Teatro | Crítica

Representación del ADN

08.02.2017 | 05:00

Miserere. Cuando la noche llegue se cubrirán con ella

  • Compañía: La Phármaco
  • Coreografía: Luz Arcas
  • Dramaturgia y dirección: Luz Arcas y Abraham Gragera
  • Intervienen: Luz Arcas, Raquel Sánchez, Begoña Quiñones, Ana Catalina Román, Nadia Vigueras, Elena González-Aurioles
  • Lugar y fecha: Teatro Cervantes, 5 de febrero

La Phármaco propone un espectáculo de danza como narración de lo ritual y lo atávico. Cada vez que los científicos tratan de explicarnos determinados comportamientos del ser humano recurren al ADN. Ahí está la explicación de por qué adoramos el oro, por qué hacemos la guerra o el por qué de la familia y su estructura. Parece ser que nos debemos a las primeras experiencias como homo sapiens que inconscientemente conducen nuestras reacciones más allá de lo que racionalizamos. Después, ya más sapiens, empezamos con las tesis doctorales y los másteres. Pero este Miserere huele a ceremonia del cerebelo. A bailar siguiendo lo que te sale del alma.

Hay un desarrollo narrativo que especula con dos personajes que bien pueden ser el mismo, que se enfrentan en una lucha de la que uno sale vencedor. Mientras que el resto de los personajes forman parte de la invocación, son poseídos, a la vez que representan los estados de ánimo del individuo entre el momento presente, su pasado, sus experiencias y su resurgimiento. La imagen general del espectáculo es muy bella. Hay una serie de coreografías espléndidas que resuelven con enorme ingenio la evolución del argumento. Tal vez algunas un poco dilatadas. Tal vez hay situaciones que merecerían resaltarse mejor para que el espectador fije la vista en lo fundamental. Pero no cabe duda que atrapa con la gestualidad muy personal que Luz Arcas dispone para el lenguaje de los personajes. Asistimos a un feísmo reaccionario, agresivo. Consciente. Historia que nace de lo más oscuro. Y sin embargo todo el recorrido de la composición está iluminado, es alegre. Una fiesta. Esa contradicción tan acertada es la que le da carácter y subyuga al espectador. La composición musical de Carlos González tiene también buena parte de la culpa. Su creación forma parte del propio espectáculo como un interviniente más. Perfectamente empastados ambos, coreógrafa y compositor. . Un trabajo teatral que demuestra cómo todos los elementos que forman parte son importantes para un buen resultado. Y vaya si el resultado lo es.

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