Enigma histórico

Los hospicios de la letra impresa

La lenta erosión del tradicional ecosistema de librerías va confinando los tomos en rastros y mercadillos, espacios de gran solera literaria. Con Ramón Gómez de la Serna y Pío Baroja como cicerones, nos adentramos en los templos informales de las letras

10.07.2016 | 19:01
Ramón Gómez de la Serna, un asiduo del Rastro madrileño.

­«€ya atisbaba yo que la épica era un fracaso de chatarras» (Ramón Gómez de la Serna)

Es conmovedora la agonía del libro de papel, que aún se sacude el viático y se levanta de la cama en romántica busca de lectores. Poco a poco van menguando las librerías, los libreros y hasta las entendederas para leer, pero este menesteroso amigo combate su crepúsculo con admirable entereza. En el lento declive, las obras de acogida y los baratillos le prestan sus escaparates para que ensaye una penúltima seducción, como la veterana esquinera que extrema el rímel y el carmín frente a los jóvenes viandantes, antes de verlos engullidos por los neones de la noche.

Exangüe se recoge en estos hospicios el libro tradicional, pero las vitrinas de la desolación también tienen sus encantos. En ellas luce al fin desjerarquizada la letra impresa: todas las Sombras de Greyes y Alfonso Reyes. Adiós cánones y tabicaciones genéricas, en niveladora promiscuidad se ofrece la obra maestra del realismo decimonónico junto al recetario de cocina, el manual de mecánica adosado al abstruso poemario de vanguardia. Espacios donde los desfallecidos tomos se adunan y se van conformando para la extinción, que como toda muerte ejerce un gran poder igualador.

Lo nuevo no es tanto el hospedaje de ejemplares en rastrillos –algo de alma buhonera han de esconder sus páginas–, como el paulatino desalojo de otros recintos que los va reduciendo en ellos. Por eso, aunque algunos prediquen hoy del libro con malicia que ya no tiene ni quien lo hojee, el auténtico bibliófilo hace tiempo que avistó su tierra de promisión entre la quincalla.

Rastrear volúmenes en los mercadillos es rendirse al acaso, a la contingencia, dejar que sean ellos quienes imanten el trayecto y jalonen la deriva. Rondas capitaneadas por el azar a las que hay que acudir como un enamorado iluso a la primera cita, presto a dejarse seducir sin muchos miramientos. No pocos escritores han sucumbido a ese vértigo para acabar haciendo libro de sus pesquisas entre arretrancos, certificando así un abrazo correspondido entre literatura y chamarilería.

En Ramón Gómez de la Serna se cumple de forma ejemplar esa doble condición, esa hospitalidad recíproca con las recovas, acogedoras de su obra y acogidas en ella. Si los restos de edición de sus libros acaban a menudo enseñando la nariz en los mercadillos, suyo es el tomo emblemático que celebra estos zocos, El Rastro, que en su formulación es la lonja madrileña pero también un espacio arquetípico en el que cualquier ciudad desagua sus trastos.

El Rastro es el verdadero locus amoenus ramoniano, perímetro donde despliega feliz su poética del cachivache. Se demora ante los objetos arrumbados en el archipiélago de puestos, los manosea de tropos y luego se desvía curioso tras los visos que hace una cacerola al solajero o una botella azul en la que cree ver cifrado el fluídico misterio de la vida.

Estamos ante un libro deshilachado y anárquico, traído y llevado por las obsesiones del autor, por sus vagabundeos a la búsqueda del fogonazo metafórico que ilumine el párrafo. A pesar de la estructuración en capítulos, no hay otro orden en sus páginas que el que vertebran los fulgores analógicos de Ramón y su consunción casi instantánea. Este menudeo es el que exaspera o fascina, según los lectores y los días, pero De la Serna sólo puede existir espejado en todos esos objetos que amueblaron su literatura y su vida. ¿Qué fue, en definitiva, el célebre Torreón de Velázquez sino una gruta de buhonero cinco estrellas?

