Excéntricos ejemplares

Scott Fitzgerald, dulce derrumbe

La literatura, el alcohol y Zelda siempre fueron por delante. Ambicioso, mujeriego y egocéntrico, el autor de El gran Gatsby gastaba más de lo que ganaba

27.02.2016 | 16:42

Vivía entre adelantos y deudas. Entre cuentos y novelas. La editorial Círculo de Tiza acaba de publicar El arte de perder, un volumen que recoge buena parte de la correspondencia de Scott Fitzgerald con editores, agentes literarios y escritores como Hemingway o Stein

Era adicto al despilfarro, al alcohol y a la noche. Caminó entre las sombras. Entre el abismo y la demolición. Su vida fue una fiesta fugaz. Un cuchillazo de éxito. Una pirotecnia imparable de cómodos fracasos. Una sublime llamarada de adicción. Una perfecta e imparable decadencia.

Scott Fitzgerald se fue desdibujando, se fue deshaciendo antes de tiempo. Entre cuento y novela. Entre dólar y dólar. Entre el colapso y las crisis nerviosas de su queridísima Zelda. Scott fue una caída lenta desde lo más alto de una galaxia literaria donde orbitaban Ernest Hemingway o E. E. Cummings, «las dos grandes promesas estadounidenses de menos de treinta», como le escribe al editor de Boni & Liveright, Thomas R. Smith. Fitzgerald fue una derrota anticipada a leguas. «Nadie narra los ascensos y a continuación las caídas como él. No es fácil escribir sobre una ola, especialmente si arrastra también al que escribe. Su vida, en realidad, no fue sino una fulgurante ascensión, una intensa fiesta, y un derrumbe sin remisión, dramático», señala el escritor gallego Juan Tallón en sus Libros peligrosos (Larousse).

Ambicioso, mujeriego y egocéntrico, Scott debía siempre más de lo que ganaba, que era mucho, quizá demasiado por entonces. «Ayer te mandé un telegrama para pedirte 100 dólares, con lo que mi deuda asciende a 3.171,66 dólares de nuevo. ¡Qué deprimente! ¿Alguna vez quedará saldada? Es probable que los cuentos no vendan ni 5.000 ejemplares», le dice el 20 de diciembre de 1925 a su editor, Maxwell Perkins, en una de las cartas recogidas en el libro El arte de perder, que acaba de publicar la editorial Círculo de Tiza.

Anda siempre sin blanca y vive de adelanto en adelanto gracias a los cuentos que publica en prensa y también, en menor medida, a sus novelas o a las adaptaciones teatrales de sus creaciones literarias. Además, se salta con asiduidad los plazos de entrega de sus trabajos, está muy pendiente de lo que se publica en el mercado editorial de la época, opina sobre cómo deberían ser las cubiertas de sus libros o da algunos apuntes sobre estrategias publicitarias, dejando en ellas algunas pinceladas de su carácter egotista, como puede leerse en la correspondencia del 20 de junio de 1922 con Perkins, donde le propone el siguiente texto publicitario: «Contiene el famoso cuento Porcelana y rosa, el clásico para la bañera, así como El curioso caso de Benjamin Button y otros nueve cuentos. En este libro, el Sr. Fitzgerald lleva sus dotes de humorista satírico hasta una altura en que pocos escritores estadounidenses vivos pueden competir. Las perezosas divagaciones de una imaginación brillante y poderosa».

También le dedica tiempo a la crítica literaria, como la que hace, sin contención, al libro Fiesta, de su amigo Hemingway, antes de su publicación en el año 1926. En una carta remitida al autor de Adiós a las armas, le espeta: «En cualquier caso, creo que algunas partes de Fiesta están descuidadas y son innecesarias (?) Cuando hay tanta gente que escribe bien y la competencia es tan aguerrida, no entiendo cómo has escrito estas primeras 20 páginas con tanta despreocupación».

