Teatro | Crítica

Un buen trabajo y un drama irregular

Críticas de 'Tick...Tick...Boom!' y 'Hacia el amor', representadas en el Echegaray dentro del Festival de Teatro

01.02.2016 | 05:00

Tick...Tick...Boom!

  • Lugar: Teatro Echegaray. Dirección: Andrés Jiménez y Arturo Vargas. Intervienen: Arturo Vargas, Nerea Vega, Andrés Jiménez, Nacho Doña, Agustín Sánchez, Emilio Ocaña, Pedro Valdivielso.

Hacia el amor

  • Lugar: Teatro Echegaray. Dirección: José Carlos Plaza. Intervienen: Adriana Davidova y Liberto Rabal.

Seguimos con el Festival de Teatro de Málaga. Empecemos con Tick€ Tick€ Boom!, de la compañía NTM Producciones. Este musical que originalmente era un monólogo que el autor Jonathan Larson escribió sobre una idea autobiográfica y posteriormente fue versionado para que intervinieran tres personajes da pie a la nueva adaptación que ha creado el también director musical Nacho Doña. Se trata de la vida de un autor y escritor de musicales que, cuando llega a la treintena, se da cuenta de cuál está resultando el rumbo poco exitoso de su vida y entra en una especie de depresión que le condiciona sus relaciones más íntimas y cercanas ante la perspectiva de lograr el estreno de una de sus obra antes de su cumpleaños.

Lo cierto es que el musical en sí, como libreto, es típicamente empalagosillo y muy de la época de los 90. Lo que no quita que tenga un potente carácter en su estilo artístico. Tal vez el lado social, que se evidencia en los personajes y las situaciones, en esta versión haya quedado algo edulcorado, aunque mantiene la frescura de un tipo musical muy concreto para los años en que fue escrito.

La puesta en escena resulta atractiva y muy bien resuelta. Los cambios de personajes en escena con sencillos elementos y caracterizaciones vocales logra la ligereza que imprime ritmo a todo el espectáculo. Y las coreografías en las que son los personajes los que se mueven como personaje y no como si fueran bailarines de coro, logran a su vez la diversión y credibilidad. Un buen trabajo también el del diseño de luces que permite reducir los ambientes en un escenario múltiple, pero que habría debido usar algo más de frontales para evitar que las caras de los actores quedaran buena parte del tiempo poco reconocibles. Igual la sonorización estaba un punto excesivo en favor la orquesta que también restaba brillantez a las voces, haciendo a veces poco entendible la letra de algunos temas. Nada que no se pueda resolver. Pero lo que realmente está muy presente es la habilidad de los tres actores, que mantienen con soltura todo el entramado evolucionando con enorme gracia. Un trabajo excelente el de los tres en sus diversas intervenciones, tanto vocal como actoralmente. Arturo Vargas, Nerea Vega y Andrés Jiménez se mueven como pez en el agua por un género difícil y del que logran sacar una experiencia excelente para el espectador que queda cautivado con un producto netamente de la tierra.

Bergman. Y ahora vamos con Liberto Rabal y Adriana Davidova y su Hacia el amor, versión de una conocida película de Ingmar Bergman. La historia es la de una pareja de la burguesía acomodada que recorre un largo camino de años en los que, tras una separación y divorcio, los encuentros y desencuentros se suceden mostrando una patológica dependencia. Todo lo que se calla en una relación que se supone íntima termina por provocar heridas. Y es ese silencio externo el que muestra Bergman en sus relatos; lo que bulle por dentro y abrasa pero no fluye hasta que explota sin dirección controlada. Eso está en Bergman, pero no lo vemos en la versión que se nos dio.

La pareja parece haberse reducido a un extenso monólogo en el que se da mayor importancia a la parte femenina, dejando al otro personaje casi como objeto mobiliario en el que apoyar las tesis de la primera. Hasta podría resultar interesante tomar esa visión de uno de los personajes como eje de la trama, pero ocurre que no se sustenta si no hay contrapartida. El personaje de Davidova resulta monocorde; en lo que debería ser una evolución como aceptación del tiempo transcurrido y las circunstancias y nuevas experiencias vividas, sólo hay una interpretación lineal y precipitada. Siempre hay algún grito que otro para mostrar sufrimientos, pero, ¿qué pasa por dentro? El diálogo pasa a convertirse en monólogo y de ahí a soliloquio, porque no se tiene en cuenta la parte activa del otro personaje. No se escuchan los actores. No hay filin en el tándem. Así encontramos al personaje masculino totalmente desubicado y perdido en su interpretación. Sólo presente en los momentos en los que el diálogo le permite un párrafo completo. Parece que asistimos (a consecuencia de algún que otro traspié escénicos, y una irregular puesta en escena) a un ensayo con público al que aún le quedaría un mes; eso sí, si la dirección quisiera aparecer por algún lado.

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