Crítica de arte

Pintura que se mira a sí misma

La exposición de David Salle en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Málaga se presenta a modo de retrospectiva con obras desde los años 90, mientras en la Galería JM Manuel León presenta 'Cultura vegetativa'

23.09.2016 | 22:22

01«Inspired by true life events», de David Salle
Comisariada por fernando francés
Cac Málaga, hasta el 4 de diciembre

El título de la muestra hace referencia a la relación de las pinturas realizadas por David Salle con la realidad. El maestro del engaño nos disuade de su veracidad. A modo de capas, de injertos, de referencias a la historia del arte, la personalidad del artista se disuelve y se entrevera con la de los otros. Picasso, Klein, Katz, Warhol, Rauschenberg, etc. son algunos de los referentes utilizados en las pinturas enciclopédicas que las aglutinan. Su figura desaparece, él es los otros, pero su pintura está ahí, entre la realidad y la ficción, quizás inspirada en hechos verdaderos como las naturalezas muertas, los retratos románticos, las antropometrías, los transfers, los objetos, el surrealismo o el arte pop, entre otros. O quizás no. La cuestión de la pintura es un banco de pruebas donde todo tiene cabida. Retratos como Thursday y Hannah 1 (2013), realizados de un modo convencional, o Isthmus (2005) y Threesome (2004), imágenes sexuales deformadas que son banalizadas con la incorporación de otras figuras –cabeza de niño, aeroplano, velero o gota–, reflejan el grado de experimentalidad.

Salle no tiene respeto a la pintura, mueve su praxis a través de las distintas técnicas y procesos a la espera de que surja un acontecimiento. Hecho que ocurre al yuxtaponer distintos lienzos, que, a modo de polípticos, muestran simultáneamente un interior, un bodegón y un paisaje surrealista con guitarra, como ocurre en Sky king (1998). O introduciendo el happening, como en los grandes lienzos Charge! (2012) o Big bend (2013), una batalla y un retrato de grupo en blanco y negro, respectivamente, que son subvertidos por un elemento que parece ser una silueta de mujer con diferentes colores y posturas; un cuerpo erótico, que feminiza la pintura y rompe con la pureza y transcendentalidad que a veces soporta. Generalidad. La identidad de David Salle aparece como múltiples recursos que cortocircuitan el discurso narrativo. No decir nada acumulando mucho, o decir tan sólo en el terreno de carácter metanarrativo. Como un discurso en torno a las posibilidades del lenguaje más allá de estilos falocéntricos e identidades. Vaciar de contenido y hacer que las posibilidades se disparen. Eliminar todo el rastro del autor. Queda entonces el gusto por la pintura y su praxis.


02 «Cultura vegetativa» de Manuel León
Galería JM hasta el 3 de diciembre

Nada más entrar se encuentra una pintura de fondo: Cultura y deporte (2016), un gran óleo de casi dos metros y medio de ancho por dos de alto. En él puede verse repetido hasta seis veces el mismo personaje –actor–, un leitmotiv que surgirá a lo largo de un gran número de piezas con las que cuenta la exposición de Manuel León Cultura vegetativa, en la Galería JM de Málaga. Resulta extraño, si se compara con su producción anterior, el haber utilizado a un mismo personaje –este que aparece en la pintura antes mencionada– en sustitución de una vestimenta tan característica como el capirote, típica de la Semana Santa, y que tanto ha utilizado el artista en sus proyectos anteriores. Otro de los elementos empleados en estos últimos trabajos es la planta conocida como Las Costillas de Adán –Monstera deliciosa–, sobre todo en una serie de diez dibujos situados en la sala inferior de la galería.

El diálogo entre estos personajes –actor y planta–, especialmente a modo de gestos, trae una tensión en lo representado entre la figura y el fondo, en lo referente al tratamiento pictórico que tienen ambos motivos. De un academicismo en el dibujo del personaje oscilamos a un tratamiento mucho más contemporáneo, incluso relacionado con el cómic, el graffiti o la abstracción, en los motivos naturales y geométricos del fondo. La relación entre ambos es armónica gracias al uso del color. Del personaje sin identidad –disfrazado con un capirote– pasamos a la esquizofrenia de la repetición –Quiero ser John Malkovich–, un personaje que siempre es el mismo y que encarna múltiples papeles. La sobreactuación, el disfraz, lo gestual o la metáfora quedan ancladas como recursos de seducción del espectador. La atracción por estas obras oscila entre el deseo y la identidad. El querer sustituirse por aquél a quién visionamos –y que lleva consigo valores de éxito– y el reconocimiento de sentirse parte de aquello que es puesto frente a él y se rechaza. Un sentimiento contrario que emerge al presenciar ciertas representaciones que abren en canal las vísceras de lo entendido como nuestra realidad social. La tragedia vivida en películas como El verdugo o Los santos inocentes, o en novelas más modernas como Crematorio, de Chirbes, pone de relieve nuestra idiosincrasia, nuestra manera de ser, heredada del pasado. Manuel León conecta muy bien en este sentido. Con un estilo realista y atrevido, pone frente al espectador toda una serie de clichés que éste intuye conocer, realizando una crítica potente a esta sociedad a la espera de que alguien la escuche y diga algo.

Pero Cultura vegetativa es también una reflexión sobre la pintura. Se preguntaba Sartre, allá por los años sesenta, de qué servía escribir si este mismo hecho no tenía una repercusión en lo social, sino era capaz de exceder sus propios límites en busca de transformar la sociedad. Para ello renunció a la ficción, tratando de escribir aquello que formaba parte de su realidad cotidiana, como un diario. Quizás la pintura no tenga la potestad para ello, aunque sí para ser un sujeto en proceso, abierto a distintas temporalidades, modos de proceder y lejano de las modas del momento. Un lenguaje en continuo cuestionamiento de su ser, como un disidente.

He empezado describiendo el espacio, es un comienzo.

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