Teatro

Reírnos de nosotros mismos

"Dos personas, dos actores, de cierta edad contando cosas de personas de cierta edad. Pues no es tan fácil"

07.12.2015 | 05:00

Una hora y 1/2 de retraso

Teatro Echegaray

Qué fácil parece a veces lo que vemos sobre un escenario. Dos personas, dos actores, de cierta edad contando cosas de personas de cierta edad. Pues no es tan fácil. Sobre todo porque para que la representación resulte así de cercana, así de creíble y no un discurso, el trabajo actoral o parte de una naturaleza innata o tiene mucho ensayo. Nada más aprenderse semejante cantidad de páginas ya tiene mérito. Pero sobre todo convertir en engaño durante hora y media, a los oídos y a la vista del espectador, lo que no es tu propia vida y lograr que el asistente salga con la impresión que lo que ha estado disfrutando es paralelo a esas personas que te lo estaban narrando. La cualidad primordial en una representación en vivo. Ese logro de la dirección que en esta puesta en escena es un valor. Y eso a pesar de que los valencianos a nuestros oídos parecen actores de doblaje. Y eso a pesar de ese estilo un poco añejo de coreografiar movimientos y actitudes. No pasa nada porque el actor deje de situarse en tres cuartos para interpelar a su contrario, ni pasaría nada si la locura que ensucia una habitación fuera auténtica basura y no sólo papeles desparramados fáciles de retirar para la próxima función. Pero el estilo elegido es éste, y es coherente. Y los intérpretes –Victoria Salvador y Rafael Calatayud– tienen una compenetración espontánea y a la vez madura en el escenario que facilita su relación como matrimonio escénico en un magnífico duelo actoral. Matrimonio que nos cuenta esa crisis de edad que no es más que un vacío en la existencia cuando, en este caso la jubilación (jubilación del trabajo para él, jubilación de hijos para ella), remueve la seguridad que da la monotonía. Los razonamientos de los personajes resultan tan ridículos y tan certeros como lo son las excusas que nos damos para no afrontar los compromisos. Y ese es el logro del texto, que nos hace reír de las aprensiones del otro, cuando en realidad nos está llevando a una catarsis, a una purificación o liberación de nuestro propio equilibrio.

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