Crítica | Teatro

Lo viejo también remueve

08.07.2017 | 05:00

El cerco de Numancia

  • Autor: Miguel de Cervantes (versión: Florián Recio). Dirección: Paco Carrillo. Intérprete: Fernando Ramos, Ana García, Pedro Montero, Paca Velardiez, Manuel Menárguez, D. Gutiérrez, Juan Carlos Tirado, J. F. Ramos, J. Manchón. Lugar: Teatro Romano

Aunque de noche, y aunque por una vez en meses cayeran cuatro gotas en Málaga, el público aguardaba con ansia la función que se representaría en el Romano. Sobre las tablas del escenario del acondicionado Teatro se proyecta la sombra del Festival de Mérida. Y eso son palabras mayores. Garantía. El cerco de Numancia, de Verbo Producciones, se coprodujo con el festival extremeño en el 2015 y ha girado por cuanta gradería con piedra hay en la península. Faltábamos nosotros. Aquí están con una adaptación de la obra cervantina. Cervantes, Mérida y Roma, con un estilo clasicista ejemplarmente dibujado que conjuga a la perfección con esa cualidad enfática que tan buen resultado da entre los asistentes a los festivales clásicos como este del que participamos y que para eso es el Festival de Teatros Romanos de Andalucía. La tragedia numantina es la de los habitantes de un poblado celtíbero que se resistió al imperialismo y, tras años de asedio, antes que claudicar, prefirió ejecutar a cada uno de sus habitantes. Un símbolo de libertad. Relativo en cierto modo, porque no está claro que se hiciera un referéndum para preguntar a los numantinos y numantinas. O bien lo tenían muy claro todos. Pero se trata de un mito. Aunque como tal busca ser ejemplarizante. No sé si las analogías con la actualidad dan para tanto. Extraigamos aquello que responde uno de los personajes (Marandro) a su esposa (Liria) cuando le pregunta por qué les hacen esto los romanos: «Porque quieren que seamos como ellos». Imposición que va más allá, y que sí es una amenaza a la libertad. En ese marco se presenta la tragedia individual más que la colectiva. Y ahí, aunque sin redundar, podemos ver la amargura de los personajes en su condición íntima. Y ahí podemos detectar el trabajo interpretativo que se superpone a un estilo neoclasicista de la estética dramática que, eso sí, resulta coherente y homogéneo. Hay muy buenos trabajos que saben aprovechar sus momentos para imprimirlos del carácter y el sentimiento necesarios para traspasar el escenario y atrapar al espectador. Y no es ya por los cuadros, que bien planteadas buscan una coreografía y una imaginería potente, sino por la palabra dicha con sentimiento. Por la emoción que suscitan los pensamientos de personas que, cual fuera su tiempo, tomaron decisiones que se nos transmiten como un reflejo. La mayoría no hemos estado en una así, pero también hemos pasado un drama en un momento. Y eso, si el actor logra la empatía, (como es el caso) remueve.

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