Gabinete de personajes

El milagro de la vista en la percepción de la verdad

Repasamos la casi interminable lista de personajes con severos hándicaps visuales que terminaron siendo testigos preclaros de la realidad

12.03.2016 | 11:48
Louis Braille, el gran pionero en la escritura para ciegos.

Solamente la vista puede ofrecer una noción exacta de algunas verdades, invitándonos, con su inmensa gama de colores, a la contemplación de los grandes espectáculos del universo. De ahí la importancia que la humanidad ha dado al sentido de la vista y el sentimiento de religiosidad que inspiran la asistencia y educación de los ciegos.

El poeta latino Horacio, en su Arte Poética, destaca la importancia de los ojos en la adquisición de conocimientos y es que a través de la vista percibimos con más exactitud la esencia de las cosas: «Segnius irritant animos demissa per aurem/ Quamquae sunt oculis subjecta fidelibus et quae/Ipse sibi tradit spectator» («Las cosas que entran por los oídos impresionan el ánimo con menos vigor que las que están expuestas a unos ojos fieles y que el espectador contempla por sí mismo»).

Existe una ceguera que en muchas ocasiones no es apreciable a primera vista. Se trata de la enfermedad denominada daltonismo que consiste en la incapacidad de percibir uno o varios colores. A propósito de ella recordemos al científico inglés Juan Dalton, conocido por el descubrimiento de la Ley de Dalton que sirvió de fundamento a la teoría atómica.

Dalton no veía el rojo; otros enfermos no distinguen otros colores: verde, violeta, azul. Dalton fue quien primero descubrió este defecto que él padecía; por tal motivo es conocido con el nombre de daltonismo y de acromatopsia cuando el ojo deja de percibir todos los colores.

Existen casos de ceguera pasajera como el de San Francisco de Asís y el de Saulo de Tarso, distinguido por su celo en la persecución de los cristianos y convertido en San Pablo, apóstol y autor de importantes epístolas de gran resonancia en el mundo cultural y litúrgico.

Han sido muchos los santos ciegos y algunos de ellos padecieron la ceguera como martirio. De entre ellos, no podemos olvidar a la figura de santa Cecilia a la que leyendas piadosas suponen ciega. El cardenal Wiseman, en su novela Fabiola, introduce como uno de los personajes de su narración a santa Cecilia, La Cieguecita, que sabía de memoria todos los vericuetos de las catacumbas de Roma y guiaba a los cristianos por las oscuridades de las mismas llevando en la mano una antorcha.

Antiguamente, la humanidad, contribuía a la multiplicación del número de ciegos, aplicando el inhumano castigo de quemar los ojos con hierros candentes o sacarlos brutalmente. El largo desfile de estos suplicios comienza con el caso de Sansón al que los filisteos vaciaron los ojos. Las Sagradas Escrituras nos dicen que su esposa Dalila, sabedora de que la prodigiosa fuerza de Sansón estaba en sus cabellos, le cortó la cabellera y los filisteos pudieron condenarle a prisión. Más tarde, habiéndole crecido a Sansón nuevamente los cabellos, se abrazó a una de las columnas del Templo derribándola y aplastando bajo sus escombros a los filisteos allí congregados.

Otro de los casos fue el general bizantino Belisario, ilustre guerrero del Imperio Romano de Oriente y amigo, durante su juventud, del emperador Justiniano. En varias ocasiones le subió la fortuna hasta la cima de los honores y de las riquezas, y en otras le hundió en el abismo de la humillación y el enojo del Emperador.

Tal vez hay algo de leyenda en la historia que presenta a Belisario, convertido en mendigo, sentado en una plaza de Constantinopla y pidiendo limosna, sin ver a los que pasaban, ya que sus ojos habían sido cegados violentamente por orden del Emperador. Se ha hecho proverbial la frase que se pone en boca de Belisario, al pedir limosna: «Dad limosna al infortunado Belisario, a quien la fortuna cubrió de gloria y a quien cegó la envidia».

Otra personalidad víctima del horrendo castigo fue Pedro de la Viña, ministro de Federico II El Grande, emperador de Alemania. Algunos cortesanos, envidiosos de las riquezas y ventajas que le prodigaban, urdieron una conspiración que consiguió presentar a Pedro de la Viña como deseoso de organizar una revolución para deponer al Emperador. Federico II condenó a su ministro a perder los ojos y ser encerrado en prisión, donde se suicidó. Dante, en el canto XIII de su Infierno, ha evocado el caso del infeliz ministro de Federico II, reivindicando su memoria y proclamando su inocencia.

