es toda una declaración de intenciones: «Que el canto tiene sentido / cuando palpita en la venas / del que morirá cantando»), y heterodoxo en cuanto a la selección de canciones reseñadas, que se amplían al final del libro en un apéndice con 100 canciones recomendadas que no se mencionan en el texto: Oliver´s Army (Elvis Costello), The Eton Rifles (The Jam), Everything Counts (Depeche Mode), The Age of Self (Robert Wyatt), Meat Is Murder (The Smiths), The Future (Leonard Cohen), False Flags (Massive Attack), Integral (Pet Shop Boys), Going to a Town (Rufus Wainwright), y un largo etcétera, porque lo importante es que no pare la música.

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