Vida y milagros de un zurdo

Puesta de largo en Madrid

16.06.2016 | 05:00

Tirado por los suelos de El Piso, en Fuengirola, terminando el show con la banda, se me vino a la cabeza la frase que mi querido bajista Oliver Sierra me soltó cuando me dijo que había cerrado una fecha antes de la presentación del disco en Madrid –lo que nos hacía tener poco tiempo para dormir a la mañana siguiente pues salíamos en furgoneta bastante temprano para la capital–: «¿Qué somos, Parchís o rocanrol?». Sin duda, rocanrol. Así que di un brinco con mis cien kilos por banda para levantarme y saludar al respetable que aplaudía el final del concierto, que terminamos bastante entrada la madrugada.

Siete horas de furgoneta por delante y mucha guasa dentro del vehículo. Adolfo Caimán, que venía a tocar las acústicas; Manuel Moles, mi teclista y mano derecha; Pepe Salas, que había sido el artífice del transporte y de que el nivel de socarronería estuviera por las nubes, y el propio Oliver Sierra, que seguramente estaría maldiciendo a Parchís con toda su alma y su sueño. El resto de la banda, Coki Giménez, batería de lujo, y Pepe Blanca, compañero de fatigas en las guitarras, tiraba por su cuenta. Toda una expedición malaguita de los mas granada.

Madrid estaba hasta rebosar de turistas y los hoteles y hostales no os quiero ni contar... Con tres semanas de antelación intentaba buscar algún lugar donde caernos muertos después del concierto y no había manera. Tuve la suerte de encontrar un hostel de estos modernos donde te alquilan cama y sábanas aparte. Imagínense a cinco leones metidos en lo que parecía más una celda de la comisaría de Leganitos, bártulos incluidos. De película.

El calor doblaba el termómetro y nosotros doblábamos la capacidad de asimilación de cerveza. Agradecer desde aquí a Adolfo y Salas las risas y estar pendientes de un servidor.

Costello estaba recién reformada y era un lujo poder trabajar con un técnico y un sonido tan profesionales. El chorreo de invitados no se hizo esperar: mi hermano Candy Caramelo ya estaba allí pendiente de todos los detalles –como siempre, un señor–; Fernando Martín llegaba con su hijo, el malagueño Lorenzo Azcona con su saxo y su arte a la espera de perpetrar un Sábado a la noche de Moris mítico y el gran José Niño Bruno con los palillos preparados para asaltar la batería. El público iba entrando poco a poco observado por el resquicio de una puerta entreabierta de los camerinos, con sus discos en la mano y pidiendo las primeras cervezas. El show estaba a punto de empezar, los camerinos eran un hervidero... Y ya estaba yo con la guitarra colgada y Coki claqueando la cuenta atrás. La energía empezaba a fluir y el respeto de tomar la alternativa en la capital se iba disipando en cada acorde. La banda era un cañón, mi poca vergüenza estaba desbordada y los temas del nuevo disco se iban desgranando como cañonazos al aire. Primero Fernando, con su Tan alto como nos dejen, de sus Desperados; luego, el hermano Caramelo junto a José Bruno, rememorando Quién Asó La Manteca, de Calamaro, con una vuelta de tuerca al blues y el corte Puro Placer del disco, que sonó como una apisonadora. Lorenzo Azcona bordó una introducción en Sábado a la Noche que nos hipnotizó a todos para luego reventarla con el saxo más rockero que he escuchado nunca. Era como estar viviendo un sueño:, tener una banda como la que subí a Madrid completamente entregada y con un buen rollo increíble luchando hasta la última coma cada canción, mirar para un lado y ver a tus ídolos de juventud dándote los galones y la bendición, mirar a otro y ver a tu hermano Moles, compañero de fatigas, disfrutarlo contigo, no tiene precio. De Madrid al cielo y de Málaga al Costello. Bendita sea esta ciudad donde los sueños se cumplen si puedes perseverar. Sentaditos en la cumbre, de qué nos podemos quejar.

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