Espacio repentizado y proteico, que se resiste a ser fijado, el Rastro inspira a este autor un libro que es su doble, inestable, hecho de recovecos, escombrado. La cacharrería dislocada, desubicada, ya sin su porqué, puede apuntar entonces a otra cosa, se puede desdoblar al contacto con la imagen poética. Por eso De la Serna se acerca a las cosas con el cristal del anteojo roto adrede, buscando la mirada insólita que las contemple como nunca antes, para buscar en ellas una epifanía que al final del trayecto se le revelará como presentismo. Por otro lado, Ramón ha demostrado una fidelidad al Rastro madrileño a prueba de exilios argentinos y sepelios. Ni la lejanía austral ni la muerte lograron socavar su puntual cita con la recova capitalina, que siguió y sigue frecuentando delegado su espíritu en la literatura torrencial de sus libros, en esa gran escollera de greguerías levantada a lo largo de miles de páginas contra el tedio y la tiesura de la escritura seria.

Hacia el final de su recuento, De la Serna avista a Pío Baroja huroneando entre los puestos, entretenido con rimeros de libros entre los que asoman sus propias novelas. El vasco no dedicó ninguna monografía a los mercadillos, pero se podría componer una muy curiosa entresacando impresiones de entre sus muchos libros misceláneos.

Ciudades con carácter

El autor de Las inquietudes de Shanti Andía quiere sorprender el carácter de las ciudades justo donde éstas van perdiendo lo que tienen de amable escaparate y tarjeta postal. En esos espacios laterales se reconcentra toda la personalidad de la urbe, inmune a las asepsias de la vida contemporánea. «La gente del tiempo actual parece que se ha apoderado de un pueblo que no es el suyo», llega a afirmar. Se acerca a las calles siniestras y los edificios sombríos con un escalpelo morboso, con algo de fisiognomista, como si fueran tumoraciones sintomáticas de la psicología metropolitana. Hay algo de observador curioso y también de superstición en esta manera de proceder, pero Baroja, a diferencia de De la Serna, no evita la mirada nostálgica y retrospectiva, sino que la acentúa, y también hace de su deambular por estos barrios una constante evocación de lo que aún guarda una esencia del pasado.

Los mercados callejeros situados en los parisinos muelles de Montebello y Saint-Michel llaman pronto su atención, polo de atracción de «bibliófilos y anticuarios, numismáticos y filatelistas». Lo pintoresco, lo revuelto, lo contrastante, tiene su asiento en la línea de cajones de baratillo colocados sobre el perfil del Sena. «El viejo microscopio no se avergonzaba a verse del lado del insulso tomo de poesías o del rameado chaleco de otras épocas», rememora el autor en sus memorias Desde la última vuelta del camino. Este último Baroja tiene ya la suficiente perspectiva como para notar la progresiva domesticación de los rastros, que han perdido lo que tenían de peligro en sus años de juventud: «Avanzar hacia la Ribera de Curtidores vestido de señorito, con su bombín, como solíamos ir la mayoría de los estudiantes de este tiempo era algo temerario. (€) Los traperos y baratilleros del Rastro de hoy son de una amabilidad y de una cortesía digna del Petit-Trianon».

Otros escritores no hicieron literatura de los mercadillos, pero sí hallaron en ellos la única forma de comercializar la suya. El poeta y narrador riojano Armando Buscarini (1904-1940) fue un repudiado hasta de los rastros convencionales. Adelantado de la autoedición y el crowdfunding, se financiaba él mismo la publicación de sus opúsculos líricos, que luego trataba de vender en un tenderete cutre que extendía en medio de la madrileña Calle de Alcalá, unipersonal rastro abatible. Con la venta de unos poemarios sufragaba la publicación de otros, y así iba malviviendo en una bohemia enconadísima y enturbiada por los síntomas cada vez más inequívocos de la enfermedad mental. Tras concluir que su madre trataba de asesinarlo escondiendo agujas entre la miga del pan, fue internado sucesivamente en los manicomios de Valladolid y Logroño, establecimientos donde pasó los últimos 11 años de su vida en una locura pacífica que no desdeñaba la sensatez.

Buscarini sufrió hasta lo indecible, sobrellevando una vida desgraciada que hubiera doblegado a cualquier otro. Pero había en él una fe ciega, y seguramente ilusa, en la literatura que lo engrandece. Refractario a las estéticas de su tiempo –el modernismo epigonal y la avanzadilla vanguardista– cultivó un romanticismo rezagado y tierno que le valió ser despreciado por las instancias literarias e ignorado por la posteridad. Sólo recientemente se ha vuelto con detenimiento sobre esta vida y su obra, a la que se ahora se le reconoce cierto encanto y hasta algún trato con las musas. El improvisado puesto callejero de Buscarini es un ejemplo extremo y desclasado de mercadillo de libros, reconcentrado y solitario, desterrado de todos los otros destierros.

