Detrás del genio

Recordando a Jacqueline (Picasso)

Varias exposiciones recuerdan a Jacqueline, viuda del artista, quien se suicidó trece años después de la muerte del malagueño tal vez como forma de demostrar que su matrimonio no fue interesado

25.07.2016 | 05:00
Junto a estas líneas, Jacqueline Picasso (Autorretrato).

El Museu Picasso de Barcelona, junto con el Centre George Pompidou de París y la Fondation Gianadda de Martigny (Suiza), conmemoran los treinta años de la muerte de Jacqueline Picasso, la última musa y mujer de Pablo R. Picasso. El museo catalán le ha dedicado una exposición que cabría calificar de bolsillo, ubicada en el Salón Neoclásico que la sitúa en la ruta de la muestra permanente. Esta dimensión no desmerece la carga ilustrativa que percibirá el visitante curioso aunque probablemente no tendrá el mismo impacto en el visitante medio, mayoritariamente un turista extranjero.

El Museu Picasso rinde este homenaje, titulado simplemente Jacqueline, a la mujer que antes de casarse con Picasso en 1961, se llamaba Jacqueline Roque. Para ello, presenta hasta el 4 de setiembre trece fotografías de su autoría y once imágenes de sus dos visitas a Barcelona en marzo de 1972 y febrero de 1982. También muestra algunos documentos –como diversas cartas de la última esposa de Picasso, conservadas en el Fondo Sabartés– y 22 de las 41 de cerámica que, en su segunda visita, Jacqueline donó al museo barcelonés (con la correspondiente escritura de donación, tramitada con el Ayuntamiento de Barcelona –entonces presidido por Narcís Serra– ante el conocido notario Josep Maria Puig Salellas). En 1985 donó el óleo La mujer de la cofia (1904), siendo alcalde Pasqual Maragall.

Estas piezas ya habían sido objeto de una exposición en 2012 (Cerámicas de Picasso. Un regalo de Jacqueline a Barcelona) pero centrándose en las obras. En la presente muestra la protagonista es Jacqueline en su faceta de compañera del pintor y de generosa mecenas: regaló las obras cuando, en tanto que heredera, hubiese podido venderlas.

Fama. Si el pintor malagueño tuvo fama –en lo que respecta a su vida privada– por sus diversas relaciones sentimentales, cabe señalar que si bien fue infiel unas cuantas veces, no fue promiscuo. Alguna que otra compañera de Picasso –una vez separada de él– lo acusó de priapismo fácil y de ser un hombre dominador. Sin entrar a juzgar este asunto por no venir a cuento, podemos afirmar sin embargo que su relación con Jacqueline fue armónica y llena no solo de afecto sino de amor.

Tras haberla conocido casualmente de niña en casa de los tíos de ella en Vallauris, la reencontró en 1955, cuando tenía 27 años, estaba divorciada y era madre de una niña; él, 74 y había sido dejado por Françoise Gilot dos años antes. Cuando Picasso aceptó que viviesen juntos, le advirtió que en adelante estaría como en sacerdocio, condición que ella aceptó, dispuesta a ser musa, secretaria, amante, ama de llaves, enfermera, asistente y vigilante. Una situación que situó definitivamente el amor y la sensualidad por encima del sexo cuando en 1965, a consecuencia de una operación de próstata mal solucionada, el pintor quedó impotente.

Entonces ya llevaban cuatro años casados, una vez hubo muerto la primera esposa legal de Picasso, Olga Kokhlova, quien nunca le concedió el divorcio. Llevaban viviendo siete años en La Californie, un enorme caserón cercano a Cannes. Cuando aquel año el pintor cumplió 80 años hubo una multitudinaria fiesta de homenaje en Vallauris. Miles de invitados, entre ellos los familiares de Picasso y algunas de sus antiguas compañeras. Y Jacqueline, su guardiana. El tiempo no tenía vuelta.

Cuando pasaron a vivir en Mougins, Jacqueline, tal vez con exceso de celo pero consciente de la edad de su marido, puso algunas barreras al entusiasmo de amigos y admiradores de Picasso. Tras la muerte de este en 1973, Jacqueline no quiso ejercer el papel de viuda permanente; de inmediato tuvo problemas con los hijos de Picasso, hasta el punto de prohibirles asistir al sepelio. Superada esta situación, Jacqueline pareció emprender una vida tranquila pero en realidad era víctima de una depresión causada por la ausencia de aquel a quien se había consagrado en cuerpo y alma. Una ausencia que, al parecer, quiso llenar con Frédéric Rosiff, íntimo amigo de Picasso y autor, entre otros documentales, de Morir en Madrid (1963) y de uno sobre el pintor (1981) pero el cineasta prefirió a otra mujer. Jacqueline se suicidó en Mougins en octubre de 1986. Tal vez también para demostrar que su matrimonio no fue interesado.

La periodista Pepita Dupont, amiga íntima de Jacqueline, escribió su biografía hace nueve años en Francia (en castellano, La verdad sobre Jacqueline y Pablo Picasso, Elba, 2014). En ella asegura haber visto el testamento de Jacqueline en el que figuraba la donación a España de los sesenta y un cuadros expuestos en el MEAC de Madrid en 1986 (una semana después de la muerte de Jacqueline) y que regresaron a Francia. Esta obra le supuso diversos pleitos con los herederos del pintor y con la hija de Jacqueline, Catherine Hutin. Dupont –periodista de Paris Match durante muchos años– destacaba la generosidad de Jacqueline y su desapego crematístico por las obras de su marido. A pesar de que en las siguientes ediciones hubo que incorporar al libro la sentencia que condenaba a Dupont por difamación a Hutin, la autora se ha negado a refutar las opiniones de otros biógrafos de Picasso sobre la condición de «ególatra» y «monstruo» por parte del pintor. Y en favor de su opinión argumentaba las mil cartas de Sabartés conservadas en el Museo Picasso de París, que no han podido ser publicadas por no estar todavía libres de derechos.

Intereses políticos. Frente a la generosidad de Jacqueline, Pepita Dupont esgrime intereses políticos del Estado francés para retener las obras que la viuda de Picasso habría donado a España. Mitterrand –que habría presionado al expresidente Felipe González para que España no reclamase– solo autorizó que se quedase en Madrid Aux espagnols morts pour la France. Unas acusaciones que hace extensivas a Catherine Hutin –y de ahí el pleito que le presentó– por vender la casa de Mougins (Notre-Damede-Vie, Cannes) o tener cerrado el castillo de Vauvenargues. Y no está de más recordar las palabras de Calvo Serraller (El País, 25 de octubre de 1986) cuando recordaba el poco interés de las autoridades españolas hacia los legados de obras de Picasso y la negativa a concederle a Jacqueline la nacionalidad española.

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