Análisis

'El arte como un espejo de nosotros', por Víctor A. Gómez

Un balance personal, que evita la tentación de determinar los éxitos y los fracasos a partir de los números, de los primeros doce meses del Pompidou y el Ruso, la gran oportunidad de progreso sociocultural que se ha dado esta ciudad en los últimos años

27.03.2016 | 00:32
Un visitante mirando un retrato fotográfico de Pablo Picasso en el Pompidou.

Una de las citas más famosas de Jean Paul Getty es, en realidad, una pregunta. «¿Cómo se puede medir el éxito de un museo?». Si ni siquiera la supo responder el millonario de millonarios –el primer hombre cuya fortuna superó los 1.000 millones de dólares– y uno de los coleccionistas de arte más astutos y avezados de la historia, difícil que aquí podamos enmendarle la plana a la hora de esbozar un balance del primer año del Centre Pompidou Málaga y Colección Museo Ruso de San Petersburgo.

La tentación de emplear los números es peligrosa: las cifras ofrecen aproximaciones a las realidades, cierto, pero a la hora de abordar la gestión artística, y más en una ciudad con tan poca experiencia en el asunto como Málaga, arroja sólo medias verdades. Como escribió en un artículo (Los templos del arte, en el laberinto; diario El País) el presidente de la Asociación de Directores de Arte Contemporáneo de España, José María Parreño, «evaluar la labor de un museo a partir del número de visitantes es una suerte de peste numérica que hace caso omiso del significado y las consecuencias de la visita a un museo y simplemente la contabiliza; consecuencia de una interpretación neoliberal de la cultura, que convierte al museo en una empresa cuya rentabilidad hay que contrastar de forma objetiva». Curiosamente, esto sólo se aplica en el arte: ¿han leído alguna vez que una reseña de un concierto, por ejemplo, se base en la cantidad de público que pasó por taquilla?

No seamos ingenuos. El relativismo en todo lo relacionado con la cultura es utilizado también por sus gestores para su ventaja: «Sin una definición clara de éxito, tampoco hay una definición de fracaso. Por lo tanto, los museos, por falta de definición, no pueden fracasar» (Cultural Strategy Partners, Measuring success: Why Museums Can´t Fail). Así que, sí, los números importan, cómo no: al final, no podemos olvidar que son instituciones que, en el caso del Pompidou y el Ruso, se sostienen con unas nada desdeñables partidas de dinero público y, por tanto, la ciudad a la que sirven exige resultados. Bien. ¿Qué resultados? Ahí está la cuestión.

Como no puedo arrogarme la representación de un cierto porcentaje de la sociedad civil malagueña, me temo que tendré que hablar de mí, en primerísima persona. Yo crecí muy cerca de Tabacalera pero cuando por ahí no estaba ni La Térmica, ni siquiera el Parque del Oeste... Era fácil sentirse ciudadano de tercera cuando la única institución cultural que tenía a mano era un quiosco. Por eso, cuando me planté por primera vez en el Museo Ruso sentí que aquello, de alguna manera, era una vindicación, la satisfacción de una deuda que se tenía conmigo y con los vecinos, aunque, en realidad, ni yo ni ellos sentíamos que existía tal impago.

Pero es que, además, adentrándome en el flamante museo me di cuenta de lo fenomenal de su stock artístico, lo suficientemente atractivo para que el curioso vaya y, una vez convertido, regrese. Porque yo iré de nuevo para redescubrir las obras de un desconocido para mí que ahora está en mi santoral pictórico: Arjip Kuindzhi. Y como yo seguro que muchos habrán añadido nombres y apellidos a sus listas de predilecciones. El museo como gabinete de descubrimientos: eso sí que suena a una genuina función de un centro artístico. O en las palabras de Bill Viola: «La gente hoy tiene en los museos las experiencias que antes tenía en la iglesia».

Y ya lo he escrito alguna vez en estos papeles: me reconforta saber que los futuros gestores, políticos, artistas, albañiles y mecánicos de esta ciudad serán personas que, de pequeños, vieron piezas de Marc Chagall o Frida Kahlo en una visita escolar. Seguro, harán una ciudad mejor que la de ahora, conformada por adultos que de pequeños fueron llevados a fábricas de bollos y refrescos como si fueran grandes atracciones. Ellos sí habran sentido cerca a muchos de los maestros, habrán sentido que los merecen y, por tanto, no habrán tenido ese maldito complejo de inferioridad –peor o mejor motivado; complejo, al fin y al cabo– sobrecargándoles sus espaldas.

