Literatura

Hemingway, los Stein y el arte de la evasión

Protagonistas en París, la urbe con mayor acumulación de escritores estadounidenses al otro lado del Atlántico

29.07.2017 | 13:26
Conversación entre Hemingway y Antonio Ordóñez en una plaza de toros.

Uno de ellos, el autor de 'Fiesta' y 'Muerte en la tarde', entre otras muchsa novelas, de quien se cumplen en 2017 56 años de su fallecimiento. Éste es un pequeño tributo

Gertrude Stein y su hermana eran todavía muy niñas cuando, en un viaje en tren desde Pensilvania a California, deciden asomarse a la ventanilla del vagón donde, sorprendidas por la fuerza del viento, una de ellas pierde el sombrero. Su padre, que en esos momentos lee el Pennsylvania Chronicle plácidamente sentado junto al equipaje de mano, su inseparable abrigo y otros dos pasajeros, se arroja desde su asiento a la señal de alarma, logrando, de este modo, frenar el convoy, lanzarse a campo abierto y recuperar la prenda que había volado medio kilómetro hasta parar en mitad de un campo de girasoles. Resuelto el problema, la máquina reemprende la marcha y tanto Gertrude Stein como su hermana, años más tarde los amigos bohemios de París y la élite intelectual de más de medio mundo, interpretan, por su relato, que en todo hay relación, que una acción se integra en la otra y que, tanto para bien como para mal, lo que acontece en la vida de un norteamericano acaba repercutiendo finalmente en todo el país.

Para el lector europeo de los siglos XX y XXI, la novela estadounidense inmediatamente posterior a los dramáticos episodios de la Primera Guerra Mundial ensaya lo que, a mediados de los años veinte, se conoce como The Golden Twenties, un momento de encendida ebullición social, adquisición de bienes y prosperidad económica cuya euforia fulmina de un plumazo el Crac del 29. Con veintiún años recién cumplidos y sin un dólar en el bolsillo, Ernest Hemingway (21 de julio de 1899 - 2 de julio de 1961) se traslada a París, introduciéndose, como reportero del Toronto Star, en este clima de alegría financiera que en la capital francesa se exterioriza en los bulevares, algunos restaurantes escogidos por el desconocido periodista, toda clase de cervecerías, mesones, bares y tabernas donde la vida y el dinero se exprimen al más alto nivel. En los locos años veinte, la irrupción de nuevos sectores productivos unida a la introducción de distintas formas de organización y concentración de capitales en torno a los primeros gigantes del comercio norteamericano hacen que los Estados Unidos de América se conviertan de la noche a la mañana en la locomotora de la economía mundial, definiéndose, la Ciudad de La Luz, como la urbe con mayor acumulación de escritores estadounidenses al otro lado del Atlántico.

A principios de siglo y antes de que todo esto ocurra, Gertrude Stein abandona la ciudad de Baltimore, suroeste de Philadelphia, dejando atrás su juventud, las aulas universitarias, los apuntes de medicina€ y un país asediado por millones de inmigrantes que acuden desde todos los rincones del mundo para trabajar en las granjas del sureste de Georgia, las productoras de acero de Delaware y las líneas de ferrocarril que, precisamente desde 1900, controla el Interstate Commerce Commission. Veinte años más tarde, la vivienda de los Stein en la Rue de Fleurus 27 -centro de París- se ha convertido en un hervidero de escritores, guionistas, reporteros, columnistas de prensa, pintores y estetas millonarios que, procedentes de Florencia, Londres, Berlín, Barcelona y algunos Estados de la costa este norteamericana compran y venden, a golpe de cartera, los mejores ejemplos del modernismo de vanguardia.

Según el Washington Post de 1921, la ciudad de la Torre Eiffel es, desde aquel entonces, la capital cultural de los Estados Unidos, foco de atención de la prensa amarilla y motivo de competición informativa entre la United Press Associations y la Associated Press norteamericanas. Hasta la crisis del 29, los escritores estadounidenses que viven en París, reciben la atención y la hospitalidad de Gertrude Stein, el cerebro de lo que ella misma dice a Hemingway que es la Generación Perdida atendiendo a la inspiración, el talento y el pensamiento que, en aquellos novelistas, era imprescindible tener para modernizar la literatura.

Hermosos y malditos (1922) y El gran Gatsby (1925) son, en los dorados veinte, algunos de los milagros del talento Fitzgerald parisino. Rocinante vuelve al camino (1922) reproduce la España de John Dos Passos, una novela que, desde los primeros días de su publicación, se puede ver detrás de los cristales de la Shakespeare and Company, la librería de los escritores de la Generación Perdida donde también se pueden adquirir los últimos ejemplares de Transatlantic Review, la voz de la literatura extraviada en el Viejo Continente, y las novelas de otros autores de la Generación Perdida como William Faulkner, John Steinbeck, Sherwood Anderson, Malcolm Cowley, Archibald MacLeish y una larga lista de revolucionarios de la literatura en general a los que, más tarde o más temprano, les llega la noticia de que forman parte de una generación de jóvenes escritores cuyo reconocimiento proviene de París. París no se acaba nunca, concluye Ernest Hemingway en París era una fiesta (1964), «y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra».

