Crítica | Música

La escuela francesa en el atril

19.04.2016 | 05:00

Filarmónica de Málaga en el Teatro Cervantes

  • Programa: Petite Suite, CD. 71, de C. Debussy; Poème, para violín y orquesta en Mi bemol, op. 25, de E. Chausson; Tzigane. Rapsodia de concierto para violín y orquesta, M. 76; Bolero, M. 81 y Rapsodia española, M. 54, de M. Ravel. Director: Manuel Hernández Silva. Solista: Josef Spacek, violín.

Con el inicio de la recta final de la temporada veinticinco de la OFM, el primero de estos tres abonos conclusivos centró su atención en el país galo. Una escuela que históricamente ha rivalizado su influencia con los compositores españoles de la última mitad del siglo diecinueve y la centuria pasada. Sin duda, un concierto lleno de interés ya que entre su repertorio no sólo es posible identificar formas trasladadas por un lenguaje destilado en el Conservatorio de París sino también la influencia e inspiración que tuvo a España como una de sus fuentes.

Recital que miraba a Iberia, se recreaba en la danza y descubría al público aficionado formas concertantes de la mano del Vuillaume de Josef Spacek, joven solista formado entre Praga y Juilliard. Su violín protagonizó la primera parte del abono. Entre los profesores de la OFM quedaba un atril vacío ocupado respetuosamente por un ramo de rosas. El oboísta José Ballester, malagueño de adopción, nos dejaba al comienzo de la semana pasada justamente preparando este concierto; reinó el silencio en un merecido reconocimiento tanto de sus compañeros de la Filarmónica y también de todos aquellos que vivimos de cerca a nuestra orquesta. Qué mejor homenaje que hacer música con un repertorio que la OFM domina.

Ravel y Debussy escribieron mucha música para piano –nada extraño si tenemos en cuenta que fueron grandes pianistas– y el tiempo, con la solera que este imprime, vería su traslado al conjunto sinfónico. El ejemplo lo encontramos en la Petite Suite, si bien su orquestación la realizaría Büsser, Debussy siguió sus trabajos de cerca. Página plagada de sutilezas estilizadas y que encuentra en las maderas su elemento motor. Música muy perfumada y a su vez pictórica, descriptiva. Estructurada en cuatro tiempos, la batuta de Hernández Silva conjugó una dirección de acentos y ritmos ligados dotando a la partitura de un decidido carácter paisajista.

Debussy enmascara en su Suite un concierto para orquesta que en el caso de Chausson se transforma como concierto para violín, con César Franck y Wagner entre líneas. Lejos de la mera especulación o el intento de arrebatar al oyente, Chausson nos propone una reflexión desde una perspectiva cristalina y pura. Idea, la de música pura, que hizo suya el violín de Josef Spacek. Huyó del virtuosismo vacío y chispeante para construir desde la técnica, impecable por otro lado, el universo interior que imprime el autor en el pentagrama. En esta misma línea, y cambiando la mano creadora aunque no el registro, en Tzigane. Rapsodia de concierto para violín y orquesta, primera obra de las tres programadas para este abono de Ravel, Spacek nos desveló la plenitud creadora y magistral orquestación del músico francés.

Tras el descanso el Bolero y la Rapsodia española ocuparon el resto del concierto. Encargo de Ida Rubinstein, España y la danza dominan ese genial crescendo sobre la base de dos breves temas que se suceden rítmica, obsesiva y tímbricamente. Una de las grandes obras del siglo pasado pero también de lucimiento de las distintas secciones de la orquesta y atriles solistas, especialmente la sección de percusión. La firme tensión de la caja de Leopoldo Saz junto al control dinámico ejercido por Hernández Silva escribieron una lectura inolvidable. El broche de la noche llegó con los aires joviales de la jota que concluye la insistente y marcada Rapsodia Española.

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