El legendario realizador de documentales Frederick Wiseman dedicó doce semanas de su vida a pasear por la National Gallery como preproducción de su (imprescindible) película sobre la pinacoteca. «Observé las pinturas y observé a la gente observando a las pinturas, y me di cuenta de que los cuadros siempre devolvían la mirada a aquellos que las estuvieran mirando. Fue un descubrimiento fascinante. Una cosa es pasear por un museo y mirar sus obras de arte y otra completamente diferente es saber cómo comunicarte con una pintura», reflexionó el cineasta en The Japan Times. A veces me da la sensación de que Málaga aún sólo sabe pasear y mirar obras de arte. Pero es normal: aunque ahora casi todos vayamos de expertos en todo tipo de ismos aquí no habíamos ni olido los acrílicos de tantos maestros hasta hace nada. Y qué maravilla poder ver tanto por primera vez, ¿verdad?

Paradójicamente, las primeras veces en la gestión cultural son su peor enemigo. Me explico; bueno, en realidad, lo explica, de nuevo, Parreño: «Resulta infinitamente más fácil encontrar apoyo político y recursos económicos para crear un nuevo centro que para garantizar la continuidad del que ya existe. La lógica de la novedad, la avidez de quien tiene los recursos por darse realidad como noticia produce, en efecto, esa tendencia a dar prioridad a las inauguraciones sobre las continuaciones. Esto es, naturalmente, absolutamente contraproducente en cualquier labor cultural, que sólo rinde frutos a medio o largo plazo».

Yo hace tiempo definí el plazo que considero aproximado para conocer la utilidad de estos museos, especialmente en el caso del Pompidou: los franceses se llevarán sus obras dentro de cuatro años –nueve, a lo sumo, pero no creo que los tengan tanto por aquí–; entonces, el Cubo de Daniel Buren será un espacio vacío, un lienzo en blanco. Lo que determinemos que se haga con él será el medidor exacto de lo que hemos disfrutado y aprendido junto a tantas piezas maestras y tantos autores fundamentales –al fin y al cabo, ¿no fue nuestro gran paisano Pablo Picasso quien dijo «Deme un museo vacío, que yo lo llenaré»?–. Entonces podremos demostrar si realmente sabemos comunicarnos con el arte, si hemos acabado siendo unos espectadores a la altura de lo que hemos tenido delante de nuestros ojos. Porque sólo si concebimos el arte de contemplar arte como una ocasión de transformación personal conseguiremos que también sea la oportunidad del progreso social («El mundo es lo que hacemos a través de nuestra percepción de la realidad», dijo Terence McKenna), de una ciudad que, como yo mismo en mi niñez, lo estaba pidiendo a gritos sin saberlo.

En «National Gallery», uno de los guías de la pinacoteca les dice a los visitantes: «Lo único que no tiene una pintura es tiempo». Pero los museos sí lo tienen. Y sus primeros doce meses de vida son como los 100 días que se les concede a los gobernantes como plazo de gracia: insuficientes pero definitorios. Así que, sí, haré mi balance del año del Museo Ruso y del Centre Pompidou Málaga: han hecho que me sienta más ligero de complejos y más cargado de experiencias; han motivado una cierta reconciliación con una ciudad, la mía, a la que he despreciado en ocasiones y han conseguido, por ejemplo, que los medios de comunicación conciban la cultura como algo que va mucho más allá del talento y la creación. Como Getty, no tengo ni la más mínima idea de para qué sirven los museos, pero sí tengo clarísimo que deben ser útiles. En este sentido, como una obra de arte, que existe para ser vista, el museo no es una obra cerrada, terminada, sino un vehículo que acaba siendo definido con más acierto por quienes lo usan (y quienes no); como el arte no es una cosa sino «una manera» (Elbert Hubbard), un centro cultural lo determina la sociedad a la que sirve, así que no esperen que José María Luna y Francisco de la Torre hagan el balance del Pompidou y el Ruso por ustedes. Ni yo tampoco. A veces, me gusta imaginar que los lienzos que cuelgan en estos museos son, en realidad, espejos enmarcados, cristales que nos reflejan a nosotros mismos pero también nuestras ambiciones y fracasos, nuestros sueños y pesadillas, alegrías y miedos... Mirémonos entonces en las obras de los dos nuevos museos, seamos críticos pero no crueles con nosotros mismos y aprovechemos el reflejo no para saciar vanidades sino para pulir imperfecciones.

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