Los escritores norteamericanos que pierden su destino en las trincheras y buscan en vano recuperarlo en los cafés y en las noches de París descubren en las fiestas, las tertulias, el jolgorio y la parranda un claro sustituto del horror y el coraje corrompidos durante la guerra. «¿Sabes cuál es tu problema?», pregunta Brett Ashley a Jake en The Sun also Rises (1926), la novela que el propio Hemingway titula Fiesta en sus manuscritos y borradores para referirse a las vivencias sanfermineras experimentadas por él mismo durante los meses de julio de 1923 y 1924 en Pamplona, «€eres un expatriado. Un expatriado de la peor especie. Nadie que haya dejado su país natal ha logrado escribir algo digno de ser publicado. El falso estilo de vida europeo te ha llevado a la ruina moral».

Las secuelas del Crac del 29 aumentan en 1931 con el hundimiento de la banca a ambos lados del Atlántico. En 1934, la extrema derecha irrumpe en las calles de París. En España, el levantamiento de los mineros asturianos durante ese mismo año es reprimido por el ejército y, dos años más tarde, en 1936, comienza la Guerra Civil. «La puerta de mi habitación en el Hotel Florida de Madrid», escribe Ernest Hemingway desde lo que hoy en día es El Corte Inglés de Callao, «está abierta. Desde aquí se escucha el tiroteo del frente. Disparos de fusil toda la noche».

En plena contienda y desde la España republicana, Hemingway simboliza la libertad de prensa. La experiencia en primera persona y el periodismo comienzan a ser la base de su literatura. Fiesta (1926), Muerte en la tarde (1932) y El verano peligroso (1985) no son solo novelas asociadas a lo sentimental, a la exaltación del romanticismo español y a los elementos testimoniales que adornan sus distintas travesías. El toro, la lidia del toro a pie o a caballo, el reglamento de los espectáculos taurinos regidos por la belleza de su propia representación, el matador que toma la alternativa y la manera de reaccionar del toro bravo cuando ataca sin cesar mientras algo o alguien se mueva ante sus ojos, cautivan al autor de Por quién doblan las campanas (1940) por el aspecto triunfal de la fiesta, la utilización de la gloria como máximo esplendor de los justos y el desarrollo de un espectáculo moderno que, en España, va desde la indumentaria de los toreros hasta el diseño y publicación de los carteles. «Suena un clarín», escribe en Muerte en la tarde, «y salen al patio dos hombres a caballo con un traje del tiempo de Felipe II, que atraviesan la plaza». Fiesta, Muerte en la tarde y El verano peligroso, como decimos, no solo ofrecen un recorrido periodístico por la historia de las corridas de toros y las Fiestas de San Fermín, sino algo que forma parte de la experiencia estética de la vida y la muerte en la plaza. Las recreaciones taurinas de los últimos episodios de Fiesta y de una buena parte de los capítulos de Muerte en la tarde subrayan esa especie de hedonismo cirenaico que, en algunos discípulos de Sócrates, como Arístipo de Cirene, les hacía despreciar la tristeza, potenciando, en sentido contrario, la referida euforia, la búsqueda del goce y el placer.

En la España de la Guerra Civil y de la Sanferminak, la España más representativa de Hemingway, nadie como Pío Baroja sabe crear situaciones, personajes y escenarios ajustados a la realidad del autor de Zalacaín el aventurero (1908). El estilo sencillo pero de gran capacidad expresiva de Baroja era también el de Hemingway. Las descripciones psicológicas unidas a las anécdotas y diálogos de sus protagonistas, parecen, de igual modo, formas de estructurar la novela en Hemingway. El pesimismo, el desconcierto, la crueldad de la guerra, el radicalismo, la frustración€, todo aquello que define el ánimo de la generación extraviada de los años veinte, procede, como en Pío Baroja, de Schopenhauer, el gran pesimista alemán que, en El mundo como voluntad y representación (1819), se identifica en todo momento con las tendencias más sobresalientes del pensamiento español. «El mundo es mi representación», escribe Schopenhauer en lo que se supone que es la cumbre del idealismo occidental, «Nadie puede salirse de sí mismo para identificarse directamente con las cosas distintas a él». Conocido internacionalmente por sus reportajes y colaboraciones para la revista Life y la publicación de El viejo y el mar en 1951, el genio Hemingway vuelve una y otra vez a España -Madrid, Navarra, Málaga, Valencia€- para inmiscuirse en la fiesta de los toros como, años atrás, había hecho el padre de las Stein al recuperar el sombrero cloche de una de sus hijas en tierras de Missouri con Oklahoma, o la propia Gertrude Stein en París llegando a ser, por su visión y tras la Segunda Guerra Mundial, la coleccionista de arte más importante de Europa en la primera mitad del siglo XX. «La contemplación estética», recogen la Stein y Hemingway de Schopenhauer, «aparta al hombre de la condena infinita de las necesidades y los deseos». Cuando se cumplen 56 años del fallecimiento del conocido Premio Nobel de Literatura en 1954, esta reseña es un tributo a su memoria.

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