Vida y milagros de un zurdo

Gipsy Bowie

14.01.2016 | 05:00

Con 40 de fiebre todo el día la cabeza empezaba a desvariar; tanto estrés y tantas cosas echadas a la espalda me han dejado la defensa peor que la del Rayo Vallecano. Parecía que no iba a pegar ojo en toda la noche y no sabía qué iba a ser antes si la explosión de la cabeza o la salida proyectada de mis ojos hacía el techo. Las cuatro de la mañana y el cerebro no daba para más y se hizo el dormido; empapado en sudor y muerto de frío, entro en una especie de sueño rodado con Cinexin, con un fondo rojo esmeralda y unas luces verdes fosforito que atraviesan los ojos del otro yo que camina entre neblina rosa y amarilla. Frente a mí, una pirámide dorada descomunal con la cúspide cortada y encima de ella, ahí está, una cara conocida con cuerpo de perro, no sé cómo se achinan los ojos para visualizar mejor en un sueño pero ahora sí, ahora sí puedo reconocer la cara de David Bowie... Qué carajo estoy soñando... Es como si los antibióticos estuvieran bañados en ácido lisérgico, pero no parece real. Allí está con su cabellera en llamas, su mirada marciana sin cejas, teñida de azul ,mirando el infinito con un círculo dorado pintado en la frente... Una mezcla de portadas hecha realidad. La música de fondo era frenética, apocalíptica y circense, como si Aphex Twin y Los Payasos de la Tele estuvieran ensayando en mi nuca. El cielo empieza a arder y una puerta se abre en la base de la pirámide: payasos tipo Ashes To Ashes, enanos con la cara de Lou Reed en la portada del Animal, señoritas con trajes entallados de color verde surfgreen con bigotes pintados y el pelo a lo garçon agarradas del talle se besan mientras guardan su turno en la infinita cola para entrar en la pirámide. Gigantes como Elton John en Tommy daban zancadas entre toda la bizarra muchedumbre para adelantar puestos, bandadas de flamencos rosas y clones de Divine con pequeños John Waters en los hombros se abrían paso con rayos láser que les salían de sus repintados ojos. Muchas caras conocidas, caricaturizadas convenientemente por el filtro de la somnolencia: Jagger, Debbie Harry, Tina Turner, Reeves Gabrels, entre otros guitarristas del Duque, andaba por ahí también. De pronto aquello empieza a tronar, la pasarela se va recogiendo, la puerta se cierra y el Bowie de la pirámide levanta la cabeza como conectando con el cielo; un rayo lo atraviesa por sus ojos y todo aquello desaparece: el ruido, los colores... Todo se va a negro. Parece que caigo del techo pues me despierto dando un brinco, empapado en sudor y con un frío tremendo. ¿Qué ha sido todo eso? ¿A qué viene ahora Bowie? Tomo consciencia y pienso que será por haber estado leyendo sobre su reciente cumpleaños y sobre su nuevo disco, Blackstar, pero algo me escama... Ya me pasó con Paco De Lucía, Johnny Winter o el mismo Reed. Es cosa de familia eso de «he soñado con tal; pobrecito, mañana iremos a verlo». La gipsy connection inexplicable que tenemos . Liado en la manta encendí el ordenador, con un nudo en la garganta pinché en la pestaña de Twitter y... Ahí estaba su nombre, el primero de la lista. Ya para qué seguir contando que no se haya dicho o sepan ustedes: el bombardeo en la Red, los de siempre quejándose de la falta de galones para que la gente ponga algo del artista, que si el camaleón, que si el marciano, en fin... Cuando alguien ajeno te duele como propio no caben las palabras, porque han estado ahí en la infancia, en la adolescencia y en la edad adulta, como ese hermano mayor en quien mirarse. Suele decir La Faraona –mi señora madre– que esos sueños premonitorios se tienen con gente querida y cercana. Así que la gipsy connection no lleva a engaños. Que esa pirámide dorada tenga buen destino, diamond dog.

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