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Opinión

'La Aduana para Málaga', por José Luis González Vera

El articulista de La Opinión de Málaga se pregunta por qué cuando se decidió la ubicación del Museo Picasso no fue desplazado el Provincial al limítrofe Colegio de San Agustín, lo que habría articulado una estructura museística casi en la misma calle sin parangón

11.12.2016 | 19:23
Vista del Palacio de la Aduana, sede del Museo de Málaga.

Lo que fue un sueño para muchos malagueños en el siglo pasado parece que, por fin, se va a cumplir. La Aduana abrirá sus puertas como refugio para el Museo Provincial de Bellas Artes exiliado desde su anterior emplazamiento en el actual Museo Picasso. Recuerdo aquellos años 90. Una Málaga oscura y cochambrosa parecía haberse conformado con esquivar un centro urbano en postración constante sólo iluminado por los cigarrillos de prostitutas y puteros, y las melodías de algunos bares, incluso últimos de madrugada. Un casi paisaje tras la derrota punteado por farolas mortecinas, aceras destartaladas, ruinas y ruindades que contemplaban la borrachera de jueves a sábado como única actuación sobre tal escenario underground. Nada tiene que ver la Málaga de hoy, trampantojo para cruceristas, con aquella Málaga peligro para caminantes, viñeta en el Makoki.

En aquel contexto socio-urbano nació el lema de «La Aduana para Málaga». Una reivindicación cívica que reclamaba un uso colectivo para un edificio con tanto significado histórico en esta ciudad que, de tanta miseria en el ADN, no puede perder ni un solo tabique trenzado sobre el devenir de sus afanes. La Aduana había quedado agonizante, un despropósito burocrático que desperdiciaba aquellos ventanales, la altura de sus techos, la amplitud de las escaleras interiores. La Delegación del Gobierno central que la habitaba, dadas sus ya escasas funciones, bien podía reubicarse bajo techos más adecuados y permitir a los malagueños que disfrutaran sus patrimonio. Aquella idea correteó entre los cenáculos y cubatas ilustrados y pronto se organizaron manifestaciones, charlas y artículos periodísticos que usaban el lema como un mantra que invocase la concordia entre instituciones. Y así fue.

Escribir cuando ya han sucedido las cosas y sobre lo que uno no tiene ni idea es fácil y por eso voy a hacerlo. No recuerdo que en aquellos años se urgiera a que se instalara ahí el Museo Provincial. Por un lado, porque es imposible urgir a la Junta a nada, dado su privado y exclusivo cómputo temporal. Pero, sobre todo, porque el Provincial ya estaba en su sitio, hoy Museo Picasso, y no creo que entre los impulsores de aquella petición común se encontrase ninguna pitonisa, o pitoniso por no discriminar.

El cumplimiento de esa exigencia ciudadana por parte de la Junta ha errado un tiro del que pueden derivarse consecuencias negativas de variada índole en un futuro. No comprendo por qué, cuando se decidió la ubicación del Picasso, no fue desplazado el Provincial al limítrofe Colegio de San Agustín, lo que ahora habría articulado con su inauguración una estructura museística en la misma calle y manzana de la que sólo me viene a la mente como parangón la simbiosis entre el Palley Center for Media y el Moma en Manhattan. Fíjense ustedes si tiro alto cuando pido para mi Málaga. Además, gran parte del sentido de la poética picassiana se basa en comprender la superación del arte pictórico del siglo XIX del que su padre fue maestro en nuestra ciudad y partícipe de la, me atrevo a calificar, magnífica escuela malagueña compuesta entre otros por Denis Belgrano, Ocón, Muñoz Degráin o Ferrándiz. En cuatro esquinas, junto con la preciosidad neoclásica de la iglesia de San Agustín, habríamos erigido una singularidad ajena a la actual concepción de los museos como flauta de Hamelin para que los (permítanme) turisteuros visiten un barrio, más que como reivindicación y muestra de nuestra cultura, que existe por encima de todos los que están parasitando inmensas pagas de ella sin promocionarla.

No creo que haya sido nada fácil ni barato la adaptación del espacio de La Aduana concebido como almacén con gran patio central. La albañilería maquilla todo, pero los errores urbanísticos tardan siglos en ser reordenados e, incluso, algunos aquí cometidos, como sostiene Luis Machuca en su tesis, condicionan la ciudad desde su planta romana. Y lo que fue un sueño, pues se ha convertido en una leve pesadilla de esas que uno aprovecha en mitad de la noche para ir al servicio y beber agua porque la vida continúa su vulgaridad. A ver cuándo nos gobiernan malagueños que reivindiquen Málaga sin caer en malaguitas.

*José Luis González Vera es escritor y profesor

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