Más horrendo aún es el caso de Edipo que ha dado lugar a varias tragedias clásicas y modernas con su fatalidad que le lleva a matar a su padre y casarse con su madre, cumpliendo el destino del hado absurdo. Viéndose víctima de esta fatalidad, como si quisiera aplacar la cólera de los dioses, Edipo se impone el cruel castigo de quitarse los ojos.

A la cabeza de los hombres que lucharon por la labor asistencial y educativa de aquéllos privados de ese esencial sentido, señalaríamos al francés Luis Braille, el gran ciego favorecedor de ciegos quien con su obra ha conseguido situarse entre los mejores bienhechores de la humanidad. Perdió la vista cuando sólo contaba tres años. Con siete entró en el Instituto de ciegos de París y allí recibió la instrucción adecuada. Pero los métodos pedagógicos eran rudimentarios porque no se disponía de un alfabeto capaz de ser leído por los ciegos. Un oficial de artillería, llamado Barbier, había inventado un procedimiento gráfico sencillo que Braille aprendió; se le ocurrió idear otro a base de seis puntos salientes colocados sobre dos líneas perpendiculares, creando el hoy universalmente usado alfabeto, capaz de traducir todas las ideas.
Pero un caso sorprendente de aptitud para el trabajo artístico y de adaptación a la vida fue el del escultor francés Luis Navatel-Vidal que expuso por primera vez en París en 1859, precisamente el año en que se quedó ciego. No se derrumbó ante su desgracia sino que luchó con todas sus fuerzas contra la adversidad. Con la finura de su tacto sustituía la visión y llegaba a realizar verdaderas obras maestras. Especializado en la escultura de animales cuando trataba de modelarlos, su voz encontraba inflexiones tan dulces y tan insinuantes que el modelo parecía comprender que quien le hablaba era un amigo.

Otro importante ejemplo de lucha contra la ceguera fue el ilustre general Drouot, al que Napoleón consideró como el mejor artillero de su ejército. En 1804 prestó servicios en la armada, asistiendo a la batalla de Trafalgar. Como ayudante de Napoleón, le siguió a la isla de Elba y procuró disuadirle de su fuga. Intervino eficazmente en la batalla de Waterloo. Fue preceptor de Luis Napoleón sobrino de su ídolo y, más tarde, Napoleón III, Emperador de los franceses.

Referencia

Un destacado caso de ceguera digno de referencia es el de la marquesa madame Deffaut. Mujer de gran cultura, inteligente y adelantada a su tiempo. En carta escrita a Montesquieu, en 1752, revela cómo iba perdiendo la vista, aceptando este infortunio con una admirable serenidad de ánimo. Cuando comunicó a Voltaire que su ceguera era total, recibió una carta de consuelo que le decía: «Vos sois la persona por la cual siento el respeto más tierno y la amistad más inalterable». Y refiriéndose a sus ojos dijo: «¡Eran, en otro tiempo, tan brillantes, tan bellos! (€) ¿Por qué la naturaleza tiene este furor por estropear sus más bellas obras?».

Si nos referimos a hombres de ciencia podemos situar a la cabeza al médico, físico e iniciador de la teoría atomística, Demócrito. Cuando al final de su existencia, viejo y pobre, se vio ciego, no lo lamentó sino dio muestras de alegría porque la ceguera le permitía reconcentrarse mejor en sí mismo y meditar sobre la esencia de las cosas: cuentan que se cegó voluntariamente para comprender la naturaleza del átomo.

La historia nos habla de otros muchos ciegos insignes, hombres excepcionales, en el campo de la literatura, la ciencia y la música: Homero, Milton, Galileo, Haendel, Francisco Salinas, Delius, Paradis, Corbet, Joaquín Rodrigo€; y en el campo de la literatura española contemporánea: Galdós, que cegó ya viejo; Lamas de Carvajal, Rodríguez Pinilla€(véase Ciegos ilustres en la historia) .

Un ejemplo singular es el de Helen Keller. Esta gloria de la humanidad no sólo era ciega, sino sorda y muda desde los 19 meses y sin embargo llegó a poseer una gran cultura y a escribir de forma cautivadora. Todo el calvario que vivió se convirtió en una resurrección, obteniendo luminosas ideas sobre los más complejos problemas espirituales que supo expresar con sencillez y claridad elocuentes.

El espíritu que guió sus pasos, fue otra mujer excepcional de la que Keller dice en su diario: «El día más memorable de mi vida fue aquél en que mi institutriz miss Ana Mansfield Sullivan vino a instalarse a mi lado». En su gabinete de trabajo colocó un medallón de Homero para poder seguir sus facciones con las manos y comprender su pensamiento y emociones.

¿Cuántos ciegos habrá, no mencionados, no llevados al papel, que vivieron en este mundo, igualando o superando en méritos a los inmortalizados?

*María Jesús Pérez Ortiz es filóloga, catedrática y escritora

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