Música

Adiós a Bowie: fui feliz en Marte

Con el cantante de Brixton se ha ido un artista irrepetible por su magnetismo y por su enorme capacidad para influir en otros y para marcar tendencias

18.01.2016 | 11:43
ilustración de Pablo García

'Starman': la biografía definitiva

  • El periodista musical Paul Trynka compone en Starman el que considera «retrato definitivo» de David Bowie. La biografía es un documentado relato de la trayectoria de un artista cuya creatividad y constante reinvención lo convirtieron en un icono de su tiempo. El Bowie que prodiga su presencia pública es a la vez un Bowie enigmático. En esa cara oculta trata también de profundizar Starman a través de cientos de entrevistas a amigos y detractores, ex amantes y compañeros de profesión. La biografía de Trynka muestra cómo Bowie construye su música y, en paralelo, a su personaje camaleónico y cambiante. En Starman está el relato de sus años de infancia en el Brixton de la posguerra, la glamourosa decadencia de Ziggy Stardust o su intenso periodo berlinés. Sin dejar al margen la vida y el acontecer profesional de muchas otras figuras relevantes del mundo de la música cuyas carreras se cruzan con la de Bowie, como Iggy Pop, Lou Reed o Eno.

Su insaciable curiosidad intelectual no la pueden igualar muchos en la historia del pop

El 19 de agosto de1972 Londres era un mundo cambiante a punto de convertirse en burbuja del glam rock. Yo tuve la suerte de poder comprar un billete y viajar a Marte con Ziggy Stardust. Nunca lo olvidaré.

Aquella tarde miré hacia el cielo, a la cúpula morisca del Rainbow, el viejo Astoria Theatre de Finsbury Park, y vi las estrellas brillar. Abajo, en el escenario estaba Starman, arropado por la coreografía de su viejo maestro de mimo Lindsay Kemp; los Spiders –Mick Ronson, Woody Woodmansy, Trevor Bolder– y cuatro bailarines llamados The Astronettes. Bowie, un chico de Brixton, el sur de la ciudad, aterrizaba en North London, como él mismo se había encargado de anunciar en el New Musical Express, para ofrecer el más exquisito de los conciertos del año, me atrevería a decir uno de los mejores de la historia del rock.

«Hola guapo, mi nombre es David y estaré en el Rainbow?». La frase, más que un reclamo, revoloteó de un lado a otro y enseguida se hizo popular. Bowie, que entonces esperaba a Lou, otro cadáver excelente, supo manejar como nadie la publicidad, y su don innato para la sorpresa lo mantuvo hasta el final. Blackstar, su última declaración dramática, apareció el pasado día 8 coincidiendo con su 69 cum-pleaños. Apenas 48 horas más tarde, nos enterábamos de su muerte. Marte nos devolvía el astro declinante: su cara oscura.

Bowie había desaparecido otras veces, y las últimas décadas las pasó inventándose. En julio de 1973 mataba, también por sorpresa, al personaje, Ziggy, que había creado el verano anterior. Romero, Mariskal Romero, pionero de la radio y la prensa musical rockeras, asistió al entierro de los Spiders from Mars en el Hammersmith Odeon, en otro de los grandes conciertos de aquella década maravillosa. Ayer, me lo recordaba con melancolía en medio de una de esas conversaciones al hilo del recuerdo en su trepidante web radiofónica, veinticuatro horas de rock puro y charla distendida.

Entre el nacimiento y la muerte de Ziggy Stardust medió el glam, los trajes de escena deslumbrantes, las actuaciones sexualmente provocativas, Mott The Hoople (All the young dudes), Lou Reed y el éxito de The Jean Genie. Pero Aladdin Sane dejó paso al álbum de versiones, PinUps, un homenaje al sonido Mersey y a la música negra con el que Bowie aspiró a convertirse en una especie de Frank Sinatra del nuevo swinging London. Duró un instante, pronto llegarían el plastic soul y la etapa electrónica innovadora en Berlín.

A lo largo de los 70, Bowie fue un pionero de las tendencias musicales y de la modas pop. Comenzaría en las escuelas de mimo con Kemp, hasta llegar al cabaret, probó suerte como cantautor en sus primeros discos, el rock primitivo, el glam, el soul, etcétera, etcétera. En las décadas posteriores su influencia se hizo menos generalizada, pero permaneció creativamente inquieto y constantemente innovador. Su capacidad para mezclar brillantes cambios de imagen y sonido apoyados en su insaciable curiosidad intelectual no la pueden igualar muchos en la historia del pop. Blackstar es la prueba de que, al menos, esa curiosidad jamás disminuyó, aunque se trate como en este caso de la trágica plegaria de un artista moribundo.

Rebusco entre las canciones de Bowie y encuentro a lo más dos docenas de la primera etapa, finales de los sesenta y los setenta, que todavía estoy dispuesto a escuchar con cierta dedicación. No sucede como cuando, por ejemplo, uno revuelve en el repleto baúl de los Stones, sin embargo Bowie está presente en muchos otros artistas a los que influyó o inspiró en su diletante y rica carrera. Si no hubiera existido, probablemente ellos tampoco. Con él se ha ido un músico irrepetible por su magnetismo y la enorme capacidad única de marcar tendencias. Gracias a Ziggy fui feliz en Marte.

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