Gitanillo de Vélez

El humilde flamenco de la buena estrella

Trabaja en el Ayuntamiento de la localidad a la que se fue a vivir siendo sólo un niño - Hoy es uno de los grandes nombres de nuestro arte jondo, un hombre sabio, inmejorable compañero de leyendas como Camarón

14.12.2015 | 09:37
El humilde flamenco de la buena estrella

­(Nació en una cueva, como un niño Jesús gitano, ha entregado al flamenco la vida entera, aprendió el arte de la guitarra por pura necesidad y ahora espera jubilarse para iniciar a la juventud en los laberintos del grande cante jondo. Tiene dos canarios, una moto, una ristra de nietos y miles de letras en la memoria: ese es don Luis, conocido como Gitanillo de Vélez por la afición).

Cuando llegamos a la puerta de la Peña, lleva ya unos minutos esperándonos y nos sabe mal porque queríamos recibirlo con los brazos abiertos y la sonrisa en los labios. No le da importancia y como todavía no han dado las seis nos marchamos a dar un garbeo. Es un incordio porque a cada paso lo saludan, le dan las buenas tardes, le aprietan la mano y así no hay modo de entablar una conversación como Dios manda. En su pueblo a Gitanillo se le quiere y por eso, aunque él no lo reconozca, se le nubla un poco la mirada y se le traba la lengua. La tarde acompaña, todavía no ha llegado esa ola de frío que se anuncia como el mismísimo apocalipsis, y aprovechamos este largo veranillo de San Miguel para sacar unas fotos bajo la estatua de don Quijote. A la sombra del hidalgo nos recuerda mucho al bueno de Sancho Panza. En el Paseo de Andalucía se montaban las casetas de la feria y al final, donde hoy está el mercado de mayoristas, se colocaba el escenario de las actuaciones musicales, en el que cantó junto al enorme Antonio Mairena. Los que aman el cante gitano andaluz sienten por el de Mairena de Alcor una admiración profunda y preñada de respeto, vino a ser como el Moisés que condujo a su pueblo hasta la Tierra Prometida.

La tarde va cayendo y se hace de noche cuando menos se la espera. Algunas nubes se dibujan a lo lejos, por tierras altas de Comares. El fresco se cuela por las chaquetillas que llevamos, más para presumir que para abrigar. El que regenta y cuida la peña tiene que salir para unos trajines que se trae con unos décimos pero nos deja entrar a que continuemos la conversación alrededor de una mesita con sillas de enea. Es una delicia escucharlo hablar, los recuerdos que le traen las fotografías que hay colgadas en las paredes, Talega, Niño de Vélez, Joaquín el de la Paula, las niñas de Utrera, el Borrico. A Borrico una vez le tuvo que templar una borrachera para que pudiera arrancarse a cantar.

Nos han dejado sobre la barra una botella de lanjarón y otra de whisky, para que nos echemos al gañote unos chupitos, pero es demasiado temprano y nos vamos entreteniendo con unos vasitos de agua. De todos cuanto le preguntamos habla bien y les dedica palabras de admiración. Con profundo cariño recuerda al bohemio Tío Agustín, que lo llamaba a las tantas de la mañana desde la Peña Juan Breva para que le diera conversación y con el que grabó un disco en el 86 acompañándolo a la guitarra. Por Chaparro siente delirio y lo tiene por uno de los mejores guitarristas del circuito malagueño, sus horas de entrega y estudio le han costado. De Alfredo Arrebola destaca sus conocimientos enciclopédicos del flamenco y la labor que fraguó desde los ámbitos universitarios malagueños. De Antonio de Canillas, su sabiduría en los cantes de Levante, de Morente, él lo llamaba Morentito, que además de buen cantaor era un músico extraordinario y mejor persona. La lista es interminable: el Tiriri, el Cancanilla de Marbella y ahora de Málaga, Jarrito, Pepe Marchena. De Camarón guarda anécdotas que descubren a un muchacho inocente y con un don prodigioso que supo compartir con los demás. En el ropero de su casa sigue colgada la corbatita roja que le cambió por una de seda que se le antojó al de San Fernando y que puesta hoy en los circuitos del ebay podría alcanzar cifras que a don Luis le marean. También guarda un señor puro que le regalara hace la tira El Palanca en la Feria de Málaga.

Las giras por el extranjero, los festivales por de dentro

La América del Sur se la recorrió casi enterita en los setenta, empezando por la Argentina y pasando por Uruguay, Bolivia, Brasil y Venezuela. La cosa se complicó con el asunto Allende y se volvieron con menos parné del que habían calculado. Les pagaron en dólares y en pesos que al cambio pesaban bien poco. El plantel da vértigo, liderado por la bailaora Manuela Vargas y seguido por Fosforito, Chocolate, los Habichuelas, Farruco... De Antonio Núñez, El Chocolate, cuenta que era una persona introvertida, de conversaciones de corte senequista que se preguntaba, porque no lo comprendía, por qué una persona se tenía que pagar su propio entierro. Gitanillo intentaba como podía darle una explicación y para salir del paso se ofrecía a escribirle una carta a la novia:

Todas empezaban igual: «Querida majaretita mía...». Y Gitanillo se ríe y cierra los ojos recordando esas vivencias que como películas de otro tiempo pasan por su memoria. Chocolate, a veces, regañaba a Camarón porque no le gustaba los callejones oscuros que estaba empezando a transitar.

