La mujer tras el mito

La princesa Leia escribía un diario

Carrie Fisher publicó poco antes de morir un libro de memorias

19.07.2017 | 20:48
Carrie Fisher, poco antes de morir.

El texto no esquiva los asuntos más dolorosos: las dudas eternas con su físico, sus adicciones, su trastorno bipolar, sus ansias suicidas, etcétera - Habla del rodaje de 'Star Wars', su breve romance con Harrison Ford y la relación de amor-odio que mantuvo con el personaje que la hizo una estrella

Carrie Fisher murió el 27 de diciembre de 2016 a los 60 años. Llegó al último capítulo de su vida justo cuando disfrutaba del placer de haberse reconciliado del todo con la princesa Leia en El diario de la princesa (Nova), una agridulce obra autobiográfica que, además de estar muy bien escrita y dialogada con pericia, es una auténtica gozada para cinéfilos, forofos de Star Wars y, por qué no decirlo, curiosos que quieran saber lo que pasó realmente entre Fisher y Harrison Ford. Toma spoiler: sí, se acostaron, tuvieron algo parecido a un romance, pero no fue nada estelar y ella tampoco entra en muchos detalles.

Así nace este libro: «Hoy, mientras revisaba unas cajas que contienen viejos escritos míos, encontré los diarios que escribí cuando rodaba la primera película de la saga, hace cuarenta años». Gozoso hallazgo para conocer más y mejor los entresijos de un rodaje mítico, incluidas las peripecias por las que pasó la actriz hasta hacerse con el papel (memorable la audición ante un George Lucas poco comunicativo y su colega Brian de Palma, que buscaba prota para su –no es broma– película de terror Carrie): «En 1976 estábamos en Londres rodando el primer título de la saga y ningún miembro del reparto podía imaginar lo mucho que cambiarían nuestras vidas cuando la película se estrenase al año siguiente».

Un éxito tan descomunal nadie lo puede predecir. Y Carrie Fisher fue devorada por su personaje, amado por millones de espectadores en todo el mundo. Sin rencor, ¿eh? «Me gustaba ser la princesa Leia. O que la princesa Leia fuese yo. Con el tiempo nos fusionamos en una sola persona; no creo que nadie pueda pensar en Leia sin que yo merodee también por sus pensamientos. Y no estoy hablando de masturbación. Así que la princesa Leia somos dos, en plural».

Y eso que «he pasado la mayor parte de mi vida -desde los 19 hasta los 40- siendo tanto yo misma como la princesa Leia. Contestando preguntas sobre ella, defendiéndola, hartándome de que me confundan con ella, eclipsada por ella, luchando con el resentimiento que despierta en mí, apropiándome de ella, encontrándome a mí misma, acompañándola, amándola... y deseando que por fin se largue y me deje ser yo misma. Pero entonces me pregunto quién sería yo sin Leia y descubro cuánto me enorgullezco de ella».

Tenía «interminables problemas con mi aspecto, problemas reales, no esos que te inventas para que la gente crea que eres humilde cuando en realidad estás convencida de que eres adorable. Al parecer, lo que yo veía en el espejo no era lo que veían muchos chicos adolescentes; si hubiese sabido cuántas masturbaciones generaría... Bueno, eso habría sido extraordinariamente raro desde muchos puntos de vista, y me alegra que no surgiera el tema, por así decirlo. Pero cuando algunos hombres –tanto de más de 50 años como muy jóvenes– se me acercan para informarme de que fui su primer flechazo, mis sentimientos son contradictorios. ¿Por qué a todos esos hombres les resultaba tan fácil enamorarse de mí entonces y tan difícil hacerlo ahora?». Y sí, odiaba esos rodetes en la cabeza (ensaimadas en España): «Creo que tal vez quienes idearon ese peinado de rodetes lo hicieron con la intención de que funcionasen como sujetalibros y mantuviesen mi cara allí donde estaba: entre mis orejas y sin aumentar de tamaño».

Vale, vale, pasemos al lío fordiano. La verdad llamada «Carrison». Recordemos que Harrison, que aún no era la estrella que llegaría a ser, estaba casado y tenía dos hijos. «La primera vez que lo vi, sentado en la cantina del plató, recuerdo que pensé: Ese tío será una estrella. No sólo una celebridad: una estrella de cine. Parecía un icono, como Humphrey Bogart o Spencer Tracy. Lo rodeaba una suerte de energía épica, como una multitud invisible». El secreto mejor guardado de Fisher surgió tras una fiesta de cumpleaños de George Lucas. Algunos truhanes del equipo intentaban emborracharla y entonces llegó Ford en plan Han Solo y «nos arrojó, a mí y a mi virtud, en el asiento trasero del coche». El taxi los dejó en casa de ella y la inexperta Carrie cayó en los brazos de un Ford de 33 años «ingenioso, bueno y amable, aunque complicado y muchas veces taciturno»: «Tras la primera noche juntos eché un vistazo a Harrison: tenía la cara de un héroe. ¿Cómo podrías pedir a un hombre tan brillante que estuviera satisfecho con alguien como yo?». La cosa duró tres meses. Ella se enamoró. Él, no: «Yo jugaba en serio y él jugaba a divertirse». Hubo «sexo maravilloso», vale, pero al final quedó un reproche: «Creí que me proporcionarías un poco de la ternura de la que carezco. Me quitaste el aliento y ahora quiero recuperarlo». El tiempo lo cura casi todo, ¿verdad, princesa? Fue «una aventura corta y apasionante». ¿Habría sido mejor enamorarse de su hermano en la pantalla, Mark Hamill? «Podría haber sido él. Debería haber sido él, tal vez hubiese significado algo. Quizá no mucho, pero sin duda más».

«¿Qué sería yo sin la princesa Leia?», se pregunta. «Nunca me habría convertido en una celebridad que hace un lap dance, ni sería considerada una actriz seria, y tampoco habría usado el término pastor de nerfs sin comprenderlo. No habría conocido a Alec Guinness ni habría sido un holograma que recita un discurso (que recordaré toda mi vida hasta volverme loca porque tuve que repetirlo muchas veces), no habría disparado una pistola ni recibido un disparo, y tampoco habría dejado de llevar ropa interior por estar en el espacio. Jamás habría estado demasiado sobreexpuesta (lloro mientras escribo esto). Ni mis fans adolescentes masculinos habrían pensado en mí cuatro veces al día en la intimidad; nunca habría tenido que perder muchos kilos, ni habría visto mi rostro aumentado a un tamaño de muchos metros de altura, mucho después de que eso fuese una buena idea. Y nunca habría recibido un cuarto de punto de los ingresos de la película».

El libro no esquiva los asuntos más dolorosos: las dudas eternas con su físico, sus adicciones, su trastorno bipolar, sus ansias suicidas. «No quiero formar parte de mi vida», escribió de su puño y letra una mujer que, siendo niña, vio en primer plano el ninguneo que vivió su madre, Debbie Reynolds, en Hollywood tras ser una de sus mayores estrellas, y el amargo divorcio de sus padres. «Ojalá pudiera marcharme a alguna parte; el único problema es que yo también tendría que ir», confiesa, y las letras se estremecen. Flashback. George Lucas toma una decisión: ha encontrado a su heroína. «¡Llovía en Lós Ángeles y yo era la princesa Leia! Nunca antes había sido la princesa Leia, y ahora lo sería eternamente. Nunca dejaría de serlo».
Eternamente Leia.
Eternamente Carrie.

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