Crítica

OFM: un aniversario entre dos mundos

22.02.2016 | 09:16

Filarmónica de Málaga
Teatro Cervantes

Director: Manuel Hernández Silva. Solista: Pacho Flores, trompeta.
Programa: Concierto en mi bemol mayor para trompeta y orquesta, de J. B. Georg Neruda; Huapango, de J. P. Moncayo; Mestizo, para trompeta y orquesta, de E. Oscher, y Danzas sinfónicas, op. 45, de S. Rachmaninov.

Ambiente festivo y una buena entrada en el Cervantes subrayaron el décimo abono de la OFM. Abono muy especial ya que justificaba los veinticinco años de andadura de este gran conjunto sinfónico andaluz que es la Filarmónica de Málaga; institución que muy pronto tendría un espacio propio en la vida de la ciudad y a la que ha acompañado en este último cuarto de siglo. La ocasión fue también la excusa para que la orquesta regalase, a todos los aficionados que se acercaron hasta el teatro, la última grabación que ha llevado al disco con la primera sinfonía mahleriana, la Titán.

Manuel Hernández Silva, titular de la Filarmónica, nos propuso un original y extenso programa entre dos mundos, centrado en los últimos siglos del repertorio con Iberoamérica en el corazón y lucimiento de los solistas de la orquesta. Destacar también que la OFM amplió la plantilla con jóvenes refuerzos, que, de alguna forma, muestra la implicación formativa de los profesores y la vigencia de la formación. Más allá de esta interpretación holgada y generosa, en el ánimo de parte del público estaba el deseo de un programa al menos más solemne o emotivo.

El Concierto para trompeta y orquesta de J. B. Georg Neruda abrió el concierto con las cuerdas de la orquesta, el clave del maestro Leiva y Pacho Flores como solista de trompeta. Articulado en tres movimientos, este concierto es un ejemplo más de la evolución del tardobarroco al estilo galante del clasicismo intuido por Telemann y culminado por Haydn y Mozart. En esta curiosa página se intuye el protagonismo que alcanzarán los solistas en el romanticismo; la orquesta se reduce a un plano discreto para resaltar técnica y virtuosismo. No obstante, la clave de la partitura reside en dibujar un plano sonoro más equilibrado, que condiciona buena parte del éxito de la interpretación. Aún así, el papel del intérprete es muy destacado ya que el compositor checo dispuso tres cadencias en la organización de este concierto.

Del corazón de Europa saltamos a la América Hispana con dos partituras que tienen en el rico folklore una inagotable fuente de inspiración. Por un lado, el mexicano Pablo Moncayo nos ofrecía su reconocido Huapango. Moncayo filtra, a través del tamiz sinfónico, los colores de México en una suerte de triada rítmica que retrata una selección de danzas donde la influencia en el tratamiento de los materiales recuerdan la mano de Copland aunque de una indudable originalidad y riqueza tímbrica. Hernández Silva dio libertad a la Filarmónica destacando el papel de broces reforzados por la amplia sección de percusión.
Los tonos oscuros que determinan Oro negro no presagiaban el tiempo improvisado o Noches blancas que cierran el poema sinfónico Mestizo, para trompeta y orquesta, de Efrain Oscher. Cuatro motivos que se suceden sin solución de continuidad que, si bien de alguna forma comparte con Moncayo la inclusión del folklore, trasciende éste para subrayar unos esquemas rítmicos que enlazan con la evolución de la suite sinfónica y proveen de carta de naturaleza a unas propuestas dinámicas y efectos orquestales a los que Oscher dota de carácter narrativo. Si a ello se une el virtuosismo de la trompeta de Pacho Flores nos hallamos ante una partitura de considerable valor que quizás el tiempo la incluya en el gran repertorio.
Y, finalmente, de las danzas iberoamericanas pasamos a otras de la mano de la escuela rusa representada por el último Rachmaninov, que con sus Danzas Sinfónicas no sólo nos legaría su testamento musical sino también un ejercicio orquestal a modo de concierto para orquesta, donde no faltan citas y autocitas. Desde el non allegro hasta el allegro conclusivo se sucedieron distintos pasajes solistas, de los primeros atriles de la OFM, que de esta forma revalidaban el altísimo nivel técnico y artístico de una de las principales orquestas nacionales, la más importante de la comunidad y el orgullo de su ciudad: Málaga.

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