'Pecados' de juventud

El joven Truman Capote

Anagrama publica los primeros relatos del autor norteamericano, escritos en sus años de adolescencia

03.09.2016 | 14:30
Al lado y debajo de estas líneas, dos imágenes del escritor norteamericano en su juventud.

Destacan en «Relatos tempranos» las descripciones: imágenes complejas, lenguaje sencillo

Truman Capote (1924-1984) siempre quiso ser escritor. En sus declaraciones, cuando ya era muy conocido, insistía en cómo, desde que era un niño, tenía ya muy claro que se iba a dedicar a la literatura. Tuvo una infancia triste de soledad y desamparo, privado del amor de sus padres, que se separaron a los pocos años de haber nacido. Niño no deseado y abandonado, su madre, una joven reina de belleza, lo visitaba fugazmente en casa de unas tías con las que vivía en Monroeville (Alabama), su perfume impregnando de melancolía la soledad en la que lo dejaba al marcharse. No sólo es que su madre no lo quisiera sino que incluso le repugnaban su delicada figura y sus maneras afeminadas. Ese rechazo lo convirtió en introvertido e inseguro, lo hizo refugiarse en la lectura e inventar historias que luego trasladaba al papel. Toda su obra se levanta sobre las heridas de esa infancia, a la que también debe la extensión hasta su muerte de una cierta manera de ser y comportarse como adolescente.

Hay constancia de que Truman Capote ganó premios literarios con cuentos que recogían las páginas de la revista del instituto en el que estudiaba. Pero su primera obra literaria, Árbol de noche y otras historias, no se publicó hasta 1949, cuando ya tenía 25 años. Era una recopilación de relatos que había escrito para revistas como The Atlantic Monthly o Harper´s Bazaar. También hay una novela de juventud, Cruce de verano, que se publicó después de su muerte. Truman Capote la había escrito en 1943, pero la tiró a la basura por considerar que no tenía suficiente calidad. En 2004 un sobrino de la vecina que había rescatado el manuscrito, lo subastó en Sotheby´s y al año siguiente se publicó como obra póstuma. Después de Árbol de noche y otras historias vendrían las obras que lo llevaron al éxito: Otras voces, otros ámbitos (1948), El arpa de hierba (1951), Desayuno con diamantes (1958) y sobre todo A sangre fría (1965), la novelareportaje que lo encumbró en el mundo de la literatura y el Nuevo Periodismo. Pero antes de todo esto, cuando Truman Capote era un adolescente de 14 años, había escrito una serie de relatos que guardó en una caja con la etiqueta High School Writings 1935-1943 y que fueron encontrados entre los materiales del legado que el escritor dejó a la New York Public Library. Son algunos de estos cuentos los que se incluyen en Relatos tempranos, que acaba de publicar la editorial Anagrama.

Lo que llama la atención de estos relatos de sus primeros años es la madurez con la que están escritas las historias y la complejidad de los personajes que las protagonizan, muchos de ellos marginados sociales: vagabundos, dementes, perseguidos por la justicia, fugados de presidio, soñadores€ que se mueven en los paisajes de esa América profunda en la que hay cabañas, casas de campo con mecedoras en los porches, caminos rurales, ciénagas y pantanos, bosques espesos€, pero también grandes ciudades y personajes que viven en entornos urbanos una existencia monótona que los lleva a la locura y al asesinato. Una ciudad que Truman Capote conocía bien desde que se trasladó a vivir a Nueva York con su madre y su segundo marido, un comerciante cubano que le dio su apellido.

Las descripciones de los personajes de estos primeros relatos trasladan a la imaginación del lector imágenes complejas con un lenguaje sencillo: «Era una mujer menuda, toda vestida de un negro veteado y polvoriento, increíblemente vieja y arrugada. Le surcaban la frente unas finas hebras de pelo gris, húmedo de sudor».

Estos relatos de adolescencia revelan también una muy precoz capacidad de observación. En algunos de ellos Truman Capote ha utilizado sus propias experiencias y sus recuerdos de infancia. En La tienda del molino, una niña es salvada de la picadura de una serpiente gracias a la empleada de una cantina que succiona el veneno con su boca: al niño Truman Capote le había ocurrido lo mismo durante una excursión. En Louise trata de exponer el problema racial con el que había convivido en Alabama y que su vecina la escritora Harper Lee, con quien tenía una gran amistad, había llevado a las páginas de Matar un ruiseñor. Jamie, el protagonista de uno de los cuentos, es un trasunto del niño que fue Capote. «Ellos me han hecho como soy», dice uno de los protagonistas de La polilla en la llama. Esos personajes también hicieron a Capote ser como fue.

Otra de las constantes de estos relatos es la experimentación literaria, sorprendente para la edad del escritor, que se manifiesta en los finales no cerrados de muchas de las historias, en las que ha de ser el lector quien decida el desenlace, o en la original estructura de Tráfico oeste, un relato con tres historias que confluyen en un epílogo final.

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