En el prólogo de El arte de perder, el traductor y crítico literario argentino Martín Schifino hace referencia al desdoblamiento que se produce en la historia como escritor de Fitzgerald: «El cuentista mantiene al novelista y el novelista desprecia al cuentista y ambos conviven a disgusto». Al mismo tiempo, Schifino se refiere a ese choque entre literatura y circunstancias de la vida que fue siempre la existencia de Scott, tal y como el escritor reconoce en un ensayo publicado en 1920: «La historia de mi vida es la de la lucha entre una imperiosa necesidad de escribir y una combinación de circunstancias que se aliaban para impedírmelo».

Si para el escritor dublinés Brendan Behan lo más importante en este mundo era tener algo que comer, algo que beber y alguien que te quisiera, para Scott lo más importante de su vida era escribir, la fama, el alcohol y Zelda Sayre, que luego será ya siempre Zelda Fitzgerald. Muy al principio, cuando el amor entre ambos estaba todavía en llamas –a ella la había conocido en el verano de 1918, en el baile de un club de campo en Alabama–, el autor de A este lado del paraíso (1920) le escribió encendidas misivas y telegramas, como la fechada el 22 de febrero de 1919, desde Nueva York: «Cariño, tengo ambición, entusiasmo y confianza declaro todo glorioso el mundo es un juego estoy seguro de tu amor todo es posible soy la tierra de ambición y éxito y solo espero y confío que mi alma esté conmigo pronto».

Al menos, durante los primeros años, Zelda fue para Scott «de las cosas más alegres de mi vida», a pesar de las infidelidades y «las terribles peleas» que duraban incluso hasta cuatro días. «Pero seguimos estando tremendamente enamorados y casi somos el único matrimonio feliz que conozco», le escribe al poeta John Peale Bishop en abril de 1925, desde Roma. Estas circunstancias cambiarán hasta el punto de llegar incluso a lamentarse por tener que costear «lujos como la locura» de Zelda.

Ese mismo año, el 10 de abril, se publica uno de los libros más importantes en su trayectoria literaria: El gran Gatsby, que aunque recibe críticas y reseñas excelentes, no obtiene las ventas deseadas. «Si el libro es un fracaso comercial será por una de dos razones, o por las dos: 1. El título es apenas regular, más malo que bueno; 2. Y lo más significativo: el libro no tiene ningún personaje femenino importante y actualmente las mujeres controlan el mercado de la ficción. No creo que el final trágico importe mucho», le dice con cierta desilusión a su editor, el 14 de abril de 1925, al tiempo que espera al menos vender 20.000 ejemplares, ya muy por debajo de sus primeras expectativas: 75.000.

Años después, su otra gran novela, Suave es la noche, publicada también en un mes de abril pero de 1934, tampoco tuvo un gran tirón comercial y, encima, no fue respaldada por las críticas. «Suave es la noche, melodrama que refleja los problemas personales que fueron hundiendo a su autor a lo largo de los ocho años que tardó en escribirla, relata una historia de amor con psiquiatra y paciente y cambio de papeles en un momento determinado: una pareja con todo para ser feliz (como Scott con Zelda), pero que pronto verá cómo sus destinos se deslizan sutilmente hacia el abismo, hacia lo que Fitzgerald llamó «la pura bancarrota emocional», aseguraba Enrique Vila-Matas, que acaba de publicar esta semana nuevo libro, Marieband Eléctrico (Seix Barral), en un artículo titulado precisamente Suave es la noche.

Pese a todas estas complejidades y contratiempos vitales e intelectuales, Fitzgerald es hoy uno de los grandes de la literatura americana, a lo que ha contribuido, precisamente, las ventas de libros como El gran Gatsby. Scott, que según Piglia fue capaz de realizar mejor que nadie «la fantasía de ser un escritor», murió joven, con 44 años. Dejó una intensa vida y una buena obra. Y cartas, muchas cartas. Escritas a lápiz o a tinta. Con letra tranquila y a veces apresurada y nerviosa. Cartas como sueños. Para saber quiénes somos. Para saber quiénes fuimos.

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