Crítica | Música

El piano y la creación de Martin Münch

25.09.2016 | 05:00

No era la primera vez que este intérprete visitaba nuestra ciudad. Sus lejanos recuerdos de una Málaga de los años 80 aún quedan presentes en el imaginario de este músico que confesaba quedarse «maravillado de la hermosa ciudad» que hoy lucimos los malagueños. Su recital, titulado Libres pensadores ya presagiaba interés en su concepto: un programa unitario, integrado por compositores de la talla de Maurice Ravel, Claude Debussy, Alexander Scriabin, Friedrich Nietzsche y el propio Martin Münch.

El concierto del viernes se abría con la explosión del célebre Bolero de Ravel, cuya enérgica excitación de la pieza fue transmitida fielmente por el alemán. La emocionante Sonata-Fantasía op. 19 número 2 del maestro ruso Scriabin llegaba como un remanso de paz a través de la delicadeza expuesta en su primer movimiento, que ofrece grandes complejidades técnicas y expresivas, bien resueltas por el músico en su segundo movimiento, Presto, contrastante por la precisión y velocidad en el vuelo melódico aquí propuesto.

Se ofrecía a continuación una novedosa composición del famoso filósofo y creador alemán F. Nietzsche, titulada En la Cazarda. Hermosa pieza de ritmo contagioso que fue traducida con brío y solvencia, despertando expectación. Tras una flexible Danza de C. Debussy, donde el pianista exhibió su dominio y conocimiento de la elaborada armonía, llegaba la Suite Antique, con la que se cerraba la primera parte. De propia factura, el maestro Münch nos mostraba así esta importante obra que ocupa el opus 49 de su corpus, probablemente la más representativa de su labor compositiva. Estructurada en seis números, ofrecía al oyente variedad estilística, en una eficaz fusión del jazz, la polifonía barroca y la inspiración impresionista, que junto al propio sello de su autoría, resultaba interesante. Interpretada con la partitura en el atril, pretende así ser lo más riguroso posible en la ejecución, Münch imprime de bravura, fuerza y expresividad este conjunto musical que nos deja ver gran parte de su pensamiento musical.

La segunda parte del recital conecta nuevamente con la composición del alemán, son sus Valses Sentimentales opus 48 los que sorprenden por su brillantez, interpretados con dominio y gran potencia sonora. A continuación la emblemática Isle joyeuse de Debussy seguía aportando novedad en este repertorio, dotado de libertad sonora y estructural, muy acordes con el planteamiento musical del pianista. Una breve pero sustanciosa obra de Nietzsche, Das Fragment an Sich nos invitaba a la reflexión, un profundo lirismo que Münch comunicaba en estos compases. La compleja Sonata opus 68 número 9, rebautizada con el nombre de Misa Negra debe su explicación a la capacidad de sinestesia que poseía Scriabin según la cual se asociaba frecuencias a colores. La novena Sonata,- que muestra ya una evolución hacia el campo atonal, muy lejos de la huella chopiniana de la Sonata Fantasía que escuchábamos en la primera parte corresponde al color negro en esta escala, de ahí su sobrenombre.

El pianista deja traslucir el misticismo y la brillantez de la obra. Con enérgico impulso final Münch resolvió con valentía la apabullante página raveliana de La Vals, transcripción pianística del original poema coreográfico para orquesta con que Maurice Ravel realiza este «torbellino fantástico y fatal», una suntuosa evocación de la grandeza del Valse. Reiterados aplausos del público asistente resonaban entre los Arcos de este bello Castillo Bil Bil de Benalmádena en respuesta a este magnífico recial de Martin Münch, que nos dejó con ganas de oír algún bis o propina entre sus dedos€ Tal vez en futuras ocasiones. Málaga siempre sabe esperar.

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