Historias del celuloide

Marilyn: tan lejos, tan cerca

La convirtieron en algo que Norma Jean nunca quiso ser: una devoradora sexual que encendía pasiones

15.07.2017 | 12:28
Una de las últimas imágenes de la actriz Marilyn Monroe.

La actriz Marilyn Monroe revelaba en su mirada los signos externos de un drama personal que arrastraba desde su infancia, tragedia que culminó el 5 de agosto, cuando murió la mujer y la actriz y nació el ídolo, el icono y una tremenda fiebre mitómana que hoy, más de medio siglo después, perdura

El próximo 5 de agosto se cumplirán 55 años de un trágico suceso que, además de conmover a la opinión pública internacional y de disparar ostensiblemente la fiebre mitómana de millones de cinéfilos del mundo entero, se convirtió, desde entonces, en uno de los temas favoritos entre psicólogos, sociólogos, cineastas, escritores y exégetas de la cultura popular ante las oscuras circunstancias que rodearon aquel luctuoso e inesperado incidente que segó la vida de una estrella excepcional, mito supremo del erotismo en un mundo surgido de los escombros de una guerra cuyas secuelas psicológicas perduraron durante décadas en la memoria colectiva del pueblo norteamericano. Y ella, sin saberlo, parecía haber nacido como antídoto contra ese apesadumbrado escenario. Tan lejos en el tiempo pero tan cercano en el imaginario popular, sentenciaba el llorado Juan Goytisolo en un artículo conmemorativo sobre la malograda actriz en El País.

Los teletipos de las agencias informativas norteamericanas daban así la noticia: «Ayer, tras ingerir una sobredosis de somníferos, falleció en un pequeño bungalow en la ciudad californiana de Los Ángeles la actriz y cantante estadounidense Norma Jean Baker, más conocida como Marilyn Monroe». Su decisión de acabar con su vida, presentida ya tras su penúltimo fracaso sentimental con el dramaturgo Arthur Miller, no pilló de sorpresa a casi nadie pues, desde hacía algún tiempo, las huellas de sus perturbaciones emocionales y de sus continuos desencuentros profesionales en la meca del cine se iban reflejando en su bello rostro como la prueba indiciaria del declive físico y moral que presidió sus últimos meses de vida.

La estrella, de 36 años de edad, que al parecer padecía una fuerte depresión ocasionada en parte por la reciente ruptura de sus esporádicos encuentros íntimos con John F. Kennedy, revelaba en su mirada los signos externos de un drama personal que arrastraba desde su infancia, un drama congénito que arruinaba su juventud y la arrojaría a los brazos de hombres sin escrúpulos o de maridos demasiado ocupados de ellos mismos como para preocuparse por conocer a fondo los profundos desequilibrios afectivos que sufría desde su más temprana juventud junto a una madre afectada por un carácter marcadamente bipolar.

Su explosiva y contorneada figura yacía desnuda y sin vida sobre la cama. La cabeza colgaba inerte, como desenganchada del resto de su anatomía. Sobre la mesita de noche, adornada con un par de rosas rojas, se podía ver la prueba decisiva de su inesperado suicidio: un tubo vacío de nembutal junto a un vaso de agua a medio consumir. Parte de lo que fuera su contenido quedabadesparramado sobre la moqueta del dormitorio, mientras çuna luz muy tenue se filtraba a través de un pañuelo de seda que cubría la lámpara del dormitorio.

A través de su inextinguible poder de fascinación, derivado no solo de su volcánico erotismo sino de la irresistible ternura que destilaba su presencia en la pantalla, el mundo ha podido preservar el recuerdo de su identidad más auténtica, a pesar de su condición de eterno objeto de consumo voyeurista, mostrando, con la perspectiva del tiempo, una Marilyn al mismo tiempo más cercana al mundo, más asequible y compleja. Con ella se obró el milagro de la fusión perfecta: sus personajes acabaron confundiéndose con su propia vida. Las heroínas que encarnó en películas como Me siento rejuvenecer (Monkey Business, 1952), de Howard Hawks; Niágara (Niagara, 1953), de Henry Hathaway; Río sin retorno (River of no Return, 1954), de Otto Preminger; Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959), de Billy Wilder; Vidas rebeldes (The Misfits, 1961) y La jungla de asfalto ( The Asfalt Jungle, 1950) , ambas de John Huston o El multimillonario (Let´s Make Love, 1960), de George Cukor, por citar algunos de sus trabajos más memorables, se transformaron en verdaderos correlatos de su historia personal, en ecos diversos de una misma voz. De ahí que, al contemplar hoy sus viejas películas, incluso aquellas donde su actuación no resulta tan relevante, resulte inevitable encontrar claras analogías con distintos aspectos de su accidentada biografía personal. Dramas y comedias que, de un modo u otro, revelan el olfato de los halcones de Hollywood para urdir montajes comerciales alrededor del drama íntimo de una mujer-objeto a la que convirtieron malgré lui en algo que nunca quiso ser: una devoradora sexual insaciable y altiva capaz de encender a su paso las pasiones más abrasivas sin dejar otros rastros a su paso que los de sus poderosos

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