En Buenos Aires estuvieron como cuarenta días. Dormía con Fosforito y por la mañana se iban los dos a practicar ese vicio tan antiflamenco que es hacer un poquito de deporte. También se ha dejado caer por Londres, por Suiza, por Marruecos, por Cuba, por el Japón. En Tokio, al arrancar los ochenta, una ciudad en la que asegura hay más peñas flamencas que en todas las Españas, un nipón le pidió la bajañí y le tocó por siguiriya que se pensó Gitanillo si no había sido un playback y le querían tomar el pelo. En la casa Yamaha había una sala para los saxofones, y otra para los violines, y otras para las guitarras... Un templo dedicado a la música y donde se sintió como pez en el agua.

Luego están los años dorados de los festivales. En su Renault Gordini que a veces se recalentaba más de la cuenta se acercaba a Casabermeja, cuando se celebraba en el cine de invierno, a Ojén, Alhaurín, Ceuta, Fuengirola, a Rute, a cantar con Camarón, Mercé, Mairena, Lebrijano, Menese, El Gallina y donde reinaba un ambiente de compañerismo y camaradería. Era cuando los festivales podían durar más de siete horas y algunos cantaores hasta hacían doblete. Le preguntamos, por curiosidad, por el Cabrero, artista por el que sentimos veneración, y nos emocionan esas palabras entrañables cuando lo recuerda como a un artista sencillo, noble, que se ha sabido labrar un nombre y que siempre dejaban los organizadores para el final porque si no el público se iba. No se puede ser más sincero en un mundo que a veces peca de un exceso de vanidad.

–Incendiaba las gradas. José me decía, que me pongan prontito, que me dan las cinco o las seis de la mañana y tengo que sacar a mis cabras.

No distingue entre el flamenco gitano y el payo, pero eso sí, sentencia, las fatigas que han pasado los calós poquita gente las puede imaginar.

Las rutinas de don Luis

A las seis está en pie con una manzanilla en la mano. Hace una tira de años que trabaja en el Ayuntamiento de Vélez. Unas veces haciendo unas cosas, y otras, otras. Está para lo que se le encarga y a nada pone mala cara. Vélez no es sólo Vélez, es un pueblo enorme en el que hay que meter a la Torre y Mezquitilla, a Caleta y Benagalbón, a Triana y Almayate. A las siete ya lo tenemos en su puesto hasta las dos de la tarde. Bajo su responsabilidad está la de mantener al día las programaciones culturales y entregar las notificaciones del Ayuntamiento. A media mañana se zampa un soberano bocadillo de jamón y en su motillo va y viene con cien ojos pendiente de la carretera. En el bolsillito de la camisa lleva el móvil:

–Por las urgencias.

A la tarde se deja caer por la peña flamenca y allí se pasan las horas hasta que regresa a casa donde lo espera su mujer y los dos canarios que no le cantan ni a tiros, Manuel Torre y Rancapino. Ganas de guasa que tienen los flamencos. Cuando tiene tiempo o le viene la inspiración le gusta escribirse sus letras. Sentencia que las coplas flamencas son pura poesía, y en eso nosotros no nos atrevemos ni a llevarle la contraria ni a contradecirle. De ciento en viento prepara en casa un legendario arroz con conejo.
No quiere ni oír de jubilarse, le queda cosa de un año pero no es hombre de estar todo el santo día encerrado en su casa y ya tiene en mente dar unas clases magistrales para iniciar a la juventud en los laberintos del cante, la guitarra y el compás. Ahora medio enseña a un chavalillo a rasguear la guitarra los domingos por la mañana. El niño venía verdecito, verdecito pero parece que con paciencia y constancia está entrando en vereda. Sus ideas son muy claras, diríamos que cristalinas, y tampoco se nos antojan ni descabelladas ni difíciles de poner en marcha con un mínimo de voluntad y buena disposición. Lo único que pide es un cuartito, diez metros cuadrados, donde en invierno caliente una estufita y en verano se agradezca un chorro de aire fresco. Para cantar, sentencia, hay que empezar a cantar atrás, para el baile, que es donde un cantaor se templa y domina y suponemos que se domestica. Nos hace una demostración con una soleá al golpe de cuarenta segundos. Se ha detenido el tiempo viéndolo golpear con los nudillos la mesa y sacándose una letra de su inagotable repertorio. Nos ha recordado a Santiago Donday. Se ha sonreído, Cádiz le trae recuerdos del Chano, del Beni y de Rancapino, de sus tiempos de la mili por Tarifa y Algeciras y de la suite lujosa que disfrutó con su señora Remedios cuando en los festivales te trataban como a un marqués y te daban la mejor habitación.

En el disco que sacó en los setenta lo acompañaron el maestro Melchor de Marchena y el todavía alevín Enrique, su hijo. Se grabó en los Madriles deprisa y corriendo y Gitanillo no quedó contento. Eso del estudio, de las peceras, de los auriculares, de los ingenieros de sonido para un lado y para otro, ni iban con él ni con su estilo de hacer el cante. Hoy día lo podemos encontrar por diez euros en iTunes y en Amazon, los dos monstruos ansiosos de la era del internet. A lo mejor Gitanillo no ha tenido suerte con la cosa de las grabaciones pero no ha dejado de trabajar y rebosa salud por los cuatro costados. La vida le sonríe, su familia le cuida y sus hijos le siguen la estela. Ahí están Séfora y Luis que se lo llevan lo mismo a un bautizo que a una zambombá y también Belén y Debla. Nada hemos dicho pero muchos lo sabemos del arte de su mujer, Remedios Heredia, en el cante y el baile. Si eso no es tener buena estrella que bajé Undivé y lo vea.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine