Crítica de música

Bravo por Sala Atrium

15.01.2017 | 05:00

Himmelweg.
Camino del cielo

Compañía: Sala Atrium
Autor: Juan Mayorga Dirección: Raimon Molins Intervienen: Patricia Mendoza, Raimon Molins, Guillem Gefaell
Lugar y fecha: 13 de enero, Teatro Echegaray.

Himmelweg. Camino del cielo de Juan Mayorga nos pone de cara a una realidad sucedida en la época nazi. En el Teatro Echegaray la compañía Sala Atrium representó esta obra que narra sucesos reales que hacen referencia a la visita de miembros de la Cruz Roja a los campos de concentración judíos. La obra está dividida en dos partes, la primera es un monólogo en el que la voluntaria de la Cruz Roja nos explica cómo es que los miembros de la organización no vieran la realidad e incluso firmaran análisis favorables.

La actriz Patricia Mendoza defiende la verdad de su personaje, desde la postura del que pide perdón por no haber sido capaz de llegar más lejos ante el engaño. Las visitas se realizaban a falsos pueblos donde se mostraba la vida cotidiana y amable de unos habitantes recluidos con el objetivo de reunir a los hebreos europeos para que llevaran una existencia conjunta.

Realmente Patricia Mendoza logra, con la sinceridad de su interpretación, que lleguemos a perdonarla, que nos pongamos en su lugar, porque su personaje también fue víctima de ese engaño que ahora la atormenta todos los días tras conocer la verdad. Pero lo cierto es que cuando uno llega a casa y en el telediario ve las imágenes de los refugiados muriendo de frío en Europa, no puede sino pensar que en el fondo su personaje fue tan cobarde como lo somos ahora al echarse atrás y no querer abrir, pese a la sospecha, esa puerta del barracón que le hubiera desvelado la verdad. La segunda parte nos muestra el proceso de reclutamiento y los ensayos que un militar nazi lleva a cabo con los judíos seleccionados para representar la farsa. Esa misma que enseñaron al mundo para ser fotografiada. Y ahí disfrutamos un magnífico monólogo de Raimon Molins que domina con absoluta naturalidad la escena y desmenuza con maestría la personalidad del individuo que encarna.

Cada matiz es una joya que ofrece este intérprete para embaucarnos con absoluta habilidad con su trabajo. Casi podemos comprender sus pensamientos sin necesidad de las palabras. Por supuesto cuenta a su lado con el apoyo de otro buen actor, Guillem Gefaell, el preso dominado. Y ahí, en esa segunda parte, el comandante se convierte en director y el judío en ayudante de dirección. Vemos un proceso de ensayos donde parece que Juan Mayorga introduce escondida una lección de interpretación teatral en la que defiende que como debe ser es el gesto y no la palabra lo que convence y emociona. Lleve o no razón, aquí parece que funcionó muy bien.

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