Frente a frente

Entre Cervantes y Shakespeare (IV): Cardenio según Shakespeare

Se cumplen cuatro siglos de las muertes de Cervantes, y Shakespeare, considerado como el mejor escritor en lengua inglesa. El serial que ahora se inicia pretende ser una divagación desenfadada sobre temas relacionados con uno y otro

10.07.2016 | 19:01
Detalle de la obra Penitencia de Don Quijote en Sierra Morena (1818).

Hay libros que nunca existieron, como los que François Rabelais inventó en Gargantúa y Pantagruel: Ars honesti petandi in societate, de Maitre Hardouin de Graetz; De modo cacandi, de Pierre Tartaretus, y Fornicarium artium, de autor desconocido.

Cabe añadir los títulos urdidos por Jorge Luis Borges: la novela El jardín de los senderos, de Ts´ui Pen; los capítulos del Quijote, arduamente escritos, que no copiados, por Pierre Menard en pleno siglo xx; el tomo elusivo de la decimoséptima edición de la Anglo-American Cyclopaedia, que hace mención del misterioso país llamado Uqbar; El libro de arena y tantos otros.

Existe incluso la crítica de libros inexistentes, en la que fue maestro Stanislaw Lem, con su obra Vacío perfecto, donde incluyó reseñas de varios de esos libros y, como coartada, una crítica del propio Vacío perfecto, libro que existe necesariamente, desde el momento en que se encuentra en nuestras manos.
La literatura que imagina textos que nunca existieron, pero que podrían haber sido escritos, tiene su contrapartida: la constatación de que algunas obras se perdieron para siempre, por desidia, ignorancia, envidia o encono.

La Antigüedad es, en este sentido, una inmensa biblioteca de textos perdidos. Por poner tres ejemplos, solo se conservan siete de las entre setenta y noventa tragedias que urdió Esquilo, y una está en entredicho; siete de las casi ciento veinte que escribió Sófocles, y dieciocho o diecinueve de las más de noventa que compuso Eurípides.

Es, también, el caso del teatro inglés representado entre los años 1576 y 1642, del que se estima que el 60% se perdió sin dejar huella textual, por la simple razón de que las obras teatrales de entonces no solían imprimirse.

Y es también el caso de Cardenio, comedia que, según consta en el registro contable donde se inscribían los pagos hechos por el Tesorero de la Cámara del rey de Inglaterra, fue representada dos veces en 1613, ante diversos personajes de la Corte, por la compañía teatral Los Hombres del Rey, de la que Shakespeare era socio.

Nada vuelve a saberse de la obra hasta que, en 1653, el librero Humphrey Moseley inscribió en el Registro de Libros de la comunidad de libreros e impresores londinenses los títulos de cuarenta y una obras teatrales, sobre las cuales poseía un derecho de propiedad exclusiva.

Una de esas obras era La historia de Cardenio, sin duda la misma representada en Londres cuarenta años antes, y cuyos autores son nombrados por primera vez: John Fletcher y William Shakespeare.
¿Qué tiene de particular este Cardenio? Que nos remite a un libro publicado en 1612, sin nombre de autor: The History of the Valerous and Wittie Knight-Errant Don-Quixote of the Mancha. Es la traducción que Thomas Shelton hizo de la novela de Cervantes, cuya primera parte, que aún no lo era en esa fecha, había sido impresa en 1605 en Madrid.

Vemos, pues, que, al año siguiente de la primera traducción del Quijote al inglés, Fletcher y Shakespeare, que por entonces escribían juntos y ya habían urdido dos obras, Enrique VIII y Los dos nobles parientes, se fijaron en una de las muchas historias secundarias de la novela cervantina: la de Cardenio, Luscinda, don Fernando y Dorotea.

Hagamos memoria: Cardenio es un joven noble cordobés que, por desesperación amorosa, se estableció en Sierra Morena, donde vive en el hueco de un alcornoque y salta de roca en roca como un chivo, con el rostro quemado por el sol y las ropas desgarradas.

Locura

La locura de uno refuerza en cierto modo la del otro. Don Quijote, por amor a Dulcinea, planea hacer lo mismo. Se quita los calzones y da unas cuantas volteretas en cueros, para que Sancho, que parte para informar a su amada, pueda jurar sin mentir que su amo está loco.

Cuando Cardenio y don Quijote se encuentran, es como si se miraran en un espejo:
«El otro, a quien podemos llamar el Roto de la mala Figura –como a don Quijote el de la Triste–, después de haberse dejado abrazar, le apartó un poco de sí, y, puestas sus manos en los hombros de don Quijote, le estuvo mirando, como que quería ver si le conocía; no menos admirado quizá de ver la figura, talle y armas de don Quijote, que don Quijote lo estaba de verle a él.»

Cardenio ha sido víctima de su traicionero amigo don Fernando. Este, no contento con seducir a una joven llamada Dorotea, le ha quitado a su amada Luscinda, con la que Cardenio iba a casarse.
La historia de Cardenio se imbrica en la de don Quijote, porque Dorotea, que también se encuentra en Sierra Morena, accede a disfrazarse de princesa, para pedir ayuda a don Quijote y conseguir, con una serie de engaños, propiciados por el cura y el barbero, que el Caballero de la Triste Figura baje la guardia y acabe volviendo a su aldea.

Todos coinciden en una venta, y también Luscinda y don Fernando. La historia de Cardenio tiene un doble final feliz, porque acaba recuperando a Luscinda, y don Fernando, que pide perdón, se casa con Dorotea. La de don Quijote, en cambio, termina en desventura, porque regresa a su aldea en una jaula tirada por bueyes.

Que Shakespeare y Fletcher se fijaran en una historia secundaria del Quijote no resulta demasiado extraño, habida cuenta de que los dramaturgos de la época andaban siempre a la caza de material ajeno, y el propio Shakespeare había encontrado los temas de sus obras en libros de historia y cuentos italianos.
Lejos de contar solo las peripecias de don Quijote y Sancho, el libro contenía un aluvión de argumentos, susceptibles de ser adaptados y mejorados.

El Cardenio de doble autoría había vuelto a desaparecer sin dejar rastro, y algunos dudaban de su existencia, cuando Lewis Theobald, uno de los editores de Shakespeare más notables en la primera mitad del siglo xviii, publicó una comedia, Doble falsedad o los amantes afligidos, que presentó como una adaptación del Cardenio, para cuya redacción, según afirmaba, había utilizado tres manuscritos diferentes del Cardenio original, que obraban en su poder.

Doble falsedad tuvo un éxito rotundo, y se representó durante más de sesenta años, entre 1727 y 1791. La suerte ulterior de los tres manuscritos se desconoce, y aún se discute si Theobald, que nunca los enseñó, llegó a inventárselos, para investir de autoridad una obra propia.

Sin embargo, análisis de estilo recientes parecen confirmar que Doble falsedad se basa en uno o dos manuscritos escritos parcialmente por Fletcher y por otro autor, que pudo ser Shakespeare o no.

Aunque el texto no conserva pasajes atribuibles con claridad a Shakespeare, cabe la posibilidad de que el trabajo de edición de Theobald fuera tan concienzudo que los volviera irreconocibles. Así ocurre con algunos editores, que quieren ser autores de las obras ajenas.

Dado que Doble falsedad es sustancialmente más breve que otras comedias de Shakespeare, se especula con la idea de que Theobald suprimiera parte del argumento original, y de que esa sea la razón de que don Quijote ni siquiera aparezca.

La doble conmemoración de Shakespeare y de Cervantes ha resucitado Doble falsedad, que ha sido representada y publicada como Cardenio, la obra perdida de Shakespeare. Incluso se han hecho desadaptaciones, por así llamarlas, que intentan revertir la concienzuda mixtificación de Theobald.

En El misterio del cisne (El joven Shakespeare), aventuro que el único manuscrito existente de Cardenio se perdió en 1613 durante el incendio del teatro El Globo, cuando el taco de un cañón disparado a la entrada del rey Enrique VIII, protagonista de la obra que se estaba representando, hizo arder el techo de paja, y con él las obras almacenadas en el depósito de comedias, que se encontraba en el propio teatro.

*Vicente Muñoz Puelles es escritor

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