Crítica de arte

El arte malagueño toma Sevilla

Me desplazo a la capital hispalense para visitar tres exposiciones de otros tantos malagueños que darán mucho que hablar. Resulta fundamental la posibilidad de que nuestro arte pueda exportarse a otros lugares, también a ciudades tan cercanas, y que se cuente aquí

18.03.2016 | 23:09
«Retrato», de José Luis Valverde.

01 «Mal de archivo», Agustín Parejo School, comisariada por Jesús Alcaide Caac Sevilla (hasta el 22 de mayo)
«Towards the other», Miguel Azuaga, Sala Santa Inés, Espacio Iniciarte Sevilla (hasta el 17 de abril)
«Our men in Tahiti», Simón Zabell, Galería Alarcón Criado, Sevilla (Hasta el 25 de abril)

Este recorrido comienza con la visita al Centro de Arte Andaluz, donde puede verse la exposición, a modo de retrospectiva, del colectivo malagueño que mantuvo su actividad entre los años 80 y 90 Agustín Parejo School. La muestra, comisariada por Jesús Alcaide, forma parte de un intento por recuperar parte de las distintas manifestaciones artísticas que fueron surgiendo en Andalucía en aquellos años y que quedaron invisibilizadas en favor de lo que denominó Esteban Pujals Gesalí como «neopintura champiñón espontánea sin un antes y un después», refiriéndose a la incapacidad crítica de ésta y a su desarraigo social. Un ente inofensivo para lo público totalmente contrario al espíritu del colectivo malagueño, que con sus intervenciones y actitud crítica sembraron el terror en los políticos de la época siendo vetados en más de una ocasión, como ocurrió con el proyecto Sin Larios, que puede verse en la muestra. Y es que, concebido como masa anónima, el colectivo, formado en el barrio del Perchel, se mantuvo siempre fiel a sus principios críticos lo que quizás les granjeó algunos enemigos en la ciudad, de ahí que tengamos que desplazarnos hasta Sevilla para poder ver el trabajo de este grupo fundamental que mete el dedo en el ojo y golpea donde más escuece.

La segunda parada de este recorrido nos traslada a una mirada al Otro, en este caso, encarnado en el emigrante y en un contexto pasado en el que éste era español. Así, el planteamiento de Towards the other que lleva a cabo Miguel Azuaga es un cuestionamiento de su yo personal haciendo uso del relato familiar, que lo lleva a recorrer los pasos de su abuelo, un inmigrante español en Suiza en los años del franquismo. Un trabajo valiente de relectura del pasado común, el que llevó a muchos de nuestros antepasados a hacer las maletas en busca de un futuro y que también está ocurriendo hoy día con la fuga de muchos de los jóvenes en busca de trabajo en el extranjero. Un tiempo de retorno que Azuaga ejemplifica en su trabajo dejando un trasfondo de inquietud, como si este hecho fuera algo irreparable o si, para poder repararlo, hubiera que empezar por restañar las heridas de parte de nuestro pasado. Algo que él ya ha empezado a hacer cuando manifiesta en una reciente entrevista que «el arte no puede desvincularse de lo social» , sacando a relucir su posicionamiento estético donde el arte debería ser motor de cambio social.
La última parada la hacemos en la galería Alarcón Criado con motivo de la exposición de Simón Zabell Our men in Tahiti, proyecto en el que el artista va en busca de la figura del literato Robert L. Stevenson a la pequeña isla de la Polinesia donde el escritor produjo su último relato, Bajamar. Lo que vemos en la muestra es un ejercicio de traducción donde Zabell trata de extraer esa musicalidad inherente al documento original del referente en su serie de pinturas. Recordemos que Zabell es bilingüe –español e inglés– y que parte de su discurso lo centra en las posibilidades artísticas intrínsecas a ese proceso de la traducción. Para ello, inventa una especie de lengua que en sus pinturas cobra cuerpo mediante un recurso que se repetirá en toda la serie. En este caso, el recurso hace referencia a la moneda y es que el interés del artista en Bajamar de Stevenson reside en la crítica del texto al poder dominante del Imperio Británico sobre sus colonias, que se traduce en un expolio económico de la isla. Lo que hace que en la búsqueda de esa naturaleza primigenia que lleva a los artistas a estos lugares paradisíacos siempre aparezca el cliché, que no es otra cosa que un simulacro creado por el hombre occidental a posteriori pues el paraíso original es algo que la modernidad se encargó de eliminar por completo en el pasado siglo.



02 «Huile de poison (En el salón)» José Luis Valverde, comisariada por Carlos Miranda, Galería JM hasta el 2 de abril
Algo está pasando en Málaga cuando de la Facultad de Bellas Artes están saliendo a la luz proyectos tan atractivos y actuales como el que puede visitarse en JM de la mano de José Luis Valverde. Y es que, si a nivel pictórico pueden destacarse artistas como Gonzalo Fuentes, Javier Valverde o Federico Miró, no es menos cierto que en otras disciplinas, como la fotografía, el video o la instalación, están destacando otros como Victoria Maldonado, Javier Artero o el propio Miguel Azuaga, del que hemos hablado anteriormente. En esta ocasión nos encontramos con un trabajo en torno a la pintura como medio y como fin, en definitiva, como lenguaje capaz de eliminar de su superficialidad todo referente externo o, quizás, de producir una tensión de fuerzas entre aquello que parece emerger de la imagen pero que la propia pintura cuestiona. Es cierto que vivimos en un mundo invadido por las imágenes, una realidad convertida en simulacro como ya dijo Baudrillard, que, de alguna manera, nos hace ser presos de la representación. Intuyo que el carácter físico que Valverde otorga a su pintura es como un grito enfurecido contra esto; de lo contrario, me pregunto: ¿Qué sentido tendría pintar hoy día? La pintura pide su sitio, un sitio que más que ser un espacio de representación –espacio tomado por la fotografía–; se intuye como su opuesto, o como algo más complejo, un veneno que infecta al referente, un artefacto capaz de hacer saltar por los aires la rigidez de la lógica de la imagen haciendo que cuestionemos aquello que vemos. Por ello, la pintura, como la concibe Valverde, es, más que una imagen, un fuera-de-texto que la hace de alguna manera real, física, táctil, situando al espectador ante esa nueva forma que aparece frente a él, el agujero negro que lo succiona hacia otra nueva realidad.

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