Hubo una antología que sí acogió en sus páginas la lírica de Buscarini, la de poetas españoles contemporáneos que publicó César González Ruano en 1946. Si como afirman sus biógrafos el autor de Viaducto fue un embaucador de cuidado, al menos en su faceta de antólogo mostró una piedad y una hospitalidad conmovedoras. La suya es una recopilación ecuménica, acogedora de todos los poetas, a los que da lumbre y trata de redimir de la intemperie del olvido, aunque al final la olvidada haya sido la minuciosa antología.

El caso es que Ruano también dejó escritas sus impresiones del Rastro madrileño, esparcidas entre la inabarcable literatura de sus artículos. «Sobre nuestro castizo, tentacular, polícromo y matritense Rastro», comienza uno de estos textos, en el que el periodista parece soplar los rescoldos del poeta de vanguardia que una vez fue, para celebrar la condición plural de este espacio, su facha abigarrada y promiscua. El muestrario despierta al ultraísta que aún alentaba en Ruano, y entonces entendemos que la ganga de estos mercadillos son las imágenes poéticas, que la verdadera mercancía que se desparrama en sus puestos son las metáforas, prestas a infundirse en el escritor que se acerque «con una pluma no demasiado miope». El autor no se entremezcla con las cosas y las gentes, no alcanza su intimidad como De la Serna, pero aun en esa media distancia es capaz de captar sus destellos y trazar una panorámica que despereza al articulista rutinario para abrir la puerta a la literatura.

El caso de Wolf Stein

En El coleccionista empedernido, Philip Blom nos presenta al sexagenario Wolf Stein, que con 17 años fue deportado por los nazis a un campo de concentración. Logró sobrevivir a ese horror, pero desde entonces su vida quedó varada, congelada en ímpetus y retraimientos que se neutralizaban y marraban cualquier avance. Tras cuarenta años de estudios tenía aún pendiente de coronar su licenciatura en Medicina, a la que se acercaba como Aquiles a la tortuga. Fueron cuatro décadas en las que su generosa vivienda había ido cediendo cada vez más espacio a los libros –médicos y de otros muchos tipos–, que ahora entorpecían las escaleras y sofocaban las paredes con un saber abigarrado del que ni siquiera su propietario quería responsabilizarse. Se podría decir que, a su manera y sin ser muy consciente de ello, su gran proyecto había sido la construcción de esa lenitiva biblioteca, por falta de mejor nombre para señalarla. No queda muy claro si para simularle un orden al mundo, para subvertirlo o acorazarse contra él, pero tras su traumática experiencia no halló otra manera de congraciarse con la vida que forrándola de libros.

Hay quienes hoy quieren reducir todo el problema del libro a una esgrima de formatos y soportes, en ese lenguaje tecnófilo que lo va colonizando todo. Aseguran que en las entrañas de una tablet yacen cientos de títulos agazapados en lo digital, pacientes en su espera de ser leídos y equiparables con los tradicionales en su cordialidad.

Pero es mentira, en las asépticas memorias de silicio no late ningún libro. No en el sentido del carnaval objetual de Gómez de la Serna, de esos libros suyos regados por los rastros tras haber sido fecundados en ellos. No como en Walter Benjamin, que intuía los tomos cercados por un círculo embrujado en la aproximación del coleccionista, que los sentía devolver coagulado el pasado mientras iba desembalando su biblioteca. Ni siquiera en el sentido terapéutico o patológico –según la interpretación que queramos darle al caso– de Wolf Stein, que para sobrevivirse atropelló su vida y sus estancias de ejemplares.
La sustitución progresiva del libro de papel por artilugios electrónicos no es una inocente entrega de testigo, un cambio de guardia entre pares. Sentimos que algo importante se evapora en ese trasvase, algo se desvanece aunque no sepamos exactamente cómo nombrarlo, y nos da ya un vértigo y una nostalgia anticipada que entristece.

Por eso nos gustan tanto los tomos que saludan desde los mercadillos, con toda su carnadura acaparante de espacio, muy capaces de hacer algo interesante con nuestras vidas. En ellos está ya sosegada por el desengaño la ambición del prestigio literario o de las grandes ventas, y con esa modestia nos guiñan un ojo convidándonos sencillamente a zambullirnos en sus páginas. Es una invitación difícil de rechazar.

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